De forma ancestral, la supervivencia de los pueblos nómadas ha estado ligada a la disponibilidad de recursos en uno u otro lugar. Siempre dependientes del … entorno, en una migración perenne con las necesidades por brújula y la adaptación como esencia. Pero el trigo domesticó al ser humano hace unos 10.000 años y, desde hace poco más de un siglo, tenemos a bien reunirnos cada dos domingos en torno a un rectángulo de césped y un balón. La peregrinación al feudo de turno en cada civilización no excusa una vida sedentaria, pero todavía quedan reductos de esos pueblos errantes. Dejando de lado a los nuevos nómadas digitales y sus siete pasos para alcanzar la libertad financiera; poco tienen que ver los tuaregs del Sáhara, los zíngaros en Europa o los beduinos del desierto con los jugadores del Real Murcia, salvo por un detalle significante. Todos ellos comparten la ausencia de una residencia fija, movidos por esa búsqueda de condiciones favorables para su supervivencia.
Porque el Murcia, desde hace más de un lustro, vive instalado en una paradoja: cada dos domingos convoca certezas en el Enrique Roca, pero de lunes a sábado se diluye en la geografía. El club no se podía permitir el mantenimiento del Complejo Deportivo de Cobatillas, abandonado desde 2019 para ahorrar los 10.000 euros mensuales de mantenimiento en una directiva que necesitaba abaratar costes a toda costa. Alteraciones del pasado, porque el cuadro grana estuvo a punto de perder las instalaciones en 2014, embargadas hasta una década después, cuando las recuperó en la actual etapa de bonanza económica e ilusión deportiva. Pero su acusado deterioro se traduce en un coste de reacondicionamiento que las hacen inviables económicamente.
El equipo abandonó Cobatillas en 2019, unas instalaciones deterioradas que el club guarda como activo para hacer caja
Sin una parcela propia que regar, el club con mayor masa social en la Región de Murcia se ha visto obligado a subsistir en pastos ajenos. Porque la añorada ciudad deportiva, una demanda histórica para la ciudad, sigue dando pasos en firme; pero lo hace al ritmo de la burocracia del más alto calibre, no todo lo veloz que gustaría por los despachos de la Avenida Nueva Condomina, y pensar en ella ahora sería hacer trampas al solitario. No es una gira, sino toda una rutina farragosa que, en ocasiones como este arranque de año, puede comprender un peaje elevado.
Un enero en la carretera
Los cazadores-recolectores, esos nómadas ancestrales, se movían en busca de recursos naturales y, en muchas ocasiones, refugio. Es lo que pasó tras las vacaciones navideñas. El regreso al trabajo de la primera plantilla del Real Murcia coincidió con esas borrascas que no terminaban de abandonar la Región, pintada de un gris atípico en el cambio de almanaque, por lo que el club se vio obligado a buscar un hogar alternativo a las habituales instalaciones de entrenamiento.
Granada, Cehegín, Callosa, La Torre, Pinatar, Mula, el campus de Espinardo y su estadio han sido los lugares elegidos para trabajar
Porque el calendario apretaba y el cielo mandó. El Enrique Roca no es un campo de entrenamiento diario, restringido a la recta final de la semana, cuando toca bajar la carga y afinar la táctica en las dimensiones de partido con el fin de preservar el césped en las mejores condiciones. En enero hubo resiembra y la prioridad explícita fue cuidarlo; mientras, Pinatar Arena y La Torre Golf Resort, los campos de entrenamiento habituales, se encontraban anegados por el aguacero caído. Pero la competición no espera, así que tocó agarrar el volante.
En la semana previa al Hércules, con el debut del año en un Enrique Roca que necesitaba de cariño, el club grana se vio obligado a improvisar una segunda casa para un club que, realmente, tiene todas y ninguna. En apenas una semana, Adrián Colunga dirigió sesiones en El Curtís de Mula, El Armajal de Cehegín e incluso El Palmeral de Callosa de Segura, en Alicante. Aunque no fue el único desplazamiento fuera de las fronteras regionales. De camino a San Lúcar de Barrameda, el Murcia celebró un entreno en la Ciudad Deportiva del Granada al no poder realizar la sesión previa al partido en un Enrique Roca en cuidados paliativos. Sumando un par de sesiones sobre el césped artificial de la Universidad de Murcia, los granas han visitado hasta ocho instalaciones diferentes en lo que llevamos de año; un club nómada que extraña un hogar propio.
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La ciudad deportiva, una solución sumida en el letargo burocrático
Mientras el Real Murcia parece condenado a la vida nómada y sus elevados peajes, con un comienzo de año de demasiados kilómetros y bajas acusadas, la demanda histórica de la Ciudad Deportiva, un proyecto estratégico para la capital del Segura, resurge con poder en el imaginario grana. Su construcción no solo apartaría a la primera plantilla de la vida errante, sino que los más de 40 equipos de las bases pimentoneras, dispersados por los diversos campos del municipio, encontrarían por fin un hogar fijo. Todos los actores involucrados proyectan ese momento en que comiencen a afanarse tractores y se ponga la primera piedra, pero los ritmos de la burocracia exigen una paciencia elevada.
Un mes ha pasado desde la última actualización sobre el estado de la Ciudad Deportiva del Real Murcia, un proyecto que continúa dando pasos para que pueda pasar de los planos al césped. El pasado 23 de diciembre, la Junta de Gobierno aprobó someter a información pública el avance del plan especial que ordenará más de 227.000 metros cuadrados de suelo municipal, un requerimiento necesario dada la magnitud del proyecto. Del mismo modo, se iniciaba el procedimiento de evaluación ambiental estratégica. Todo continúa su ritmo, lento pero firme, y el próximo jueves 29 de enero se publicará en el BORM toda la información pública requerida. Un trámite obligado que supondrá un nuevo paso hacia delante, igual que esas consultas ambientales que marchan a buen ritmo. La meta no varía: comenzar a mover tierra este verano.

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Enlace de origen : El Real Murcia, un grande sin hogar propio que trabaja de prestado desde hace 6 años