«Tenemos los calzoncillos de Tutankamón, pero el oro nos nubla la vista»

«Tenemos los calzoncillos de Tutankamón, pero el oro nos nubla la vista»

Sábado, 31 de enero 2026, 15:22

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José Manuel Galán (Madrid, 62 años) es uno de los egiptólogos españoles más reconocidos internacionalmente. Director desde hace 25 años del Proyecto Djehuty en Lúxor, la antigua Tebas, su trabajo ha permitido descubrir desde una cámara funeraria pintada con pasajes del Libro de los Muertos hasta el primer jardín funerario documentado en una necrópolis egipcia, de 4.000 años de antigüedad. Este año, el de sus bodas de plata con los faraones, espera anunciar que un collar que hallaron en la momia de una joven contiene el vidrio más antiguo de la humanidad. Galán no llegó a Egipto buscando oro ni maldiciones, sino palabras. Filólogo de formación y arqueólogo por vocación, defiende una egiptología que va más allá de los tesoros y las momias. Estos días –como él y su equipo hacen siempre en enero y febrero– se encuentra en plena campaña de excavaciones en el desierto, tratando de localizar una pequeña pirámide en una necrópolis cerca del templo de la reina Hatshepsut, de la que se declara «fiel seguidor» y a la que compara con Isabel la Católica por los avances habidos en sus 22 años de gobierno.

–Creo que en sus primeros días en Lúxor recorría las ruinas en bici.

–Cuando llegué a Lúxor en el año 2001 no tenía dinero. Había conseguido la plaza de científico titular en el CSIC y una beca para ir a Egipto a buscar un proyecto arqueológico, pero llegué con lo justo. Así que me compré una bicicleta y así fue como entré en contacto por primera vez con la tumba de Djehuty y de su vecino Hery. Djehuty era un importante dignatario del reinado de Hatshepsut, una de las pocas mujeres que ejerció de faraón durante 22 años. Las dos tumbas se conocían desde mediados del siglo XIX, pero nunca se habían investigado por problemas de caída de escombros. Mientras los arquitectos lo solucionaban, nosotros empezamos a excavar fuera y ahí sacamos a la luz el patio de entrada a la tumba de Djehuty y nos dimos cuenta de que en el exterior había un gran potencial, como flores y jardines de hace cuatro mil años.

–Pero antes de excavar tumbas, usted empezó ‘excavando’ palabras. ¿Cómo nació su vocación por Egipto?

–Yo escogí Historia Antigua porque me gustaba la Historia del Arte, pero en la Complutense tuve una profesora tan mala que me quitó el interés. En cambio, tuve un profesor magnífico de Historia Antigua que me despertó la curiosidad por Egipto. El punto de inflexión fue cuando leí la traducción de un cuento escrito en papiro hace cuatro mil años: la historia de Sinuhé. Ahí decidí que quería aprender a leer egipcio antiguo, pero no había dónde hacerlo en España, así que me fui a Estados Unidos. Estudié Egiptología, hice el doctorado en la Universidad Johns Hopkins, viví seis años en Baltimore y luego hice un postdoctorado en Alemania con una beca Humboldt. Más que arqueólogo, yo empecé siendo filólogo.

–Su tesis doctoral trataba solo de dos palabras…

–Sí, dos palabras que se traducen por ‘victoria’ y ‘frontera’ y aparecen repetidas en muchos textos. Yo me preguntaba si los antiguos egipcios tenían el mismo concepto de victoria y de frontera que nosotros en la actualidad. Y no. Para ellos, victoria es cualquier situación de la que obtienes un beneficio. Un intercambio comercial podía ser una victoria. Y frontera no es una línea fija en el mapa, sino hasta donde tú eres capaz de conseguir lo que quieres. Si la reina Hatshepsut manda una expedición comercial al Cuerno de África y vuelve con incienso, mirra, oro, pieles de pantera, rabos de jirafa… eso es una victoria, y su frontera llega hasta allí. Antes se pensaba que exageraban. En realidad, estaban diciendo la verdad desde su propio marco mental.

–Hablemos de Hatshepsut. ¿Por qué le fascina esta reina-faraón?

–Es una de las pocas mujeres que gobernó Egipto y lo hizo durante 22 años. Yo la comparo con Isabel la Católica. Bajo su reinado, Egipto vive un momento de enorme prosperidad económica y creatividad intelectual. Al igual que el viaje a América que impulsa Isabel, Hatshepsut organiza grandes expediciones comerciales, se multiplican los recursos y hay una élite administrativa muy culta y sofisticada.

–¿Una especie de Renacimiento egipcio?

