Un recorrido por diez de los árboles más longevos de la Región de Murcia

Un recorrido por diez de los árboles más longevos de la Región de Murcia

Sábado, 29 de marzo 2025, 07:16

El 21 de marzo se celebró a nivel mundial el Día de los Bosques, una fecha que, bajo el lema ‘Bosques y Alimentos’, destacó la importancia de los árboles en la seguridad alimentaria, la nutrición y los medios de vida sostenibles. En la Región de Murcia, las actividades se han prolongado hasta este sábado, con siembras y actividades de divulgación. Desde LA VERDAD, nos sumamos a esta efeméride recorriendo, de la mano del paisajista urbano Alfredo Norte, algunos de los árboles monumentales de mediano formato más antiguos y sorprendentes de la Región. Alfredo, profesor del curso de Paisajismo Urbano y Sostenible del Servicio de Formación y Transferencia Tecnológica de la Comunidad –impartido a través del Cifea– y del curso de Paisajismo Urbano de la UCAM, nos guió en esta fascinante aventura.

Entre los 308 árboles actualmente catalogados a nivel regional, se encuentran auténticos tesoros naturales que han sido testigos de la historia durante siglos. Para conocer su estado, darlos a conocer e impulsar su conservación, proponemos la visita a majestuosos olivos y acebuches milenarios, robustos algarrobos, elegantes arces, morales, tarayes, sabinas albares y negrales, enebros titánicos y coloridos madroños.

Estos árboles no solo embellecen el paisaje, sino que también desempeñan un papel crucial en el medio ambiente. Son auténticos pulmones verdes que ayudan a purificar el aire, conservan la biodiversidad y protegen el suelo de la erosión. Además, su longevidad los convierte en testigos vivos de acontecimientos clave en la historia de la humanidad, desde antiguas civilizaciones hasta nuestros días, y están en peligro, como advierte la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que cifra en más de un tercio de las 60.065 especies descubiertas a nivel mundial las que están en riesgo de extinción.

Conservar estos seres vivos centenarios, adaptados a las condiciones en que habitan, es fundamental para preservar nuestro patrimonio natural y cultural. Cada uno de ellos cuenta una historia única y nos conecta con el pasado de una manera especial. Así que, la próxima vez que te encuentres con uno de estos gigantes verdes, tómate un momento para apreciar su grandeza y reflexionar sobre la importancia de protegerlos para las generaciones futuras.

‘Olea europaea’ Ricote

1. Olivera Gorda

Cuenta la leyenda que las ramas de este olivo milenario, uno de los más viejos de España, Árbol Histórico en los premios Árbol y Bosque del Año 2008 y que podría estar ligado al origen de la huerta andalusí de Ricote –datada entre el año 989 y 1210 dC–, se entrelazan con acontecimientos cruciales de la Región. Su historia hunde sus raíces en el tiempo y es testigo vivo de momentos clave de nuestro pasado. La tradición oral transmite que al amparo de su copa Ibn Hud lideró la exaltación y levantamiento contra los almohades en 1228 para fundar el estado islámico español que dominó durante una década, y que bajo sus frutos los mudéjares del Valle de Ricote se rindieron a Jaime I de Aragón.

Pero lo verdaderamente importante es que muchos siglos después de que se plantara sigue siendo convidado mudo del encuentro de ricoteños y ricoteñas en el paraje de El Salitre. Enamorado de este ejemplar majestuoso, Alfredo Norte trabajó en la rehabilitación y conservación de raíces, tronco, ramificaciones, copa y entorno con sus alumnos del Curso de Paisajismo Urbano Sostenible organizado por el Cifea de Molina de Segura, autorización de Medio Natural mediante. Ahora, aspira a que el Ayuntamiento de Ricote convierta su entorno en un aula al aire libre y sueña con que el oro líquido de sus olivas obre el milagro de multiplicar los fondos para catalogar y rescatar el patrimonio arbóreo monumental de ese municipio.

