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La creciente presión militar de Estados Unidos sobre el régimen chavista, la destrucción de narcolanchas y el secuestro de buques petroleros desembocó ayer en un … bombardeo nocturno sobre objetivos selectivos de Venezuela que dio la cobertura para la fulgurante operación de ‘extracción’ de Nicolás Maduro, el eufemismo de una captura al margen de la legalidad internacional. Ante el desconcierto de aliados y enemigos y con un Donald Trump que dijo haber seguido como «un show televisivo» la intervención de los Delta Force, bajo el elocuente nombre de ‘Resolución absoluta’, Maduro y su mujer fueron embarcados camino de Nueva York a fin de que el presidente venezolano sea encausado por los vínculos con el narcotráfico que le atribuye la justicia estadounidense; una acción expeditiva que dio aire a la posibilidad del derrocamiento definitivo del chavismo después de tres décadas de un poder paulatinamente dictatorial, toda vez que ninguna autoridad global, salvo los defensores del régimen, defendieron la restitución del capturado con independencia del cuestionamiento de los métodos de Trump. La destrucción de instalaciones militares y de centros de comunicación -sin que se hayan precisado las posibles víctimas civiles- discurrió en paralelo a la detención del dirigente bolivariano. Cabe anhelar -y exigir- que siga sin producirse un derramamiento de sangre entre una ciudadanía ya suficientemente castigada por una dictadura que no reconoció el triunfo de la oposición en las elecciones de julio de 2024 como le reclamaba buena parte de la comunidad internacional, incluida España, que lo ha empobrecido en derechos y bienestar, que ha extendido la cruel represión interna y que ha forzado el desplazamiento de ocho millones de venezolanos.
En una intervención en América Latina sin parangón desde la invasión de Panamá de 1989, Trump se siente legitimado por su arbitraria concepción de la diplomacia y su recién proclamada estrategia de seguridad nacional para intervenir a sangre y fuego en un país soberano como Venezuela con la pretensión de dirigirlo, sin un plan claro por lo que anticipó ayer, hacia una «transición segura y adecuada»; transición para la que no cree empoderada tampoco a la líder real de la oposición, la Nobel de la Paz María Corina Machado. El nuevo corolario de la decimonónica doctrina Monroe justifica la disrupción de un régimen dictatorial en nombre de una poco justificada protección de intereses nacionales de EE UU o de la obscena ambición de hacer negocio en condiciones ventajosas con el petróleo. Una vez más, Trump choca con el Derecho Internacional y con las normas constitucionales de su propio país, abocando a una Venezuela que precisaba, sí, liberarse del yugo chavista a una tutela dudosamente democrática si no se cuenta con su ciudadanía.
España mantiene lazos históricos con los venezolanos que deberían haber redundado en un liderazgo de la respuesta europea ante el ataque estadounidense al que pueden seguir el vacío de poder y el riesgo de confrontación civil. Es necesario evitar la anarquía y el enfrentamiento y dar paso a un proceso de transición política y reconstrucción de un país destrozado. Pero la tibieza del Gobierno de Sánchez hacia el régimen de Maduro, su falta de una interlocución fluida con la oposición más allá de haber dado asilo al candidato Edmundo González, y la cuestionable mediación del expresidente Zapatero le restan entereza y crédito en medio, además, de las presiones de sus socios de izquierdas. Pero es el momento de que se restablezca un mínimo entendimiento entre el Ejecutivo y el PP en un desafío que es de Estado.
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Enlace de origen : Transición democrática para Venezuela