José Manuel Garrido, uno de los artífices de la renovación cultural en España de los años 80 y 90, recibió esta semana en Murcia un esperado homenaje de un grupo de amigos (Manuel Fernández-Delgado, Ángel Montiel, Alfonso Riera, Antonio Saura, José Ramón Fernández, Teresa Lasheras y Carlos Egea Krauel) que coincidieron con él a lo largo de su trayectoria de una vida dedicada a la gestión cultural, en distintos cargos y organismos, a nivel municipal, autonómico y estatal. El encuentro en el Centro Cultural Las Claras de la Fundación Cajamurcia fue, ciertamente, un homenaje a Garrido, que el mes pasado cumplió 80 años, merecedor de todos los elogios y más altas condecoraciones.
Unas horas antes de la amistosa ofrenda, Garrido compartió con LA VERDAD algunos momentos estelares de su propia vida. Con una Coca Cola Zero, gafas de sol y en zapatillas de deporte; parece uno más, pero no lo es. Habitual de La Manga, se irrita mucho cuando escucha aquello de «la laguna saluda». «Siempre ha sido el Mar Menor y el Mar Mayor, y creo que en una Facultad de Marketing nos recomendarían seguir diciendo eso de Mar Menor y Mar Mayor porque eso es una cosa insólita y la gente se pregunta qué es eso. Lo de ‘laguna salada’ me parece vulgar en cuanto a proyección y a marketing».
Inyecciones murcianas
Vive en Madrid, allí está su familia, sus hijos y sus nietos. Practica una costumbre cada vez que pone en marcha el coche en dirección al Mediterráneo: hace parada obligatoria en la Venta de la Virgen, en Baños y Mendigo, «y allí nos ponemos las primeras inyecciones murcianas: patatas en ajo cabañil y unas chuleticas, y ya continuamos con oxígeno a La Manga». Garrido nació en la calle de la Rambla de Murcia, en el número 33 de la que hoy se llama calle Saavedra Fajardo. «La piel de la ciudad ha desaparecido», observa sin dramas. ¿Estaba predestinado a ser un hombre de la cultura? «Yo creo que cuando tenía 11 años yo ya estaba encima del escenario del Teatro Romea, y bailando, cosa que sabe poca gente. Bailé una cosa que se llama ‘La Tirotitaina’, con cuatro o cinco parejas más de una academia de danza. A los 11 años yo ya estaba en el cuadro de actores de Maristas. Lo primero para mí es el teatro», hace saber.
Como aficionado, claro. «El teatro ha estado vinculado a mi vida permanentemente. Era actor cómico en los Maristas, y después en el instituto fundamos un grupo de teatro. En Murcia se había creado Teatro Arlequín, que era teatro para niños, y recuerdo que fui primera página del diario LA VERDAD con una foto disfrazado de lobo que decía: ‘Los tiempos cambian: el lobo estudia Selectivo en la Universidad, la Caperucita estudia Bachiller’. Después empezó a entrarme pánico escénico, y me pasé a la dirección». Ha sido actor, director, director artístico, productor, promotor…
En un mundo individualista como el artístico, a Garrido siempre le ha perseguido una gran espíritu colaborativo, de trabajo en equipo, además de una amplia curiosidad por aquello de «abrir horizontes». Tanto que su formación universitaria es la de biólogo. Estudió Ciencias Biológicas en Madrid. Allí ya estaba también en el Teatro Universitario de Madrid, patrocinado directamente por el Rectorado, y es a partir de ahí donde empieza a vincularse con el teatro profesional, como director y promotor. Sería con el tiempo responsable de políticas públicas y de políticas de arte privadas: «Como dice el Tenorio, y digo yo en adaptación libre, mi amor por el teatro ha recorrido toda la escala social, desde la hija de un pescador hasta una princesa. Yo he recorrido toda la escala social en el mundo escénico».
José Manuel Garrido, esta semana en Murcia, en su encuentro con LA VERDAD.
