
La simple hipótesis de que Estados Unidos baraje la opción militar contra Dinamarca para ocupar Groenlandia es una paradoja tan grande que ni siquiera la … OTAN tiene una respuesta para un conflicto así. Traducido significa que un país atacaría a otro país sobre el que tiene la responsabilidad de defenderlo en caso de que sea atacado. Un delirio. Por eso, los aliados europeos, comenzando por la primera ministra danesa, Mette Fredriksen, han dejado claro esta semana que una situación tan laberíntica causaría la implosión inmediata de la Alianza Atlántica,
Todo es tan extraño e inédito, lo que tampoco es tan sorprendente con Donald Trump por medio, que la OTAN no tiene en su reglamento indicio alguno de qué debería hacer. Ni tampoco un régimen sancionador ante actitudes rebeldes. En su fortaleza de casa común de todos para garantizar su seguridad se encuentra su debilidad. No se ha enfrentado en 76 años a un presidente ambicioso que sugiere la disposición a asaltar un país amigo llegada la «necesidad». Lo más parecido en la historia transatlántica puede ser el conflicto que arrastran Turquía y Grecia a cuenta de la división de Chipre en 1974, aunque las tensiones son otras.
La Alianza tiene pocos asideros a los que agarrarse. La membresía, la adhesión a la organización a cambio del compromiso con la seguridad mutua, insta a cuidar la «libertad», la paz y el respeto con los demás socios. Pero incluso así no establece qué hacer en caso de guerra entre dos miembros. La falta de mecanismos claros de expulsión, ni formales ni jurídicos, elimina la capacidad de un castigo administrativo: la única manera de que un país deje de pertenecer al grupo es solicitando su propia baja. Para más inri, debe pedírsela al Gobierno estadounidense.
Y luego está el artículo 5. El que obliga a todos los aliados a intervenir si uno de ellos es atacado porque se considera que la agresión es general para todos ellos. Evidentemente, volvemos a la paradoja inicial. Y llegado a ese punto de combatir para ocupar la isla helada, EE UU no acataría el artículo para dispararse en el pie. Es más, si los daneses lo invocaran, tampoco está claro que se fuera a producir una llamada a rebato. Occidente, por suerte, no vive en 1945 ni en la Guerra Fría. Entre los analistas existe el convencimiento de que hoy la mayoría de los 31 países de la coalición rehuiría un enfrentamiento con el gigante americano. La reacción apagada de la Alianza y la UE ante los desplantes del líder republicano ya señalan el estado de ánimo. Y eso que son solo verbales. El asesor de Trump, Stephen Miller, puede parecer prepotente, pero el martes tenía toda la razón cuando dijo que «nadie se enfrentaría militarmente a EE UU».
Según los expertos, la OTAN intentaría mediar entre Washington y Copenhague antes de que un solo soldado norteamericano pisará la isla helada. Incluso tras un acto beligerante, lo más probable es que siguiera buscando una negociación porque la previsión de una guerra interna causaría una deserción masiva de los socios y dinamitaría la razón de ser de la «cooperación transatlántica».
Además, el Pentágono ha invertido algo más de 800,000 millones en sus fuerzas armadas en 2025 y este año espera llegar a los 900.000, una cifra estratosférica para los demás aliados. Cuenta además con 1,3 millones de soldados en activo, pero sobre todo con bases terrestres, navales y aéreas repartidas por todo el territorio de la OTAN, y depósitos que guardan misiles con capacidad nuclear. ¿Quién sería capaz de iniciar una guerra con una nación que tiene tan poderosa infiltración de medios militares?
Alternativas viables
Lo peor de todo este desafío que Trump ha planteado a la OTAN radica en su inutilidad. La opción militar que la Casa Blanca insiste en tener «siempre sobre la mesa» parece más bien un alarde de poder alimentado por la reciente operación en Venezuela que una estimación real. Stephen Miller y el secretario de Estado, Marco Rubio, ya han indicado que las armas están descartadas. La portavoz, Karoline Leavitt, confirmó la apuesta por la «vía diplomática»
Porque, en realidad, si el inquilino del Despacho Oval quiere ampliar su presencia militar en Groenlandia con el fin de aumentar la «seguridad nacional» y la del bloque atlántico, tiene medios para hacerlo sin armar ruido. El presidente puede negociar directamente con el consejo atlántico una mayor presencia de sus fuerzas –que son también de la OTAN–, basándose en la proximidad de Rusia, la competencia técnica de China y la existencia de rutas marítimas necesarias de controlar para asegurar el dominio de los océanos. Sin ir más lejos, EE UU firmó hace tres meses un acuerdo con Finlandia para construir 11 rompehielos.
El Pentágono cuenta con una base sobre el terreno. Ha tenido más, pero las ha cerrado, y ahora podría revertir ese proceso en virtud de un acuerdo firmado con Dinamarca en 1951 que le autoriza teóricamente a construir nuevas instalaciones en el territorio groenlandés. Unos años antes de aquel pacto, el Departamento de Estado intento comprar la isla por 100 millones de dólares en oro, pero Copehnague los rechazó.
¿Quizá Trump prefiera la anexión para tomar el control de los minerales enterrados bajo el hielo, del mismo modo que ha comenzado a obtener réditos en forma de petróleo en Venezuela? Puede ser, pero el alto precio a pagar sería inmenso. Si la OTAN se disolviera, Estados Unidos perdería su respaldo protector y seguramente arrastraría a las bases en Europa y otros puntos geoestratégicos que le sirven de disuasión frente a Rusia y China.
Trump puede intentar la descabellada idea de comprar Groenlandia, empeño en el que se ha fallado históricamente, o negociar un acuerdo de libre adhesión o de otro tipo que le permita explotar yacimientos a cambio de seguridad, Pactos más raros se han visto. Lo que parece ya imposible de arreglar es que la Alianza ha mostrado sus vergüenzas y la fragilidad ante los conflictos internos.

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Enlace de origen : Groenlandia desvela las vergüenzas de la OTAN