
Ya empezamos a faltar, otra cualidad tan nuestra. En fin. Decía que en moreras, palmeras … y cipreses siempre anidaron graciosas aves. Algunas, espléndidas por sus trinos, cual es el caso del jilguero, que en Murcia llamamos cabernera. Otras, por sus fantásticos colores, pongo por caso los abejarucos y sus plumajes de vivos azules, verdes, castaños y amarillos, con la cola y las alas verdes azuladas, y la garganta amarilla, bordeada de negro.
Súmenle a estas aves las tórtolas, gorriones, palomas, pardillos, garzas y garcillas y un sinfín de especies que componían antaño la auténtica banda sonora de la huerta. Había algunas con bastante peor fama. Era y es el caso de los tordos, esas ratas negras voladoras que arrasan con brevas e higos, racimos de uva o, en estos días del frío enero, con las tiernas, pequeñas y dulces matitas de guisantes, que aquí seguimos llamando pésoles.
En esta categoría de aves dañinas también caben los mochuelos. Según la tradición, suelen anunciar de madrugada la inminente muerte de quienes habitan las casas en cuyos tejados se posan. Por eso las abuelas salían a espantarlos.
Cuento estas cosas porque hace unos días cumplí en mis carnes que, si es cierto que nada hay nuevo bajo el sol, no lo es menos que hay muchas cosas que desconocemos. Andaba cruzando el río Segura por la pasarela Manterola, esa que pendula a cada paso que uno da, cuando descubrí unos extraños y enormes pájaros posados en los gruesos cables de acero que sustentan la estructura.
Grandes, pero grandes de verdad eran los animalitos. De tanto en vez extendían las alas y aún parecían más colosales, mire usted. Los vecinos del común les hacían fotos mientras los animalicos, dando pequeños saltos, parecían posar en lo alto del puente. Un espectáculo. Solo faltaba allí el concejal de turno para echarse su fotico y dar la bienvenida a tan extraños visitantes.
Sin embargo, de extraños nada. Resulta que eran cormoranes, aves de aspecto torpe y plumas negras, salgo ciertos tonos blanquecinos en la garganta. A Murcia llegan en otoño y a finales del invierno desde el norte y centro de Europa, como si turistas ingleses en busca de golf se trataran. Aunque gastan menos, claro.
Estos pajarracos suelen pescar zambulléndose en las aguas, de ahí que luego extiendan sus alas para secarlas al agradable buen sol murciano. Serán feos los jodíos; pero tontos no parecen. Así que, salvo que la memoria me falle, es la primera vez que observo tales animalicos en nuestra ciudad. Y eso que, con la historia en la mano, son tan antiguos por estos lares como orinar a pulso.

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