Si aún crees en los propósitos de año nuevo –ay, que igual no hemos empezado aún con ellos–, y te cabe uno más en la … lista de 2026, ¿qué tal si seguimos a alguno de los ‘desinfluencers’ que nos invitan a bajar el pistón en nuestras compras innecesarias al menos en los próximos doce meses? ¿Te animas a participar en el reto ‘the low buy year’ (algo así como ‘el año del bajo consumo’)?
Un ejercicio esclarecedor
Al margen de que luego decidamos o no alargar el reto al resto del año, quizá estos días, a punto de arrancar uno de los períodos clásicos de rebajas, sea un buen momento para evaluar hasta qué punto este desafío es para nosotros. Y se puede saber a partir de un ejercicio tan sencillo como esclarecedor. Seguro que alguna vez te has dado un capricho tonto diciéndote que, oye, algo hay que disfrutar, para eso trabajo, ¿no? Pues veámoslo.
Mira el saldo de la tarjeta y calcula, aunque sea sin afinar demasiado, cuánto has gastado en 2025 en compras de las que hoy te arrepientes. Ya sabes: ropa que no te has puesto o que han perdido toda su gracia en la primera colada, utensilios de cocina con los que ibas a despertar al gran chef que todos llevamos dentro, ese ‘souvenir’ que nos pareció tan gracioso pero que no ha encontrado su sitio en casa, el enésimo libro de autoayuda para ser más eficiente y feliz….
¿Ya tienes una cifra? Pues ahora ve a tu nómina y calcula cuánto cobras por cada hora de trabajo. Vete al neto, a lo que te queda tras rendir cuentas a Hacienda y la Seguridad Social. Lo siguiente te lo puedes imaginar; cuántas horas de trabajo te han costado esas cosas de las que ya eres consciente que podías haber prescindido. ¿Son muchas? ¿Cómo te sienta pensar que esa es la traducción final de tu esfuerzo? ¿Para eso trabajas?
En qué consiste
El objetivo es, obviamente, consumir menos, pero no se trata de volverse minimalista o pasar a vivir como un monje. De hecho, en las redes se plantea como una alternativa a otros retos mucho más duros como el ayuno financiero, que consiste en pasar un tiempo sin realizar ningún gasto que no sea estrictamente necesario. Es decir, aguantar un tiempito sin tomar un café o una cerveza con los amigos, sin darle ningún caprichillo tonto a los niños ni comprar una prenda por barata que nos parezca, sin ir al cine o a un concierto, sin pedir que nos traigan comida a casa… Vamos, que no hay lugar para mucho disfrute.
Pero en el caso del ‘año de bajo consumo’, no hay que juzgar –ni juzgarnos– por cada gasto, sino aprender a gastar. Aprender a diferenciar lo que nos aporta y lo que nos merece la pena de lo que no. Parar un segundo y, antes de sacar la tarjeta o dar el último clic, pensar en qué motiva la compra, qué uso práctico vamos a dar a ese producto o qué grado de felicidad real nos va a proporcionar y durante cuánto tiempo. De modo que, igual que cada uno conoce sus puntos débiles, también establece sus prioridades y reglas: no estrenar más de diez prendas, limitar el dinero dedicado a salir con la cuadrilla o a hacer regalos, no probar un nuevo cosmético hasta haber gastado los que se tienen, no comprar hasta ver si pasados dos días nos sigue pareciendo una buena idea…
¿Es solo por dinero?
No. Aunque quienes lo recomiendan siempre insisten en que se trata de una buena forma de averiguar qué agujeros tenemos en los bolsillos, el origen del reto está más bien ligado con la sostenibilidad. Mantén si quieres tu presupuesto en ropa, pero cambia el tipo de prendas que adquieres.
De modo que organizar nuestras finanzas o empezar a sumar unos ahorrillos para una eventual emergencia son buenas razones, pero también lo es tratar de reducir nuestra huella ecológica, querer poner orden en casa –más fácil cuantas menos cosas entran–, olvidarse de los avisos de los repartidores o las devoluciones o incluso rebelarse contra marcas y plataformas cuyas políticas no acaban de encajar con nuestros valores. La cuestión es saber por qué queremos emprender el reto y adecuar nuestras reglas a esos motivos. Por ejemplo, si lo que nos importa es la sostenibilidad, quizá no sea tan necesario limitar el número de prendas que adquirimos, sino pensar en el arreglo de las que ya tenemos o en la compra de segunda mano.
Algunos trucos
Como creemos que malgastar es un gesto intencionado, tendemos a pensar que es fácil dejar de hacerlo. Pero no siempre es así, y no está de más armarse de algunos trucos para que el reto nos resulte más fácil. Uno muy sencillo es pensar cómo el dinero que no tiremos en esas compras prescindibles nos ayudará a lograr algún deseo o necesidad. Puede ser irte de vacaciones o cambiar la caldera. Lo que sea, pero que te importe, que te motive. Algo así como hacerse a la idea de que un ‘no’ hoy a algo pequeño puede ser en realidad un ‘sí’ a algo mejor, aunque no sea inmediato.
Otra clave es evitar la tentación. Hay que dejar de entender las compras como una forma de ocio y, sobre todo, no permitir que terceros nos generen supuestas necesidades. Quizá en lo práctico eso suponga dejar de seguir a determinados ‘influencers’ o directamente pasar menos ratos enganchados a las sociales.
El tercero sería evitar los métodos de pago ‘contactless’ de tarjetas, móviles y relojes inteligentes, que nos hacen menos conscientes de nuestros gastos. No hace falta volver a las limitaciones del efectivo, pero quizá tampoco nos interese que pagar sea demasiado fácil y no requiera ni recordar la clave de la tarjeta.

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Enlace de origen : Así puedes calcular cuántas horas de trabajo te cuestan tus compras tontas