
Sobrecarga mental por las relaciones sociales o la toma de decisiones, sentirse rechazado, problemas de sueño, agotamiento y depresión, inquietud y actividad mental constante… son … algunos rasgos con los que es fácil sentirse identificado. Existe una enorme variedad de etiquetas que nos definen mentalmente (incluso nosotros mismos las buscamos a veces en nuestro afán por entendernos) y que también nos ‘agrupan’ con otros sujetos de similares características.Similares, pero, ojo, rara vez iguales. Esto es porque la neurodiversidad se está abriendo camino: ser neurodivergente ya no es sinónimo de tener un problema, si no, simplemente, de salirse de los patrones habituales en algunos aspectos (en mayor o menor proporción). El impacto de esta idea no es desdeñable, tanto, que el hashtag #neurodivergent alcanzó en Instagram los 11 millones de visitas en 2023.
¿Es nuevo eso de la neurodiversidad que ahora se reivindica y se está volviendo tan popular? En círculos académicos, no: el término lo acuñó la socióloga australiana Judy Singer hace 27 años como concepto que permitía entender las diferencias neurológicas entre los seres humanos. La comunidad médica y científica fue inicialmente reticente a aceptar el término.
Ahora, sin embargo, hay consenso médico y científico en utilizar el término para referirse al espectro de conductas del ser humano. Dentro de este abanico se encontrarían las personas neurotípicas –que son aquellas que se acomodan con facilidad a los requerimientos de la vida en sociedad– y las neurodivergentes – –que abarcarían a las personas con autismo, o déficit de atención, pero que también podrían incluir a las que tienen altas capacidades. Y este amplio paraguas de la neurodiversidad es muy útil, porque nadie es completamente neurotípico: todos somos neurodivergentes a nuestra manera.
¿Es normal ser normal?
Para los que se creen muy normalitos, un ejemplo: estudios científicos han estimado que hasta el 30% de las personas tienen al menos un rasgo de comportamiento autista, aunque solo un 1% es diagnosticado como persona con autismo. Es decir, la delgada línea roja entre neurodivergentes y neurotípicos igual no es tan delgada… y admite muchas proporciones distintas de ‘normalidad’.
¿Por qué entonces si tenemos proporciones de neurodivergencia ya de nacimiento –la genética tiene mucho peso en algunos casos– unos las desarrollamos más y otros las tienen pero no son tan evidentes? Esto está determinado por el efecto conjunto de nuestra crianza y el aprendizaje. Ambos factores actúan sobre nuestro cerebro, que está en formación durante el desarrollo embrionario y los primeros años de vida. Y esto marca las diferencias. Así, podemos tener una carga de autismo elevada, pero matizada por la educación y la crianza tanto que pase casi desapercibida. Y al contrario, lo que llevamos de serie, según sea nuestro entorno al crecer, puede hacerse evidente y cobrar peso.
Variaciones genéticas
Así que neurológicamente casi todos tenemos algo (o mucho) de neurodivergencia porque el cóctel genético de cada cual es un mundo.Siguiendo con los ejemplos del autismo y el déficit de atención, hay pequeñas variaciones de cientos o miles de genes que contribuyen de manera conjunta a producir el comportamiento neurodivergente. De hecho, muchas de las variantes de los genes identificados en el autismo, también están asociadas a ADHD o a problemas cognitivos, como intenta confirmar un macro-estudio europeo en marcha en el que participan 24 centros de investigación.
Y hasta dentro del autismo hay rasgos de disparidad. Tomemos por ejemplo la compleja relación entre autismo e inteligencia. Un estudio reciente con más de 650 niños con autismo ha identificado que, de media, tenían la misma inteligencia que niños sin autismo. Sin embargo, los niños con autismo se acumulaban en los dos extremos de la curva: eran 12 veces más propensos a tener discapacidad intelectual, pero también tenían una probabilidad 1,5 veces mayor de tener altas capacidades cognitivas. Una nueva confirmación de la variabilidad que existe dentro de la neurodivergencia, y que probablemente sea debida a la combinación particular de variantes genéticas en cada uno de esos niños. ¿Y si dejamos de meter a todos en el mismo saco?

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