–Sí, es un momento en el que miran hacia atrás, hacia lo que ellos consideran su época clásica, quinientos años antes. Visitan tumbas antiguas, dejan grafitis, se inspiran en monumentos del pasado para crear los suyos. Es un ambiente muy intelectual. Djehuty, el propietario de la tumba que excavamos, es un ejemplo perfecto: administrador de los tesoros reales, pero también un hombre de letras.

–¿Qué hace especial esa tumba?

–Que está concebida como una obra intelectual. Está escrita casi por completo, desde la fachada hasta la cámara sepulcral. Todo el monumento es una demostración de su dominio como escriba.

«Llevamos flores a los cementerios porque lo hemos heredado de los antiguos egipcios»

–Lleva 25 años excavando en Lúxor. ¿No se cansa uno de cumplir su sueño?

–Todo lo contrario. Es una suerte inmensa. Somos muy conscientes de que hacemos realidad el sueño de mucha gente. Por eso dedicamos tanto esfuerzo a la divulgación. Nos consideramos unos privilegiados. Llevamos aquí 25 años gracias al apoyo de instituciones públicas, empresas privadas y, por supuesto, de las autoridades egipcias.

–En 2017 descubrieron algo único: un jardín funerario. ¡Qué subidón, no!

–Sí, fue un descubrimiento muy singular. En arqueología necesitas suerte, pero también saber aprovecharla. Todo empezó con un palo que emergía del suelo y resultó ser el tronco de un árbol aún erguido. Luego apareció la raíz, y después una estructura de barro: un jardín cuadriculado, con cuadrículas de 30 por 30 centímetros, como pequeños tiestos independientes para aprovechar mejor el agua. Ese jardín servía para proveer al difunto de ofrendas vegetales. En los banquetes funerarios siempre aparecen pan, carne, cerveza… pero también cebollas, lechugas y flores. El jardín garantizaba ese suministro simbólico de semillas.

–¿Cómo se han conservado las semillas hasta ahora?

–Gracias a una capa de arena fina que fue llenando el jardín con el tiempo y ha conservado restos botánicos durante estos últimos cuatro mil años: semillas de cilantro, melón no dulce, flores, polen… Es un hallazgo excepcional que nos ha permitido conocer el uso de plantas con fines funerarios o cómo era el medioambiente. La arqueología no son todo tesoros ni objetos más o menos bonitos.

–O sea, que la tradición de llevar flores a los cementerios viene del Antiguo Egipto…

–Exactamente. Nosotros descubrimos un agujero en el suelo del patio de la tumba de Djehuty con 50 ramos de flores secas, todavía anudadas con fibra de palmera. Y es que los egipcios son el primer pueblo que tenemos documentado que ofrece flores a los difuntos. Y lo hacen porque en el antiguo Egipto la palabra para flor es la misma que la palabra para vida, que es ‘ankh’. Ofreciéndole a alguien flores es como si le estuvieras ofreciendo la vida. Si se la ofreces a un muerto, estás deseándole que renazca en el más allá. Por eso llevamos flores y no chorizo o jamón a los cementerios.

«Lo asombroso es cómo con herramientas elementales pudieron construir las pirámides o el templo de Karnak con una precisión matemática»

–¿Por qué seguimos tan fascinados por el antiguo Egipto?

–Porque es una cultura misteriosa y enigmática con las pirámides y los jeroglíficos, y, al mismo tiempo, muy humana. Cuando lees sus cartas, sus poemas de amor, sus textos médicos o matemáticos, te das cuenta de que no son tan distintos de nosotros. Sin saberlo, tenemos muchas cosas del antiguo Egipto en nuestra cultura, desde los peines o las cuchillas de afeitar hasta los ramos de flores para los difuntos. Lo asombroso de los egipcios es cómo con herramientas elementales pudieron construir las pirámides o esas columnas del templo de Karnak con una precisión matemática, algo que incluso con la tecnología actual, nos costaría mucho.

–¿Qué es lo que más le gusta de la arqueología?

–Saber, lo que va unido a la curiosidad. Nuestro proyecto nos ha ido abriendo caminos inesperados: el jardín nos llevó al estudio del clima, unas flechas a la arquería egipcia, una cámara pintada al Libro de los Muertos. Y luego está la serendipia porque la arqueología siempre te lleva la contraria y juega contigo: buscas una cosa y encuentras otra igual o mejor.