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‘Olea europaea var. sylvestris’ o ‘Olea oleaster’ Abarán

2. Acebuche de Ríos

Situado en la zona del antiguo descansadero del Acebuche de la Cañada Real de Los Cabañiles, este milenario olivo silvestre es un gigante bajo cuyas ramas se suceden las historias con protagonistas regios como Alfonso XII. Contaba José Morcillo, nieto de El Tarta –regente de la Venta Nazaré allí ubicada–, que el regio personaje «estuvo unos diez días clandestinamente» para recuperarse de problemas de salud que le aquejaban. Y, aunque marchó contento y, poco después, recompensó a El Tarta con 20.000 reales, no resultó ser efectivo, pues murió de tuberculosis a los 26 años.

Sin embargo, desde tiempos remotos se atribuían a este árbol y sus frutos poderes curativos y milagrosos, como el de favorecer la fecundidad de animales y humanos. Más allá de leyendas y mitos, este acebuche extiende sus raíces en el pasado remoto de la Región, pues creció a la vera de la calzada romana que iba de Carthago Nova a Complutum, comunicando la ciudad portuaria con el interior de Hispania, en uno de los ejes más importantes de la comarca.

De hecho, según el propio Morcillo, antes de 1995 la empresa Aribersa de Barcelona (hoy desaparecida) realizó un análisis que cifró en 1.500 años la edad de este vetusto y magnífico ejemplar –6,07 m de perímetro de tronco y unos 12 m de altura–, que ha llegado a producir, según sus actuales guardianes, más de 1.200 kg de oliva en los años pares, que es cuando fructifica.

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‘Arbutus unedo’ Cieza

3. Madroño del Madroñal

El topónimo madroñal, como el del paraje que acoge este árbol monumental, es muy común en la Región pese a que, explica el biólogo Félix Carrillo, apenas quedan ya ejemplares de esta especie de distribución mediterránea más allá de los cultivados. Su madera, con mucho poder calorífico, fue carboneada en épocas pretéritas de escasez de combustible. Sus frutos, rojos cuando maduran, pueden llegar a producir embriaguez por su alto contenido en alcohol. «Algo que indica el nombre –’unedo’– como advertencia». Y añade Carrillo que los íberos utilizaban su madera para la fabricación de sus falcatas, armas poderosas que los romanos admiraron por su capacidad para superar a los gladius romanos en sus enfrentamientos, lo que, cuenta la historia, les llevó a reforzar sus escudos.

En concreto, este madroño se encuentra en una huerta abandonada de olivos centenarios y algarrobos, en las estribaciones septentrionales de la sierra del Oro, junto a la fuente del Madroñal y a la casa del mismo nombre. En enero, durante una visita junto a Alfredo Norte, el madroño estaba sufriendo los rigores de la intensa sequía, pues buena parte de sus hojas estaban marrones y secas, pese a ser un árbol de hoja perenne.

«Su estado actual, tan desfavorable que casi podría considerarse crítico, exige establecer un plan de riego de emergencia, pese a las recientes lluvias», comenta Norte. ‘In situ’ se pudo comprobar que disponía de una manguera de riego instalada que, supuestamente, servía para llevar agua desde el manantial al árbol, pero no cumplía su función.

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‘Tamarix canariensis’ Cieza

4. Taray de Hoya García III

A menos de un kilómetro y medio del cañón de Almadenes y a apenas 200 metros de donde se ubicaba el Molino de La Hoya, crece a la vera del Segura y en las riberas que su curso humedece un tarayal con numerosos ejemplares monumentales y centenarios que fueron incluidos en el catálogo regional en su última revisión de 2020. Halófilo y generalmente de porte arbustivo, el gran tamaño de este en concreto –6,30 m el perímetro a 0,25 cm y unos 9 m de altura–, multitronco, da una idea de su longevidad. Su envergadura ha permitido que, en uno de los troncos, un pájaro carpintero haya construido su nido tallando una perfecta circunferencia en la entrada. También se puede apreciar el crecimiento de hongos parásitos en sus ramas, lo que contribuye a su debilitamiento y descomposición.

Un dato que apunta Alfredo Norte y para cuya solución propone limpiar los depósitos de hojarasca para favorecer el adecuado drenaje del agua e impedir que la humedad facilite el crecimiento de otros hongos y la proliferación de insectos xilófagos. Además de por algunos efectos medicinales, los tarayes tradicionalmente se emplearon para tintar objetos, en carpintería de ribera, en las cuadernas de los barcos y en la fabricación de aperos de labranza.