Nacho García

Un biólogo en el teatro
Fue, no tiene pelos en la lengua, un mal estudiante «porque me dedicaba al teatro por las noches, con los ensayos, y eso me llevaba más tiempo. Pero desde que me he retirado, y no digo jubilado, porque hay una clara diferencia, he descubierto de nuevo la biología, que sustenta dos de mis grandes obsesiones: la memoria, de dónde venimos, quiénes somos, cuál es nuestro paquete, nuestra bolsa, de dónde procedemos, sin eso es imposible hacer modernidad en el mundo de la cultura, en el mundo del arte, la memoria es el ARN mensajero y el ADN; y, por otro lado, el mutualismo, la colaboración». Esa idea de que sobrevive el más fuerte y el que se adapta, a Garrido le parece que es cuestionable, pues está convencido de que una de las claves de la evolución humana es la solidaridad. «Un empeño mío ha sido hablar de nosotros, más que hablar de mí o de ti. Una cosa es que a ti en un momento dado te toque conducir el coche, pero esto es una cosa de equipos». Aplicado a la actualidad, llama la atención cómo en estos tiempos de poderes extremos no se busca esa colaboración mutua, y se tratan de imponer visiones y políticas que no favorecen esa colaboración. ¿Ha muerto la diplomacia cultural?
Dice Garrido que cualquier proyecto artístico, sobre todo los que tuvo que poner en marcha él [no olvidemos que fue entre 1979 y 1982 concejal de Cultura del Ayuntamiento de Murcia, diputado de Cultura en la desaparecida Diputación Provincial y consejero de Cultura del Gobierno de Murcia; en 1982 llegó al Ministerio de Cultura como responsable de la dirección general de Música y Teatro, que tres años más tarde se convirtió en el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, organismo autónomo de cuya puesta en marcha fue el artífice. Posteriormente, fue subsecretario del ministerio entre 1989 y 1992, trabajando junto a los ministros Javier Solana y Jorge Semprún]: «Yo sé el esfuerzo que hay detrás de cada proyecto artístico. De personas que han estado preparándose durante meses, ensayando, el vestuario, los decorados, la complejidad técnica, lo efímero que es el tema nuestro al fin y al cabo. La misma creación. Y, además, teniendo en cuenta que el milagro solo existe si hay público». Para que haya teatro alguien tiene que mirar. «Si nadie mira, no hay teatro. Ante esta gran complejidad necesitamos la colaboración, y no solo hablo de la elaboración del producto artístico, sino de la colaboración institucional, de la colaboración de los comisarios de exposiciones o ‘curators’, de los directores de las orquestas y los teatros… es necesario que haya una colaboración entre todo el ecosistema de funcionamiento en la producción, en la distribución, en el reconocimiento, en el marketing… del hecho artístico. Todo esto no se puede hacer sin colaboración, aunque parta todo de un hecho individual y subjetivo, que es la idea primigenia que tiene el artista, el productor o el promotor».
Un pacto: ser modernos
¿Ha sido Garrido un hombre de grandes ideas que han ilusionado a otras personas? «Cuando me dicen que soy un gestor cultural, yo replico que soy un buen director general de recursos humanos. He intentado rodearme siempre de los mejores, esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Pero rodeándote de los mejores es posible sacar adelante las ideas que tienes. Se podrá criticar si algunas de esas personas fueron mejores o fueron peores, pero nadie puede dudar de que tenían talento. Entonces, cuando hay gente interesante, o importante, o que va a ser importante, hay un tema de colaboración y de mutualismo, y esas ideas puedes llegar a desarrollarlas. Son importantes las ideas, por supuesto, pero también las posibilidades de llevarlas a cabo». Si se da esa combinación maravillosa, la de una idea estupenda y la capacidad económica de poder materializarla, parece algo formidable. Pero también sabemos de malas ideas que han sido financiadas. Eso también sucede. «Hace unos días un amigo me dijo: ‘¡Es que estaba todo por hacer!’. Y yo digo, bueno, estaba todo por hacer, pero había que hacerlo. Y había que saber qué es lo que había que hacer, y lo que no hacer. Esta diferencia es necesaria. Porque ahora, cuando se trata de romantizar o de poner en valor, expresión que detesto, el pasado, lo cierto es que estaba todo por hacer, pero algunos lo hicieron y otros no, y lo estamos todavía haciendo».
