El Concierto de Año Nuevo emociona con un repertorio entre clásico y contemporáneo

El Concierto de Año Nuevo emociona con un repertorio entre clásico y contemporáneo

Jueves, 1 de enero 2026, 13:26

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Bajo la batuta del canadiense Yannick Nézet-Séguin, los Strauss siguieron siendo los protagonistas del repertorio del tradicional Concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena, que este primero de enero de 2026 comenzó sobre las 11 horas con la obertura a la opereta ‘Índigo y los cuarenta ladrones’ de Johann Strauss y con varias piezas de la saga familiar, el padre, tres hijos y un nieto. Además de la alegría y la ruptura de etiqueta, se representaron cinco piezas inéditas en las 85 ediciones anteriores (comenzó a celebrarse en 1941 y esta es la gala número 86) y se incluyeron dos partituras de mujeres compositoras. Una de ellas, ‘Canciones de sirenas’ (‘Polka mazurca, op. 13’) de Josephine Weinlich fue uno de los momentos más recordados, junto a la pieza de Florence Price, ‘Vals del arco iris’. Hasta este año sólo se había tocado una obra de una mujer, el vals ‘Ferdinandus-Walzer’ de la austríaca Constanze Geiger, que data de 1848.

En la sala Dorada del Musikverein, o sociedad musical austríaca, se lució el director Nézet-Séguin, director de Orquesta de Filadelfia y la Orquesta Metropolitana de Montreal y director musical del Metropolitan Opera de Nueva York. En su primera vez en este rol, guio a sus músicos por temas contemporáneos que alternaban con los ya clásicos, como la Albertina, que cumplía 250 años de creada.

Frente a un auditorio con aforo completo y unos 50 millones de personas tras las pantallas en 150 países, entre ellos España, el repertorio navegó por las composiciones de Carl Michael Ziehrer (‘Cuentos del Danubio, Vals, op. 446’), Joseph Lanner (‘Malapou-Galoppe, op. 148’), Eduard Strauss (‘Brausteufelchen, Polka rápida, op. 154’) y Johann Strauss II (‘Fledermaus-Quadrille, op. 363’). La tecnología ayudó a que algunas canciones fueran acompañadas de proyecciones de un vídeo de danza en exteriores, como la de bailarines de salían de un coche en la entrada del teatro y subían las escaleras de alfombra roja ya en la segunda parte, que amenizaron la ‘Obertura de la opereta La bella Galatea’ de Franz von Suppè.

Reivindicativo

Antecedió esta pieza el momento reivindicativo, y quizás por eso el más solemne aunque corto, del inicio de año con la ejecución de la obra de Florence Price, una músico afroamericana que se abrió camino en la época cruda de los derechos civiles y segregación en Estados Unidos, hasta el punto de fingir un origen latino para poder estudiar en el conservatorio. Mujer maltratada que se divorció en los años treinta, pianista de cine mudo y artista de sinfonías, murió en 1953 y ahora su legado, que recuperó incluso melodías de esclavos y que sólo logró estrenar su ‘Sinfonía número 1 en mi menor’ en 1933, se difundía por el mundo más de medio siglo después.

El concierto, una institución en sí mismo, abría así espacio, aunque aún mínimo, a la igualdad, y pasaba su ecuador con la divertida pieza dedicada a los trenes del danés Hans Christian Lumbye (‘Københavns Jernbane-Damp-Galop’), las notas de Johann Strauss II (‘Rosas del Sur, Vals, op. 388’ y ‘Marcha Egipcia, op. 335’) y Josef Strauss (‘Palmas de la paz, Vals, op. 207’). Luego de las felicitaciones del Maestro, se abría el tramo final con el vals ‘En el bello Danubio azul’ de Johann Strauss hijo y el cierre con la ‘Marcha Radetzky’ (op. 228) de Johann Strauss padre, una pieza por la paz escrita en el declive del imperio austro-húngaro. Ovación para un director divertido e intenso, y bis. «La música puede unirnos», sentenció Nézet-Séguin antes del broche de oro con ‘El Danubio azul’ de Johann Strauss.

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