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‘Juniperus phoenicea’ o sabina negral Moratalla

5. Sabina de Priego

Entre el cortijo de Priego y Casa Requena, a tan solo un kilómetro del Castillo de Priego (s. XI-XII), vela el territorio desde hace centurias esta sabina común que hace siglos dejó de ser arbusto para convertirse en un árbol respetable. En mitad de un cultivo de cereales y próximo a otros de almendros, ambos de secano, en esta zona del Noroeste este ejemplar es solo uno de los abundantes que cubrieron estas latitudes hace miles de años.

Su capacidad de resistir las variables térmicas (de -20 a 50º), de humedad (desde condiciones semiáridas a semihúmedas), a plagas y enfermedades, así como adaptarse a todo tipo de suelos, lo convierten hoy en una especie óptima para reforestar espacios que resistan al cambio climático.

Algo que, sin duda, ha tenido que afrontar este ejemplar monumental cuya edad, por sus características y su velocidad de crecimiento, podría ser milenaria. No obstante, la pervivencia de los bosques de sabinas se ha visto amenazada en el pasado por el uso de los mayores ejemplares para la construcción y fabricación de herramientas, así como para leña y carbón; también se usaba en la extracción de aceite esencial.

Ficha técnica

‘Juniperus thurifera ‘ o sabina albar El Sabinar, Moratalla

6. Sabina de Martín Herrero

La majestuosa sabina albar que sobrevive entre las sierras del Zacatín y Villafuerte, junto al antiguo cortijo de Martín Herrero que le da nombre, ahora convive con las populares plantaciones de espliego y lavanda que han proliferado por las llanuras del Noroeste sustituyendo los campos cerealistas. Su presencia es sin duda parte de los sabinares que poblaron esta zona y cuyas supervivientes solo salpican ahora el paisaje, quizá como únicos víveres para alimentar al ganado en los inviernos más crudos y blancos.

Sometida a talas, autorizadas y al peso de las copiosas nevadas que antaño caían sobre estas tierras, perdió su tronco principal ya a una edad avanzada, pese a lo cual el perímetro de la actual supera los cinco metros y su altura roza los 10. A esta anciana saludable, y sus congéneres próximos cuya olorosa madera sirvió de incienso y leña y para fabricar teas por su alto contenido en resinas, quizá le sacrificaran su principal brazo para construir dinteles de puertas y ventanas que, por su resistencia, otorgaban refugio seguro a los moradores de las viviendas.

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‘Acer granatense’ Sierra de Villafuerte, Moratalla

7. Arce de Cantalar


Jesús Rodríguez

Refugiado en un roquedo umbrío de la sierra de Villafuerte (Moratalla) a 1.400 metros de altitud, el arce del Cantalar atraviesa, al menos, su segundo siglo de vida junto al manantial de agua minero-medicinal (declarado el 15 de enero de 1891 a petición del vizconde de Frías), fuente de la que se alimentó desde su nacimiento, anterior a la explotación del manantial para embotellar sus aguas. En esta zona, donde subsisten varios de los escasos ejemplares añejos de esta especie en la Región, comparten suelo con el rarísimo y endémico Narciso de Villafuerte (Narcissus nevandesis subsp. enemeritoi).

Este árbol, cuya madera es extremadamente resistente, fue empleado por los habitantes serranos para la construcción de bolos, para lo que los desmochaban. Igualmente, se usaba para carbonearlos por el gran poder calorífico de la madera. De crecimiento lento, este, de difícil acceso y localización, es un ejemplar relicto de lo que debió ser una población más abundante hace miles de años y bajo otras condiciones climáticas, más húmedas y frías, explica el agente forestal ya jubilado Enemérito. En otoño, los colores rojizos que adquieren las hojas de esta especie caducifolia convierten su mera observación en un vistoso espectáculo.