Pacto para hacer Murcia una ciudad moderna
En Murcia hubo una cosa que Garrido destaca: «Hubo un pacto no político, sino entre las estructuras tradicionales [de la Murcia predemocrática], y las estructuras incipientes de los que queríamos algo más que la morcilla y el caldo con pelotas. Queríamos que nuestra ciudad fuera moderna, y que estuviera en el circuito de las ciudades modernas. No fue un pacto escrito, sino muy del estilo de esos que se producían en la Trapería, pasadas las Cuatro Esquinas, donde la gente se daba la mano y después se echaba el alboroque. Ocurrió que salieron fortalecidos todos». En 1979, recuerda, salían siete carrozas en el Entierro de la Sardina, «y no querían salir porque les apedreaban, y a los dos eran 15 y después 20, y ahora no sé por dónde vamos. Los festejos tradicionales se revitalizaron profundamente y, al mismo tiempo, apareció el teatro en la calle, el jazz en la calle, la Contraparada, el expresionismo abstracto… y todo eso se conjugó en un equilibrio».

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Un momento de la tertulia-homenaje.
Javier Carrión / AGM
Entonces, ¿hubo ‘Movida’ en Murcia, como rezaba el lema de la tertulia en homenaje a Garrido? «Aquí lo que hubo es una ‘Movida’ más pensada, no fue una cosa espontánea de capital del Reino donde se juntan muchas instituciones e ideas, sino que ese pacto del que hablo tuvo más raíz, más infraestructura, más solidez, durante muchos años. Eso fue lo importante. Y siempre lo reivindico para pensar en el presente. Yo quiero que se recuerde, para que las nuevas generaciones sepan por qué tocan en auditorios. Porque en el año 79 en España solo había una sala de conciertos exclusiva para la música: ¡Una!, que era el Palau de la Música. Las orquestas tocaban en algunos teatros con caja acústica o sin caja acústica. Ahora hay muchas salas de conciertos y muchas orquestas». Por eso le hizo especial ilusión a Garrido el reciente homenaje que se le brindó, «promovido por el gran hombre de la música en España, Alfonso Aijón, con más de 90 años, que ha traído a España a las grandes orquestas del mundo», con la Orquesta de La Scala de Milán en el Auditorio Nacional en Madrid.
¿Hubo movida en Murcia?
«Nos decían animadores»
Entre las iniciativas impulsadas por Garrido en ese periodo se encuentran el Plan Nacional de Auditorios, la creación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (dirigida por Adolfo Marsillach) y de la Joven Orquesta Nacional (Jonde), el Plan de rehabilitación de Teatros Públicos, la reconversión del Teatro Real en teatro de Ópera, la creación del Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas y el Centro de Difusión de la Música Contemporánea y la publicación de la Guía Teatral de España y de la revista ‘El Público’. También impulsó y renovó el Festival de Teatro Clásico de Almagro, convirtiéndolo en la cita teatral internacional, y estableció allí el Museo Nacional de Teatro de Almagro. Asimismo, promovió el Ballet del Teatro Lírico Nacional-La Zarzuela y el Festival de Música Contemporánea de Alicante.
«Pero yo no me quedo en el relato romántico de que cualquier tiempo pasado fue mejor», aclara. Fundó Artibus, empresa de producción, consultoría y gestión cultural, con la que dirigió el Teatro de Madrid y la Muestra de Teatro de las Autonomías. Garrido ha colaborado con el arquitecto Rafael Moneo en el diseño del Museo de la Universidad de Navarra, «el único museo en Europa que tiene un teatro que permite incluso programar ópera», insiste. «Ahora está todo mucho mejor que entonces porque la gente de la cultura es más profesional y se les llama gestores culturales, cuando nosotros éramos animadores. Aunque haya nubarrones, lo cierto es que hoy el sector artístico es más eficaz, más eficiente, está mejor preparado y desde el punto de vista artístico, la pluralidad, la oferta y la creación no se puede comparar».
Un tipo generoso. Demasiado, quizás. Ha donado al Museo de Bellas Artes de Murcia un cuadro de Wssel de Guimbarda en que aparece su tatarabuela, y otro al Museo Ramón Gaya de un pintor que admira, Ramón Pontones.
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Enlace de origen : José Manuel Garrido, en la historia de la gestión cultural: «Hubo un pacto para que Murcia fuera moderna»