A María González Albert, la alcaldesa de A Rúa (Ourense), se le ha quemado el 91% de su municipio. El fuego ha arrasado 3.216 hectáreas de las 3.400 de su superficie total. «Sólo se han salvado las zonas urbanas habitadas; el monte ha ardido el cien por cien», dice arrastrando el cansancio propio de dos semanas sin pegar ojo, siempre en alerta ante la magnitud de los incendios que han asolado su terriña.
Pese la gravedad de la situación, lo que ahora más preocupa a la regidora, y la pesadilla de sus 4.500 vecinos, es el fuego ‘eterno’ en un gran vertedero a las afueras del pueblo, que lleva dos semanas activo sin que nadie (ni Ayuntamiento, ni Diputación, ni Xunta, ni UME) lo haya tratado de extinguir. Las llamas se mantienen vivas desde el pasado 15 de agosto, cuando se adentró en el municipio el tristemente famoso incendio de Larouco, el más devastador de todos los registrados en Galicia.
El vertedero en cuestión, de titularidad municipal, ocupa una superficie similar a la de dos campos de fútbol (unos 16.000 metros cuadrados) y es empleado por Autoneum, una fábrica de material de automoción, para depositar restos de moquetas y plásticos usados para revestir el interior de los vehículos. Por ejemplo, el aislante térmico de tela que recubre el ‘suelo’ de los coches (como el que hay debajo de los pedales) o el molde interno de goma de las puertas.
Arriba, el incendio en el vertedero de A Rúa. Abajo, otra imagen del incendio y un camión víctima del fuego.



La factoría, que da empleo a 190 personas, lleva más de quince años almacenando allí sus residuos sin mayores problemas. Los restos textiles y plásticos se apilaban bien compactos como si fueran balas de paja, un bloque sobre otro. El depósito estaba al 52% de su capacidad en el momento del incendio, el pasado 15 de agosto. Dos semanas después no supera el 15% por el material ya combustionado.
Desde entonces es lo único que sigue ardiendo (muy lentamente eso sí) en todo el municipio. De hecho es muy fácil localizarlo en la distancia por las gruesas columnas de humo que surgen de sus cenizas y que, según la dirección del viento, se desplazan hacia A Rúa o hacia la vecina Petín, llevando con ellas también un desagradable olor a goma quemada, además de partículas tóxicas.
De 10 a 800 mascarillas
La alcaldesa ha recomendado el uso de mascarillas FFP2 a sus vecinos, especialmente a mayores, personas con afecciones respiratorias y embarazadas. Y parece que le están haciendo caso, porque en la farmacia Progreso, pleno centro urbano, han pasado de despachar diez unidades en julio a más de 600 en agosto, como confirma Javier Quintás, uno de los empleados. «Los primeros días fue una avalancha porque la gente estaba muy asustada y tuvimos que racionarlas, pero ahora ya tenemos remesas para todo el mundo».
En la botica, como es natural, no se habla de otra cosa. «Hay preocupación y la gente nos pregunta si el humo es tóxico o peligroso para la salud. No sabemos lo que está ardiendo ahí, pero mejor cubrirse, aunque sea un rato, que nada», aconseja Javier, que admite que no debe ser fácil apagar un vertedero «porque por mucho que lo intentes, están ardiendo muchas capas por ahí».
14.000 metros cúbicos de tierra
Pero volvamos al ambiente viciado del vertedero, la «máxima preocupación» de Albert, «como alcaldesa y como vecina». Según relata, los técnicos que han visitado el lugar estos días, entre ellos uno de la Diputación de Ourense gobernada por el PP («cosa que agradecemos»), creen que la única forma de apagar unos residuos tan inflamables es enterrándolos bajo tierra. Para sellarlos bien calculan que necesitarían unos 14.000 metros cúbicos de tierra, lo que equivale a 1.200 camiones llenos de arena, y un batallón de operarios trabajando durante un mes seguido y protegidos con calzado y trajes especiales, un despliegue que el Ayuntamiento «no puede costear», enfatiza la regidora nacionalista.
Arriba, el cartel que indica la entrada al vertedero. Abajo, una mujer caminando con la mascarilla por el humo y una farmacia de A Rúa.



«En otros sitios ya no tienen incendios y aquí seguimos con uno sin apagar. Y el argumento que me dan es que es una instalación municipal y efectivamente lo es, pero ¿es que si ardiera el Ayuntamiento no vendrían los bomberos del Consorcio?», protesta Albert, que critica a la Xunta de Galicia, «que tiene la competencia en la extinción de incendios forestales, y esto se puede considerar que lo es por su origen, por no haber aparecido aún por aquí». «Nos sentimos indefensos y abandonados», se lamenta.
Albert entiende que enterrar los malos humos del vertedero «es una obra compleja», pero cuanto antes se inicie, «antes acabará». A falta de bulldozers que se abran paso entre los residuos, confía en que la lluvia (que se espera para esta semana) ayude a sofocar las llamas, aunque los bomberos consultados al respecto afirman que ese tipo de material combustible no se apaga con agua. «Puede ayudar, pero no es la solución», sostienen.
«Todos queremos que llueva para que alivie los incendios. Pero tampoco queremos que llueva en forma de tormenta, porque todo lo que ha ardido en el monte va a bajar a las captaciones de agua y a los ríos, y vamos a tener que gestionar la desgracia después de la primera desgracia», advierte la alcaldesa.
«Picor de garganta»
El depósito de desechos se ubica a un kilómetro de distancia de un instituto y de un colegio, y las asociaciones de madres y padres se están movilizando para exigir medidas de cara al arranque del curso escolar, el próximo 8 de septiembre. De momento, el Ayuntamiento ha suspendido los campamentos de verano al aire libre, todo un revés para los chavales. «Estamos haciendo actividades dentro de las aulas, pero para un niño no es lo mismo». La propia alcaldesa es madre de un hijo de 5 años, al que últimamente «veo bastante poco». «Me dice mamá, ¿dónde estás, siempre tienes que trabajar?», cuenta sin poder evitar emocionarse.
De momento las empresas de alrededor del vertedero son las más directamente afectadas por la permanente nube de humo. La más cercana, a unos 200 metros, se dedica a la elaboración de empanadas de carne, atún y beicon (Artesanos Peyma) y sus trabajadores se quejan del mal olor y del «picor de ojos y de garganta» que les ocasiona la humareda. «Todos estamos inquietos porque esto lleva quince días ardiendo y estamos respirando un aire contaminante y tóxico», describe Manuel Martínez, uno de sus empleados. Según los datos recogidos este pasado miércoles, la estación de la Xunta que mide la calidad del aire en A Rúa la califica de «mala».
La preocupación también recorre las calles del pueblo. En la rúa Miguel de Cervantes, saliendo de un supermercado Covirán, María José Luengo dice que no se quita la mascarilla «por nada del mundo». «El vertedero suelta muchísimo humo tóxico, hay un olor muy fuerte, como a plástico quemado, y a mí me preocupa respirar ese aire… y eso que no tengo ninguna enfermedad respiratoria», asevera. «A ver si se ponen de acuerdo y lo arreglan pronto», apostilla. Luci Pintor, otra vecina, asegura que su salud se ha resentido por el incendio del vertedero. Arrastra problemas respiratorios y siente que respira «bastante peor» desde que la boina de humo cubre las 24 horas A Rúa y sus alrededores. «No tengo ni idea de por qué no se apaga, pero ya va siendo hora de ponerle solución».
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Enlace de origen : El fuego eterno del vertedero que nadie apaga