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Jesús Rodríguez

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‘Juniperus oxycedrus subesp. Badia’ Moratalla

8. Enebro de Cañada de la Cruz

Recuerda José María López, panadero ya retirado de Cañada de la Cruz, que el enebro monumental está en lo que fue la finca del abaranero don Antonio Gómez Gómez, el mayor exportador de frutas de la Región hasta los años 60 del siglo XX, en los que vivió rodeado de 70.000 manzanos, ciruelos y melocotoneros. De hecho, le contaba su padre, Francisco López Fernández (que «falleció en 2007 y ahora tendría 99 años»), que ya a sus 14 años el enebro era como lo conocemos –«algo habrá crecido», aseguraba sin convencimiento– y que lo utilizaban para refugiarse en su sombra del sol abrasador y hacer un descanso en la jornada durante la comida. Por ello, deduce José María que la edad de este ejemplar monumental al menos doblará los 200 años.

Para los 85 habitantes que quedan de un pueblo cuya actividad frutícola atrajo a numerosa población hasta los primeros años 60, el majestuoso enebro es un elemento más del patrimonio comunal. Hoy, crece entre campos de cereales que prosperan cuando las lluvias lo permiten. A su vera, en invierno, es posible observar nítidas las cumbres nevadas de Revolcadores y las granadinas de La Sagra en un escenario tranquilo y ya sin vigilar las escaramuzas de esta tierra de fronteras de moros y cristianos.

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‘Morus nigra’ Caravaca de la Cruz

9. Moral de Los Morales

«Talado. Han hecho una barbaridad», comenta Paco sobre el moral monumental junto al que de niño jugaba. De hecho, pegado a la balsa que alimenta el nacimiento de Los Morales, ha compartido centurias junto a olmos que rozaban el cielo cuando la grafiosis se hizo epidemia y arrasó sus poblaciones. Cuenta Paco que se escondían en los troncos huecos de esos olmos, hoy ya muertos, como muchos de los que crecían junto a la balsa alimentada por la fuente de Los Morales.

De este espacio nace la tradición de la fiesta de los pastores, recuperada recientemente y echada a andar en los años 70 del pasado siglo, como agradecimiento de un exmilitar a quienes se hacían cargo de su ganado. La celebración, en la que los participantes subían primero a la cumbre del cerro del Carro, se cerraba con un almuerzo al frescor de la balsa y de la sombra de la arboleda. Hoy, junto al moral de Los Morales pervive el caserío en el que habitaron sus dueños, herederos del que fuera mayordomo del marqués de Los Vélez en torno a 1500 y que recibiera de la Encomienda Santiaguista los terrenos a cambio de repoblar un territorio de escaramuzas en tiempo de reconquista.

Una familia poderosa de Caravaca que, mediado el siglo XVI, compró una de las siete capillas funerarias de la iglesia del Salvador para financiar su construcción. También en la zona, vía principal de conexión entre Andalucía y Levante, se encontró el centauro de Los Royos, una escultura de bronce fantástica (s. VI) y de origen griego, que se atribuyó a antiguos pobladores íberos.

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‘Ceratonia siliqua’ Barranco de Ugéjar, Lorca

10. Garrofero de Arcas


Alfredo Norte

El algarrobo, garrofo o garrofero es un árbol presente en los cultivos del sureste español desde hace siglos, que en los últimos tiempos ha cobrado gran importancia. Auténtico superviviente del sureste semiárido ibérico, este algarrobo, que se encuentra en las proximidades del pueblo de Viquejos abandonado hace más de ocho décadas, es todo un portento de la naturaleza, capaz de prosperar en condiciones de secano. Como los congéneres ancianos con los que comparte barranco, este árbol no solo es resistente, sino que también juega un papel crucial en la lucha contra el cambio climático.

Gracias a su capacidad para absorber dióxido de carbono, el algarrobo se ha convertido en un nuevo aliado en la batalla por un planeta más verde. Además, sus frutos, las algarrobas, son una fuente nutritiva y sostenible, contribuyendo a la seguridad alimentaria y a los medios de vida de muchas personas. Ahora, las algarrobas, despreciadas una vez superadas las hambrunas de la posguerra en España, están viviendo una nueva primavera por sus propiedades nutritivas. Son ricas en antioxidantes, fibras, vitaminas del complejo B, calcio y magnesio.

Se utilizan como sustituto del cacao en polvo o el chocolate, pues aporta beneficios para la salud, como mejorar la digestión, cuidar el corazón y favorecer la pérdida de peso. Además, hoy se pueden encontrar en forma de harina, goma o crema para untar, y en productos como barritas de cereales y tortitas de arroz inflado.

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Alfredo Norte

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