
Siente que le faltan muchas horas a su día para poder llegar a todo lo que le pide el corazón Juan Manuel Díaz Burgos (Cartagena, … 1951). Es más, siente que tendría que vivir otra vida para completar todos los proyectos que rondan por su cabeza, todas las experiencias pendientes de vivir y las vivencias que todavía faltan por contar. Todas esas imágenes que aún quedan por captar y recopilar, pero que su mente tiene pergeñadas desde hace tiempo. «Evidentemente ya no tiene uno la frescura que tenía con 30 años», admite ahora que se encamina a celebrar las bodas de diamante con la vida, 75 primaveras que son la tercera juventud: «cuando empieza uno a aprender», resume este padre de dos hijas y abuelo de cuatro nietos que, por muy abuelo que sea, es un torrente de energía que no puede quedarse quieto. «Me moriré y no habré hecho todo lo que me hubiera gustado hacer», deja claro. «Cuando me puse a contar los proyectos que tengo en el tintero, y llegué a 30, paré de contar», relata. «Y luego llega un fotógrafo que ha hecho cuatro fotos y ya quiere que le hagan el homenaje de su vida. Cuatro fotos es el preludio de lo que tú tienes que demostrar después», zanja.
Asume las «lógicas huellas que va dejando la vida» –se refiere a una intervención a corazón abierto y a varias en la cadera, entre otros «parcheos». Pero el fotógrafo Díaz Burgos –profesor durante toda su vida en el Politécnico de Cartagena–, autor de una obra tan extensa como sus anécdotas, conocedor como pocos de la realidad de la sociedad caribeña, coordinador en su día de la creación del ya desaparecido Centro Histórico Fotográfico de la Región de Murcia, ha sumado un nuevo reto a su dilatada trayectoria: dirigir la bienal FotoFest Cartagena 2026 (desde el 30 de enero hasta mediados de abril), una apuesta de relumbrón para la agenda cultural de la Comunidad. Y, también, «la unión de mis dos grandes pasiones: Cartagena y la fotografía». Y la familia, claro.
–Dice que le queda mucho por hacer pero, ¿qué es lo más importante que ha hecho?
–A mí me gusta abordar la fotografía como narrador, como narrador de una historia. Yo no entiendo la fotografía desde una percepción de ensalzar una belleza, que me parece muy bien. No tanto como técnica. Yo lo que quiero es contar una historia. Uno de los últimos trabajos que hice lo titulé ‘Diálogos con mi abuelo’. Es un recorrido sobre la vida de mi abuelo [Manuel Burgos Monsalve] en base a una investigación. Cuando murieron, ni mi madre ni mi abuela sabían dónde estaba enterrado. Yo al final descubrí que estaba en una fosa del cementerio de Vegueta de Las Palmas de Gran Canaria.
–¿Cuánto tiempo estuvo con ese proyecto?
–Desde la primera vez que me lo planteo, hasta que lo termino, unos 20 años. Había mucho que contar, pero no sabía abordarlo con un enfoque fotográfico. Cuando terminé, no me duele decirlo, me eché a llorar. En ese diálogo con mi abuelo, escribo un texto en el que le digo: «Recorramos los caminos que tú anduviste en vida. Que sea tu mirada la que me los devuelva en forma de imagen». Y eso me dio la clave para enfocar el libro de una manera fotográfica, con las imágenes que yo quería.
«Dependiendo del artista, una fotografía puede ser un canto a la felicidad o un canto a la tristeza; me gusta abordar la fotografía como narrador»
–¿Cómo empieza su relación con la fotografía?
–A los diez añitos o así, los Reyes Magos me trajeron una Kodak Retinette. Con aquella cámara tenía que medir muy mucho las fotos que hacía y los carretes que gastaba, porque los pagaban mis padres y yo he tenido siempre mucha conciencia. A mi padre, que tenía un puesto de frutas en el mercado de Santa Florentina, le costaba muchísimo ganar el salario para poner una olla de comida en la mesa y yo no me podía gastar el dinero así por las buenas en carretes.
–¿Aún la conserva?
