
El ciclista catalán Marc Soler no defendió el liderato, pero se proclamó vencedor de la 46ª edición de la Vuelta Ciclista a la Región de … Murcia. El nombre del cazador de etapas del Team UAE, uno de los corredores más contrastados del circuito español, quedará para siempre ligado al ciclismo regional como el rodador que venció contra los elementos. La ronda murciana regresaba en este 2026 al formato de dos etapas en busca del prestigio perdido, pero la meteorología decidió que aún no, que se quedaba en un día. Porque la etapa reducida del viernes había dejado la promesa de un duelo espectacular, pero el viento redobló su intensidad para volarlo todo por los aires. Porque el mismo amanecer anticipó la crónica de una suspensión anunciada.
Entre las sábanas, el viento agitaba árboles y se colaba por cada rendija. Hizo de alarma para más de uno en la mañana del sábado. Con las legañas pegadas, el respetable recordaba que era la jornada en la que Marc Soler debía defender la exhibición del Team UAE por Jumilla, esa fuga de la fuga que terminó por coronar al catalán en Yecla. Pero el viento silbaba en los oídos y tiraba las coladas del sábado. La línea de salida de la Vuelta Ciclista a la Región de Murcia en el aire. La organización pendiente de los ciclistas, los ciclistas pendientes del cielo y el sol como espectador de lujo, testimonial ante la falta de plan B. La única hoja de ruta pasaba por cumplir con los compromisos e improvisar. Y así se hizo a lo largo de toda la jornada.
Porque algún árbol arrancado de cuajo cortaba las calles anexas al Pabellón Príncipe de Asturias, pero en la arteria principal continuaba el debate entre organización, directores de equipo y los propios ciclistas minutos antes de la salida. El resultado: el itinerario inicial se redujo en 30 kilómetros, hasta un total de 148 que borró Pliego y Mula del trazado pero dejó los grandes puertos intactos. Señales de tráfico en el suelo, contenedores volcados y la incertidumbre general expresada en una duda que murmuraba entre cada casco del pelotón: más que quién ganaría, se preguntaban si acaso se podría llegar a Santomera. Se llegó, claro, pero el viento abortó los vítores.
Una suspensión anunciada
Tras 45 minutos de retraso y nueve kilómetros neutralizados, el pelotón voló libre por la carretera de Alcantarilla, y la segunda etapa de la ronda murciana despegó. Aunque por poco tiempo. Arrancada de caballo y parada de la burra. A la altura de Alhama de Murcia, con el pelotón agrupado, la etapa se neutralizó tras una caída provocada por las fuertes rachas de viento. La misma duda de la salida, pero con una doble cabriola. Los temores confirmados a las primeras de cambio, la carrera parada y la meta de Santomera engalanada en banderolas, solitarias pero enérgicas, agitadas por la gris perspectiva de los caprichos meteorológicos.
Marquesinas de taxis contra el suelo, tendidos eléctricos tomando tierra y desfiles suspendidos por toda la Región, pero la Vuelta con su carnaval particular. Los transistores en alerta, locutando un día de manta y peli. Mientras, Marc Soler, Tom Pidcock y Tim Wellens varados en un arcén en Alhama. La crónica de una caída anunciada, y el anuncio de la suspensión de una etapa que el viento dejó sin sentido, pero que coronó a Marc Soler como el campeón que pasará a la historia de la Vuelta a la Región por vencer en ‘aquel año que hubo tanto viento’. Pero aún había que cumplir con los compromisos, y estos se sellaron en un circuito neutralizado por la meta que nunca fue.
Un paseo de honradez
En Santomera, un vendaval en cada bocacalle de la recta final. Caían vallas y volaban gorras entre gestos torcidos por lo que pudo ser pero nunca será. El corte de carrera lo impuso el viento, y alguno se sorprendía, cerveza en mano, por lo rápido que habían llegado los protagonistas. El viento, que los hizo volar. El Collado Bermejo y la Cresta del Gallo celosos de los picos del Embalse de Santomera, que al menos abrigó la segunda salida de un pelotón que ya tenía ganador.
Los ciclistas, tanto o más dispuestos que unas horas antes, ordenados en una línea de salida hacia un paseo testimonial, pero lleno de honradez. Brazos cruzados y caras de trámite burocrático encima de los maillots de los premios, ordenados en fila frente a la distendida conversación entre organización y administraciones, en un constante intercambio de gestos resignados. Se comentaba el duelo que nunca fue entre la afición santomerana, que primero vio cómo el cartel escaseaba de grandes nombres, y más tarde cómo los ases locales caían del cartel uno a uno en los días previos.
En las pantallas gigantes se proyectaba el ritmo cicloturista entre bancales de limoneros. Ocho kilómetros de grupeta de mañana de domingo, donde las conversaciones del pelotón internacional podrían haber debatido en esperanto quién pagaba el almuerzo en el bar prometido. Las rachas de viento mecían las ruedas de los ciclistas, que dieron dos vueltas de honor al circuito urbano improvisado. El bicampeón olímpico Tom Pidcock, tercero en la general, le ganó un conato de sprint al segundo Julius Johansen. Simbólico, sin incidencias. Aplausos a media asta en el podio de la edición llamada a retomar la grandeza de otros tiempos. La primera etapa dejó la promesa de un gran espectáculo, pero terminó deslucida por el temporal. Fue la Vuelta que el viento se llevó.

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