–Por ejemplo el hallazgo del vidrio más antiguo del mundo…

–Encontramos el ataúd de una joven de unos 15 años, que debió vivir hacia el 1700 antes de Cristo. Dentro estaba el cuerpo momificado de esa chica con cuatro collares sobre su pecho compuestos de piedras preciosas y ocho cuentas de un azul traslúcido que resultó que es vidrio y podría ser el vidrio más antiguo conocido. Estamos a la espera de confirmarlo con carbono 14. Ese fue un momento serendípico: vas buscando una cosa y te encuentras este ataúd y de repente este ataúd tiene un collar y ese collar tiene las cuentas de vidrio más antiguas. Eso es lo bonito de la arqueología, que te lleva por caminos insospechados. En las excavaciones no tienes que ir buscando tesoros o tumbas, vas buscando información sobre la sociedad, la cultura, la economía… tienes que convertirte en aspirador de conocimiento.

–Pero al final todos queremos ver en los museos una pieza real… 

–Pues a lo mejor hay que cambiar esa idea. Antes, los museos necesitaban el objeto físico para conocer una cultura, pero hoy con los documentales, con internet, no se necesitan las piezas, se necesitan las historias y el conocimiento. En 1924, dos años después de que Howard Carter descubriera la tumba de Tutankamón, vino a Madrid a dar una conferencia gracias a su amistad con el duque de Alba, y acabó su charla diciendo que a pesar de todo el oro, lo más maravilloso eran los ramos de flores que se habían depositado sobre el ataúd y que de alguna forma conectan a los antiguos egipcios con nosotros. O sea, él valoraba casi más las flores que el oro. Yo soy un poco así; tenemos los calzoncillos de Tutankamón, tenemos las sandalias que usó y el pincel con el que escribió, pero el oro nos nubla la vista, nos deslumbra. Lo bonito son los pequeños detalles…, el juego con el que debió jugar con sus amigos en Tebas. Tenemos que aprender a ver la historia de otra forma.

–Ya puestos, ¿a usted qué le gustaría descubrir?

–Nunca hubiera soñado con descubrir la cámara pintada de Djehuty con el Libro de los Muertos escrito en las paredes y el techo, ni con descubrir un jardín de hace cuatro mil años. Voy más que servido. Me gustaría tener más tiempo para estudiar todo lo que hemos encontrado. Pero ya puestos sí me gustaría descubrir una cajita de madera que tuviera dentro un papiro literario. Hay un cuento maravilloso que es la historia del príncipe predestinado que se pierde el final. Sería una pasada encontrar una versión que conservara ese final.

«Alemania tiene una oportunidad histórica de devolver el busto de Nefertiti a Egipto aunque no se lo pidan»

–¿Debe devolver Alemania a Egipto el busto de Nefertiti, que está en el Museo de Berlín ?

–Sí. Alemania tiene una oportunidad histórica de hacerlo, incluso sin que se lo pidan. Sería un gesto comparable a la devolución del ‘Guernica’.

–Y el templo de Debod en Madrid, ¿cree que debería estar mejor protegido dado que se encuentra a la intemperie?

–En contra de lo que piensan muchos de mis colegas, creo que el templo de Debod está precioso donde está y como está. Si alguien habla de Madrid, aparte del Bernabéu, el templo de Debod es uno de los lugares más icónicos. El problema de ese tipo de planteamientos es el dinero, que no cae del cielo. ¿En qué lo invertimos? ¿En proteger Debod o en becas y proyectos de investigación? El dinero no es infinito.


Galán, con una de las figuras halladas en la tumba de Djehuty.


Proyecto Djehuty

–Los egipcios tenían como 90 dioses, ¿hay alguno que le atraiga especialmente?

–Hay uno muy peculiar, que es el dios Seth, el hermano de Osiris. Es el dios de lo heterodoxo y de lo anormal. Encarna también la violencia, lo irracional, el caos, el desorden. Es bonito que divinicen a lo negativo y le hagan un hueco en su panteón.

–¿Y esa relación de los antiguos egipcios con la muerte, con el inframundo?

-Lo que ellos intentaban era convertir la muerte en algo positivo. En que no todo se acaba y hay una vida más allá, y que no tienes que tener miedo porque te espera algo incluso mejor todavía. De ahí, la momificación de los muertos, porque ellos imaginaban la vida más allá, también físicamente y quieren conservar el cuerpo para cuando llegue el momento de renacer, tenerlo en condiciones. Y eso les lleva, además, a hacer estatuas de sí mismos. Por si acaso falla la momia, tener una representación de tu persona en forma de estatua con tu nombre.

–Usted sabe leer jeroglíficos, hay alguno que haya dicho ¡’guau’!

–El juego de palabras que significa vida y flor (angh) y que por eso ofrecen flores a los difuntos es bastante ‘guau’.

–¿Estaban pensados los jeroglíficos también para ser bellos?