–Sí, sí. Conservo la cámara, no así la funda, que me la robaron. Quizá creyendo que se llevaban también la cámara.
–Sus padres.
-Decir que mi padre era bueno es quedarse corto. Mi madre tenía mucho carácter. Un carácter fuerte. Pero eran bellísimas personas. He tenido la grandísima suerte de estar rodeado de muy buenas personas, y eso lo he mamado toda mi vida.
–Su trayectoria es paralela a la de la propia historia de la fotografía en las últimas décadas. Ahora estamos en la era de la fotografía manipulada, la fotografía mentirosa gracias a la inteligencia artificial.
–En los tiempos en los que yo lo hacía con negativo era realmente difícil engañar. ¿Se podía engañar? Sí, pero por la perspectiva, por el enfoque. Dependiendo del artista, una foto puede ser un canto a la felicidad o puede ser un canto a la tristeza.
–Pero esa fotografía original ahora se puede manipular para darle un sentido o un contexto diferente en unos segundos. ¿Cobra más valor ahora la fotografía original, la de toda la vida?
–Pues sí, es indudable. Yo pago la licencia del Photoshop religiosamente y el programa me dice automáticamente si una imagen está retocada o no. Yo en mi casa tengo cientos de miles de fotos de papel baritado, y el papel baritado tiene su valor. No nos engañemos. La plata es la plata. Lo otro puede dar un resultado maravilloso, vale. Pero esa es otra: podrás saber mucho de técnica, pero no te valdrá de nada si no tienes ojo. Es el ojo el que manda absolutamente para todo, el ojo y el corazón. Y poner el ojo en la misma dirección del corazón, ahí le has dado. Mientras usted y yo estamos hablando, ¿se imagina la cantidad de millones y millones de disparos de cámara que se tienen que haber hecho? Y, al final, ¿cuántos quedan?
–La manera en la que está cambiando el mundo, la sociedad, incluso la propia fotografía, ¿le causa perplejidad?
–Daniel, hemos llegado a un momento en el que ya no me causa ni perplejidad, ni asombro, ni nada. Antes quizás, ahora ya me da igual todo. Yo no sé si es que nos han vencido o que simplemente uno tiene que aceptar el mundo en el que vive porque, si no, te mueres de un infarto y te lo pierdes. Yo quiero seguir viviendo para poder hacer muchas más cosas.
–Perder el tiempo en vivir.
–Claro, y disfrutar. Yo, por ejemplo, he disfrutado mucho con las fotos de los demás fotógrafos, de mis compañeros. Que para mí han sido mías. Las cuido y las mimo exactamente igual que si fueran mías. Estar delante de una buena foto y decirle a tu colega: «enhorabuena, cabrón, me has hecho llorar con tu trabajo, o me has estremecido». Y estamos viviendo un mundo tan asqueroso que ya se ha perdido hasta eso.
Formación
–Además del ojo y el corazón, y saber reconocer el trabajo de los demás, como acaba de decir, ¿qué más debe tener un buen fotógrafo, en su opinión?
–Bueno, hay una cosa indispensable que es la formación. Lo primero que tienes que hacer es conocer la historia de la fotografía. Si no, ¿dónde te posicionas? Vas a estar pegando palos de ciego. Cuando hayas conocido a los grandes maestros de esta profesión, después toma tu camino personal. Maestros como Irving Penn, si hablamos de retrato. Como Cartier-Bresson, como Robert Frank. De los españoles, Ramón Masat es un referente. Si Masat hubiera nacido en Estados Unidos estaría en todas las universidades internacionales habidas y por haber. Después hay que tener conocimiento, que es distinto a la formación. Yo, por ejemplo, hice como cinco o seis viajes a Cuba solo para fotografiar gente en movimiento, gente transportando lo que llevara en sus vehículos. Un proyecto así no sale de la noche a la mañana. Eso sale de una idea preconcebida, meditada y trabajada. Lo que no enseñan los libros, lo tienes que aprender de ti mismo, de ser muy crítico contigo mismo. Después ya puedes tener más suerte o menos suerte, la mirada más acostumbrada, más o menos educada y que cada uno miramos la realidad de una manera diferente. Por ejemplo, creo que no habrá una ciudad igual a La Habana para hacer una reflexión en torno a la relación entre mujer y hombre. Las relaciones afectivas, me refiero. De ahí sale mi libro ‘Deseo’, donde se incluye esa fotografía en la que solo sale una pareja, en una calzada, dándose un beso de película.
