De Cuenca a la Luna literaria

De Cuenca a la Luna literaria

Constantino López

Lunes, 12 de enero 2026, 00:35

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Si hiciéramos una encuesta sobre quién fue el primero en imaginar un viaje a la Luna, los nombres de H.G. Wells, Julio Verne o incluso el astrónomo Johannes Kepler saldrían a relucir de inmediato. Sin embargo, la historia oficial tiene una deuda pendiente con el humanista y cura español Juan Maldonado (Bonilla, Cuenca 1485-1554).

Mucho antes de que la ciencia ficción fuera un género con nombre propio, y casi un siglo antes de que Kepler escribiera en 1634 su famoso ‘Somnium’ (considerada la primera novela de ciencia ficción de la historia), este clérigo conquense ya había puesto sus pies en el satélite terrestre a través de la pluma. En 1532, su obra, también titulada ‘Somnium’ (el sueño, en latín), no solo rompió las barreras de la gravedad, sino que fundó las bases de lo que hoy llamamos ciencia ficción: el uso de mundos lejanos para diseccionar a la humanidad.

Aunque la historiografía oficial suele citar a Kepler, la obra de Maldonado ya contenía todos los ingredientes: viaje, observación planetaria y el encuentro con ‘lo otro’ (la utopía).

Cierto es que la pionera absoluta en la odisea espacial en la literatura fue ‘Historia Verdadera’, de Luciano de Samósata (siglo II d.C.), quien ya escribió sobre viajes a la Luna en una sátira donde los protagonistas -mientras navegan en su barco- son arrastrados por un huracán hasta el firmamento. Y aunque ‘Frankenstein’ (1818), de la británica Mary Shelley es considerada por muchos historiadores la primera novela de ciencia ficción real, el gran pionero olvidado de esta literatura es Maldonado, que hace casi 500 años escribió su ‘Somnium’ utilizando el recurso del sueño para narrar un viaje fantástico.

Algo asombroso para la época

En su obra, el protagonista vuela hacia la Luna y, desde allí, observa la Tierra. El conquense relata que una noche de otoño, sale a las murallas de Burgos a contemplar el paso de un brillante cometa (el Halley) y mientras espera, se queda dormido. En ese sueño es visitado por el espíritu de una mujer, María de Rojas, que le acompaña en su viaje. Junto a ella, el clérigo cuenta cómo comienza a elevarse hacia el espacio, pero la forma de hacerlo -como una pluma, con la sensación física de abandonar la gravedad- es algo asombroso para la época. Lo relata así: «Mi cuerpo, dotado de una ligereza inusitada, comenzó a elevarse poco a poco de la Tierra». Es decir, no es un vuelo de alas, sino una propiedad física que cambia al iniciar el viaje espacial.

La versión completa de este artículo se ha publicado en la Sociedad Cervantina

Una vez en la Luna, Maldonado reflexiona sobre la fragilidad del planeta: «¡Oh, mentes ciegas de los hombres! Por este punto combaten tantos reinos, tanta sangre se derrama», una apreciación que coincide con las de otros cosmonautas recientes en el sentido de la fragilidad de nuestro planeta azul.

Juan Maldonado no necesitó un Hubble; le bastó el telescopio de su razón humanista para entender que la Tierra, ese punto insignificante que todos llamamos hogar, es un espacio compartido y minúsculo que todos debemos mimar.

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