–Sí. Lo bonito es que la escritura es arte y el arte a la vez es escritura porque se compone muchas veces de signos jeroglíficos que se leen. O sea, el arte está compuesto de letras, por decirlo así, y las letras tienen un valor artístico. Son objetos que en realidad no significan lo que tú ves. La letra o el sonido B es una pierna; el sonido D es una mano; el sonido R es una boca…

«Sobre todo en España, hay una atracción por el antiguo Egipto que es enorme»

–¿Qué faraón sería el más importante de todos los que hubo a lo largo de esos 3.000 o 4.000 años?

–Todos jugaron su papel. Yo soy seguidor de Hatshepsut porque su época es de mucha creatividad. Pero bueno, hubo reyes muy importantes como Mentuhotep, que fue el primer rey que convirtió a Tebas en capital del reino y diseñó el espacio de una forma muy peculiar que luego sigue Hatshepsut .

–¿A qué atribuye la supremacía de los egipcios durante tantos miles de años? ¿Al poder del faraón? ¿A la sumisión del pueblo? ¿A un ejército poderoso? ¿A su capacidad de relacionarse con otras culturas?

–Egipto era un país rico gracias al Nilo y eso le permitió una administración muy eficiente y muy bien orquestada. El hecho de que el Nilo inundara los campos una vez al año y se pudiera controlar, garantizaba cosechas ricas, e hizo que el faraón tuviera riqueza y poder y todo eso hizo que se desarrollara una administración muy bien orquestada y eficiente.

–¿Qué echa de menos para dar un impulso a la egiptología española? ¿Hay dinero para las campañas de excavación?

–Bueno, si me preguntas a mí te diré que hay poco dinero, porque creo que hacemos una gran función diplomática de cooperación internacional a la vez que cultural. Podemos desarrollar un papel importante en la política exterior y en las relaciones culturales, sociales y educacionales, y necesitaríamos más financiación, también desde el punto de vista de la investigación. Muchos países tienen institutos arqueológicos en Egipto, nosotros no. En su día se hizo uno y el PP lo cerró por el mero hecho de que lo habían construido los del PSOE. La investigación científica, la divulgación y la cultura deben estar al margen de las rencillas políticas.

–¿La egiptomanía goza de buena salud?

–Sobre todo en España, hay una atracción por el antiguo Egipto que es enorme. Hay conocidos egiptólogos como Zahi Hawass que a través de los documentales es capaz de captar la atención e inspirar la imaginación de mucha gente. En ese sentido ha hecho mucho bien porque ha divulgado la cultura del antiguo Egipto como ninguno antes.

–¿Se aprecia en Egipto a los egiptólogos españoles?

–Los egipcios nos quieren de forma muy especial por muchas razones, por ejemplo por la posición de nuestro gobierno con Gaza, que es algo que aprecian muchísimo, te guste o no. También les encantan nuestros Reyes. La visita del rey Felipe y la reina Letizia a Egipto el pasado septiembre ha causado verdadera conmoción: si ya nos querían mucho, nos quieren muchísimo más. Gozamos de un cariño especial que podríamos aprovechar un poquito más. En cuanto a la egiptología española en realidad es incipiente. Nosotros somos unos advenedizos, los ingleses, franceses, alemanes o americanos nos llevan una delantera descomunal. Eso hay que reconocerlo. Y bueno, con un presupuesto de Tercera División, tratamos de jugar en Primera. Ese es nuestro gran mérito.

«Me encantaría oír a alguien leer una inscripción antigua. Cómo sonaba su lengua es uno de los grandes enigmas»

–Por cierto, sáqueme de una duda ¿las pirámides eran doradas?

–No. Estaban construidas con piedra caliza y luego había partes que podían estar cubiertas de unas piedras más valiosas, como el granito o el basalto, y parte de la cúspide sí que podría haber estado cubierta de pan de oro, pero bueno se ha conservado muy poco o ningún capuchón de esos dorados.

–¿En qué trabajan usted y su equipo ahora?

–Estamos excavando en una colina donde creemos que puede haber restos de una pequeña pirámide de adobe. Queremos entender el paisaje funerario de la necrópolis en su conjunto.

–Si hoy pudiera preguntar algo a un egipcio antiguo…

–Me encantaría oír a alguien leer una inscripción antigua. Cómo sonaba su lengua es uno de los grandes enigmas.

–¿Cree en la maldición de Tutankamón?

–No. Pero está bien que otros crean: vende mejor el producto.

–¿Le molesta algún cliché de los antiguos egipcios?

–Ninguno, que los egipcios anduvieran de lado me parece divertido y que las momias se levanten de las tumbas y persigan a los hombres perdiendo vendas, como si fuera papel higiénico, ni te cuento.

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