–Cuba, República Dominicana, México… No son pocos los países cuya realidad ha captado con su objetivo en estos últimos años. Y, siguiendo con lo de la perplejidad que generan los tiempos modernos –o la ausencia de ella– ¿le pica el gusanillo con marcharse a Venezuela cámara en ristre?
–¡Yo ya no tengo fuerzas para eso, hombre! Pero claro que me gustaría. Esos sitios en los que trabajas y donde te encuentras situaciones en las que casi pierdes el interés por fotografiarlas.
«Hemos llegado a un momento en el que este mundo ya no me causa perpejlidad, ni asombro, ni nada; si no aceptas el mundo en el que vives, te da un infarto y te lo pierdes. Y yo quiero seguir viviendo para hacer poder hacer muchas cosas más»
–Además, ¿cómo se va a ir usted a Venezuela con el FotoFest a la vuelta de la esquina?
–No soy un ignorante y sé muy bien dónde me metía cuando acepté. Quien me conoce sabe que, cuando Díaz Burgos se mete en algo, no se mete a lucir, se mete a trabajar. Como dije el día de la inauguración, hay dos cosas que para mí son sagradas, la fotografía y mi Cartagena. Además de mi familia, claro. Con lo cual, a muerte con ello. Pero menos mal que es cada dos años [risas].
«Un empujón»
–¿Qué espera del festival?
–Sobre todo, dar un empujón. Porque hablar de la fotografía en esta región yo creo que siempre es positivo. Es algo en lo que he tenido mucho cuidado, no quiero caer en defectos que se han repetido a largo de la historia. Luego, si me tuviera que quedar con una exposición de las muchas que se van a instalar durante las próximas semanas –además de la muestra-homenaje de Josep María Ribas i Prous en el Palacio Consistorial– es la que vamos a hacer en la calle con 66 fotógrafos de esta región. Fotógrafos que han nacido en Caravaca, en Moratalla, en Mula, en Lorca… Y de todas las edades, mujeres y hombres. Me conmueve cómo se la ha tomado la gente. Con la alegría, el orgullo y la satisfacción con la que han participado mis compañeros. Vamos a inundar la ciudad con el trabajo de esos 66 fotógrafos, utilizando las vallas que están protegiendo esos solares que abundan en Cartagena. Me parece una buena idea la que ha tenido la alcaldesa ahora, de dar un ultimátum a los dueños de esos solares. Y que la ciudad empiece a renacer de sus cenizas.
–¿No ha empezado a renacer ya?
–Bueno, Cartagena nunca ha muerto. ‘Delenda est’, recuerde. Ese Cartago nunca se ha rendido a nada ni a nadie. Es evidente que la ciudad ha dado un cambio en los últimos años, pero queda mucho, mucho por hacer. Pero, claro, es que aquí abrimos otro melón, Daniel.
–Y se nos acaba la entrevista.
–Para la próxima.

Soy William Abrego, me uní como ejecutivo de SEO y me abrí camino hasta el puesto de Gerente Asociado de Marketing Digital en 5 años en Prudour Pvt. Ltd. Tengo un conocimiento profundo de SEO en la página y fuera de la página, así como herramientas de marketing de contenido y diferentes estrategias de SEO para promover informes de investigación de mercado y monitorear el tráfico del sitio web, los resultados de búsqueda y el desarrollo de estrategias. Creo que soy el candidato adecuado para este perfil ya que tengo las habilidades y experiencia requeridas.
Enlace de origen : Juan Manuel Díaz Burgos: «Podrás saber mucho sobre técnica, pero no valdrá de nada si no tienes ojo, si no está en la misma dirección del corazón»