
«Te persigue siempre y en estas fechas más». Está en la mesa de Navidad, en la cena de Nochevieja, en las comidas de empresa, … los brindis entre amigos. Las fiestas navideñas son para muchos la excusa para disfrutar con los seres queridos, para los reencuentros y las celebraciones. Sin embargo, hay para quienes, como el cartagenero Antonio G. (nombre ficticio), estas fechas pueden llegar a ser un calvario porque «a la mesa casi siempre está invitado el alcohol».
De los 551 adultos que en 2024 fueron atendidos por Proyecto Hombre a través de programas de tratamiento en la Región, el 45% tenía un problema de adicción al alcohol. «Se trata de una droga que tenemos completamente aceptada y pensamos que es inocua», denuncia Asunción Santos, directora de la organización.
La facilidad en el acceso es uno de los principales obstáculos para quienes sufren esta enfermedad. «Está tan al alcance de la mano que da igual el nivel económico, la edad, si eres hombre o mujer, no distingue». De hecho, matiza que, al contrario de lo que se suele pensar, el alcoholismo es un problema más presente en mujeres, pero menos visibilizado. Piden ayuda más tarde y cuando la situación es ya muy grave porque socialmente está peor visto que una mujer sea alcohólica: «El estigma es muy pesado». Según Santos, a esto se une que se puede consumir en casa sin problema: «No tienen que pedírsela a nadie, no está mal visto ni es ilegal».
45
por ciento de los 551 adultos atendidos en programas de tratamiento de Proyecto Hombre en 2024 sufría adicción al alcohol. Además, 72 jóvenes pidieron ayuda por problemas relacionados con la bebida, así como 32 menores de edad, cifras que van en aumento.
Si de por sí para ellos esquivar la tentación es complicado, durante las fiestas navideñas el problema crece exponencialmente. «El mayor pico de solicitud de ayuda en Proyecto Hombre es tras la Navidad», asegura Asunción. Junto al turrón, los polvorones o el marisco, el alcohol es otro de los elementos más habituales en los menús de estos días: «Está en muchas mesas, en muchas celebraciones, en la calle, se regala una botella, se invita a una copa… Son unas fiestas muy problemáticas», insiste.
Así lo confirma Antonio, para quien la Navidad supuso la «prueba de fuego» tras dejar el alcohol hace ahora seis años. «Toqué fondo. Seguía teniendo trabajo, pero mi hijo me veía llegar borracho y caerme al suelo», lamenta. Llegó a convencerse a sí mismo de que «moriría siendo alcohólico». Él empezó a beber como tantos otros jóvenes: un verano en unas fiestas de pueblo, con apenas 14 años y con una cerveza. Pero enseguida el quinto se convirtió en varias copas y el ritmo de consumo escaló muy rápido.
Miedo a salir
Con ayuda de su pareja y de los grupos de apoyo de Alcohólicos Anónimos, en septiembre de 2019 dio el paso y decidió que la bebida no gobernaría su vida. Sin embargo, tres meses después se encontró en una mesa rodeado de gente brindando. «Sufrí mucha ansiedad, donde miraba había alguien bebiendo y yo no me fiaba de mí mismo, así que me acompañaba mi mujer. Era tal la tortura que empecé a esquivar reuniones: veía a mis amigos tomar quintos y luego cubatas y yo no podía estar presente», rememora.
Esas navidades no se ausentó por completo, aunque las recuerda «durísimas», pero admite que muchos adictos al alcohol se borran de eventos porque se les hace «muy cuesta arriba», especialmente al principio. «No podemos olvidar que somos enfermos alcohólicos, porque de lo contrario recaemos. El riesgo está en todas partes».
El temor, la ansiedad y la frustración cuando el resto festeja son experiencias compartidas por muchos otros exalcohólicos, como Ana L. (nombre ficticio), de Murcia, para quienes las primeras navidades y celebraciones también supusieron un examen a su fortaleza. «Tenía miedo todo el tiempo: de que me ofrecieran una copa o de que me insistieran con el típico ‘solo una’. Lo hacían sin maldad, pero muchas veces esa frase es como poner la zancadilla a quien lleva su propia lucha».
Con su primer empleo llegaron las quedadas diarias con los compañeros para tomar algo después del trabajo y fue la sensación de libertad e independencia que le procuraban esos momentos lo que la «enamoró». Entonces su consumo se disparó y así pasaron 15 años de salidas constantes, de beber a escondidas en el coche y hacer equilibrios para mantener su empleo y su adicción. «Dejé de pensar de forma coherente, me metí en problemas económicos y estaba con hombres con los que no quería estar solo porque el que mandaba era el alcohol», detalla. Tomó su última copa hace 26 años, ahora tiene una vida feliz gracias al apoyo que encontró en Alcohólicos Anónimos y es ella quien controla la adicción y no al revés, aunque tuvo que reaprender a vivir y a relacionarse con la gente.
Ambos pueden ahora sentarse a la mesa a celebrar, disfrutar con sus seres queridos e incluso brindar – siempre sin alcohol, aclaran-, pero insisten en que han pasado años y el principio fue «lo más duro» que han hecho. Lamentan que el consumo de alcohol «esté tan integrado en la sociedad y siempre haya una excusa para tomarlo». Además, piden más concienciación: «Nadie piensa en que quien tiene al lado y a quien le acaba de llenar la copa puede que esté intentando mantener su problema a raya. Cuando alguien dice no, tendría que ser no».

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Enlace de origen : Ser alcohólico en Navidad: «El riesgo está en todas partes»