
Germán Abril
Melbourne
Domingo, 1 de febrero 2026, 08:44
Carlos Alcaraz agarró el libro de historia del tenis para escribir una página dorada. Deshizo de un plumazo un récord con más de 87 años de vigencia para convertirse en el tenista más joven de la historia en levantar los cuatro títulos de Grand Slam. El primero fue en Nueva York, en 2022. Le siguieron Wimbledon en 2023 y Roland Garros en 2024. Todos han precedido a la guinda que ha coronado al tenista de 22 años de El Palmar en Melbourne. Además, se convierte en el tenista más joven de la historia en ganar siete títulos de Grand Slam y lo logra ni más ni menos que venciendo a Novak Djokovic en Australia, donde nunca había perdido una final.
No era un título de Grand Slam más el que había en juego esta noche en la Rod Laver Arena. Era mucho más. Una cita con la historia. Esa palabra tan manida en el mundo el deporte se quedaba corta para explicar lo que había en disputa entre Alcaraz y Novak Djokovic. El murciano tenía ante sí la posibilidad de convertirse en el tenista más joven de la historia en conquistar los cuatro grandes, un récord con 87 años de vigencia; Djokovic, alcanzar los 25 títulos de Grand Slam, algo que nadie antes ha logrado en el tenis, ni en su versión masculina ni femenina. Dos tenistas generacionales, con una brecha de edad de 16 años entre ellos. Eso no les ha impedido medirse en hasta cuatro finales antes de este 1 de febrero en el que saltaron a la pista central del Open de Australia con el objetivo de reescribir la historia del tenis.
Una duda sobrevolaba la fría y ventosa tarde en la Rod Laver Arena: ¿Quién sería capaz de recuperarse mejor de las palizas a cinco set del pasado viernes? La lógica hacía creer que pagaría un peaje más elevado el serbio, pero también había que tener en cuenta que había invertido mucho menos tiempo en pista que Alcaraz durante el torneo. Hasta cuatro horas menos de competición en las piernas del tenista de Belgrado.
Se encargó pronto de demostrar Djokovic que no llegaba a esta final sin fuerzas. Su primer set fue excelso, rozando la perfección con el servicio. Solamente cedió dos puntos en toda la primera manga con ese arma. Inquieto Alcaraz, viendo que no podía desplazar lo suficiente al serbio como para incomodarlo. Las indicaciones de Samuel López desde su banquillo eran claras. Le pedía que buscara más efecto hacia la derecha de Djokovic, pero ese plan no funcionó en el primer set. Descomunal con el juego de derecha, encontrando una y otra vez ángulos imposibles para destruir el sistema defensivo de Alcaraz.
Quizá demasiado tenso en el inicio, el número uno del mundo se quitó los complejos ante el diez veces ganador en Australia. Nada tuvo que ver la segunda manga. Ahí mandó Alcaraz, mucho más fino con el servicio y con una derecha mucho más afilada. Encadenó un error detrás de otro Djokovic, sin rastro de la frescura que le había llevado al éxito en el primer capítulo de la final. Descerrajó a cañonazos a su rival Alcaraz para devolverle el 6-2 encajado en la apertura. Celebración por todo lo alto del murciano y salida de Djokovic hacia los vestuarios para refrescar ideas… y frenar el ritmo diabólico de Alcaraz.
Tuvo bronca el de El Palmar con el supervisor del torneo durante esa pausa. Le recriminó el hecho de que cerraran unos metros el techo del estadio. No había explicación lógica para esa decisión, lo que molestó a Alcaraz. No pesó demasiado en su ruta la distancia de apertura del techo de la Rod Laver Arena.
Siguió a lo suyo, cubriendo toda la pista con una potencia inusitada y golpeando la bola con limpieza. Pocos errores en su repertorio de pelotazos después de ceder el primer set. Nueve errores no forzados cometió en el primer set, dos menos de los que firmaría en los dos siguientes. Mucho más preciso en los intercambios ante un Djokovic que fue bajando la energía al tiempo que crecía su desesperación viendo que las piernas de Alcaraz llegaban a prácticamente todo. Atónito el tenista balcánico ante la atenta mirada de Rafael Nadal desde la primera fila del palco presidencial. Sonreía el manacorí, alucinado con el despliegue de Alcaraz.
Ajustó mucho mejor el murciano su posición al resto para ser más agresivo y fruto de ello tuvo en su mano seis opciones de rotura nada más destapar la cuarta manga. No aprovechó ninguna de ellas y, como si fuera una alarma, salvarlas sirvió para que despertara Djokovic. No dio opción alguna con su servicio hasta el desenlace del set. Fue Alcaraz quien, con la mayor parte del público en su contra, tuvo que sacar las castañas del fuego en situaciones límite. No se amilanó por el ambiente el palmareño, que acabaría aprovechando la suya para cerrar el encuentro. Se lanzó al suelo, en esa celebración tan característica que ya le hemos visto antes en Nueva York, Londres y París, con las manos en la cara, antes de correr a festejar con su equipo. Acababa de escribir una nueva página gloriosa en la historia del tenis con tan solo 22 años.

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