El profesor de Historia Antigua de la Universidad de Murcia José Antonio Molina acaba de cumplir 53 años. Los últimos 12 años ha estado en … el decanato de la Facultad de Letras: casi cuatro como decano, y ocho como vicedecano de Calidad y de Estudios. En primera línea de la gestión. «Un paréntesis administrativo en el que he servido a mi facultad, y ahora vuelvo a la investigación histórica y a la militancia activa, es decir, a hacer cosas con mis alumnos. Quiero volver a mis investigaciones sobre la ciudad tardía al final del Imperio Romano, y también sobre toda la cuestión de la literatura sapiencial». Años en los que no ha estado en primera línea de investigación, así que está en periodo de adaptación «para volver a tener una voz en el estudio del final del mundo romano, y volver a publicar y salir fuera. Antes tengo que recuperar esa comba, esa fuerza física».
Va a intentar, «sin prisa», su acreditación como catedrático, «porque es una fase más que uno debe hacer, y por respeto a la propia carrera que uno lleva, pero si no, tampoco pasa nada: puedo vivir y no ser catedrático, no hay problema». También le gustaría consolidar su «momento escritor», pues también es articulista y comentador de tiempos pasados y presentes. Su último libro es ‘La puerta de las maravillas’ (M.A.R. Editor). «Yo siempre he escrito, pero en los últimos años lo he hecho de manera sistemática [en ‘La Opinión’], entre el tono ensayístico y el relato. Escribir me hace sentirme bien conmigo mismo. Hasta el punto que me ha hecho sentirme mejor que en las clases».
Paciencia para Dostoievski
Portada de ‘La puerta de las maravillas’.
M.A.R. Editor
No se tiene Molina por un historiador de esos devotos de los datos y de los que necesitan cronología, y hacen clases muy geopolíticas, sino por alguien que podría haber dado clases en literatura o en Filología, más centrado en los textos y en el pensamiento. «Le doy la importancia que debe tener la cronología y la geografía antigua para situarnos, pero yo en mis clases comento autores y textos, algo que a mis alumnos les cuesta ahora más que antes. Ha variado el hábito de leer, y la atención se ha fragmentado. Están muy habituados a píldoras que lo resumen todo, y les cuesta tener paciencia con un autor. Un muchacho de 18 años difícilmente va a leer hoy a Dostoievski, no tiene paciencia para leerlo». Concibe sus clases «como si fuera un club de lectura donde todos comentamos los textos». Conecta con estudiantes que elevan el nivel de conversación, «porque esto te hace ver una perspectiva a la que no habías llegado». En realidad, lo que le gusta más es la docencia, la literatura y la historia del pensamiento.
–En los cuentos inspirados en el lejano Oriente incluidos en ‘La puerta de las maravillas’ encontramos el relato de la vida de Yi Tal, el anciano de los años incontables. Al editor Miguel Ángel de Rus, le gusta que aquí nos hable «de su huida pero también de sus triunfos y sus encuentros, de sus visiones y las del mundo que le rodeó hasta el último instante de su consciencia».
–En este libro, ‘La puerta de las maravillas’, he intentado una historia sapiencial, de reflexión. No es ‘Así habló Zaratustra’, de Nietzsche, ni nada por el estilo. Yo quería contar la historia de un sabio.
–¿Qué cosas sabe este sabio?
–Es una persona que no es superior al resto del mundo, sino alguien que se dedica a la contemplación y a la interpretación de las cosas, para sí mismo y para los demás. No me interesa la persona que es venerada, insisto. Para ello elegí una persona que tenía existencia histórica, pero de la que no sabíamos apenas nada, de forma que yo podía alterar la biografía y convertirlo en mi viaje personal.
Una evidencia
«Tenemos que aceptar que la corriente del tiempo nos lleva a todos. Esto no es malo ni bueno, es una ley que hay que aceptar, y cuanto antes la aceptes más tranquila será tu posición en el mundo»
–¿Qué le ha enseñado la vida?
–Después de 12 años en la gestión, la palabra desencanto me gusta, pero no en cuanto a desilusión amarga, sino que esa situación en la que estaba pierde el encantamiento. De repente veo que poco a poco las cosas pueden mejorarse, pero no tan deprisa, o no se pueden mejorar; o que las personas se repiten como si fueran tipos, que poco cambian en realidad. Yo me quiero inclinar más a la contemplación, y alejarme más de lo público. Eso lo vemos en la tradición oriental: la historia de un monje, de un sabio, que se va apartando del terreno público de la administración. Pascal Quignard dijo, sin querer yo compararme, que durante mucho tiempo él había sido confuciano, había servido al Estado, había comido, cenado y dormido cuando se lo marcaba el reloj, pero que se había vuelto taoísta, esto es, déjalo estar, aléjate y contémplate. Esta historia es un periplo de la servidumbre del Estado, de los deberes, a la contemplación.
–No tiene inconveniente en hacerlo coincidir con otros sabios, violando la cronología y la historia ya que comete anacronismos.
–Sí, en el libro hay astrónomos que sirven a un emperador y ven cómo su obra se desmorona; personas que ven cómo los poderosos pasan por encima de ellos, cómo los humildes son los que tienen razón, habitualmente, aunque puede que no, hasta llegar a la disgregación, a la nada. Al final de la acumulación de relatos e historias, todo lo que hacemos, bueno o malo, acaba en el mismo sitio: en lo más profundo del olvido. Por lo tanto, enredarse en cuestiones materiales, administrativas, burocráticas o luchas de poder no tiene ningún sentido: hagas lo que hagas, bueno, malo o regular, será olvidado por completo en unos días, o en unos pocos años.
Augusto y La Haya
–A veces tenemos una imagen equivocada de algunos próceres.
–Porque de monarcas y emperadores hay una imagen completamente fabricada por propagandistas. Sucede, por ejemplo, con Augusto, que pasa todavía por ser el fundador de nuestro mundo y, en realidad, fue un gran tirano. Con la legislación vigente, si la aplicamos en su caso, veríamos a Augusto en el Tribunal Internacional de La Haya. En el libro hay un personaje, un astrónomo, que llegó a construir un reloj gigantesco, que fue destruido durante una invasión y luego ya no pudo ser reconstruido. A pesar de que sobrevivieron su propio hijo y otros colaboradores, que tenían conocimientos muy avanzados de la máquina, en la nueva capital imperial ya nadie pudo reconstruirlo. Si vamos a nuestra propia tradición, a mí me gusta mucho un poeta y filósofo latino, Boecio, que escribió al final de la Antigüedad tardía, que solo conocen hoy los especialistas, o un poeta sirio del siglo IV, diácono y músico, San Efrén. Hay muchos personajes así en la historia que hoy no conoce nadie. Y gente anónima, que fueron buenos padres, buenos amigos, y que la corriente del tiempo se los llevó. Tenemos que aceptar que la corriente del tiempo nos lleva a todos. Esto no es malo ni bueno, es una ley que hay que aceptar, y cuanto antes la aceptes más tranquila será tu posición en el mundo.
Mitos caídos
«Al final somos todos humanos, e incluso sería muy injusto moralmente pretender que una persona fuera como Platón, Pericles o Churchill por darte satisfacción a ti y ver que tu mito (del buen gestor) se ha cumplido»
–¿Qué mitos se le han caído?
–El mito del gran gestor. No todos podemos ser Pericles o Churchill. Quiero pensar que eso es posible aún, pero eso es algo que los contemporáneos nunca sabremos. Al final somos todos humanos, e incluso sería muy injusto moralmente pretender que una persona fuera como Platón, Pericles o Churchill por darte satisfacción a ti y ver que tu mito se ha cumplido.
–¿Qué héroes le interesan?
–Todos podemos trabajar por el bien común. Me encantaría parecerme a Martin Luther King. Me gusta Olof Palme, sus discursos no están aún publicados en español.

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Enlace de origen : José Antonio Molina: «Todo lo que hacemos, bueno o malo, acaba en lo más profundo del olvido»