No hay tibieza ni equidistancia en su forma de mirar el mundo, tampoco imprecisión en cómo lo nombra para comprenderlo, para subvertir el orden establecido … y mostrar las heridas del tiempo, los horrores y la belleza de la humanidad… o de su falta. Escribe Raúl Quinto (Cartagena, 1978) que «el idioma y la memoria son un territorio en disputa, y había, hay, que arrebatar la palabra de la boca de los monstruos». Monstruos que son torturadores. Dictadores. Genocidas. Creadores y difusores de bulos que incitan al odio. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Granada e hijo orgulloso de familia obrera, es profesor en Secundaria en Almería, donde reside, y ostenta un logro en el círculo literario de la Región solo en manos del yeclano Castillo-Puche (1919-2004): el Premio Nacional de Narrativa, conseguido con su novela ‘Martinete del rey sombra’ (Jekyll & Jill, 2023).
En su faceta poética, la primigenia y en la que más y del todo se reconoce, presenta este 2026, bajo el sello editorial de Anagrama La Bella Varsovia, ‘Un idioma siempre al borde de la extinción. Poesía 2002-2026’. Esta antología, que Quinto presentará el próximo 11 de marzo en la Región, de la mano del Aula de Poesía de la Universidad de Murcia, recoge su producción poética desde que en 2002 apareció ‘Grietas’, y contiene este primer poemario, reeditado con ‘Poemas del Cabo de Gata’, los cinco que le siguieron (‘La piel del vigilante’, ‘La flor de la tortura’, ‘Ruido blanco’, ‘La lengua rota’ y ‘Sola’), una antología de poemas dispersos y un compendio inédito, titulado ‘Cuaderno de la peste de 1348’, escrito durante los días del confinamiento.
De sus próximos proyectos no suelta prenda más allá de contar que ha escrito poemas, en los últimos meses, que no sabe «dónde acabarán» y en los que quizá resuene el duelo por Robe Iniesta, y de avanzar que tiene en marcha una novela, cuya publicación dista de ser inminente. Él, siempre tan preciso, no precisa en esto más porque ahora, parafraseando a Umbral, quiere hablar de su libro. Una obra escrita en ese idioma en peligro de extinción en la que brilla un dominio formal depurado y una musicalidad consustancial a cada palabra, cada verso y poema.
POESÍA
«El público lector es más combativo, más fiel y guerrero, aunque no vaya a hacer rico a nadie»
–Publicar en vida una antología puede sonar a cierre de etapa. ¿Es un adiós temporal al género o tocaba pasados más de veinte años desde ‘Grietas’?
–Un poco de todo y de nada. En los últimos años estoy más volcado en escribir narrativa. Cuando mi mente se pone a pensar en literatura, los proyectos que afloran son narrativos, pero eso no quiere decir que haya dejado de ser poeta o de pensar como poeta. Mis herramientas y mi forma de entender la escritura es la de la poesía, en la que yo me he fogueado, he crecido y me he formado como escritor. Aunque pueda parecer que no he publicado tanta poesía en los últimos tiempos y que quizá no lo haga tanto en los próximos años, la poesía está en mis novelas también. Este libro es una mirada hacia atrás, una forma de reconocer el camino recorrido y de reconocerme en él. No es un libro más para mí; estoy celebrando mi vida a través de la poesía, mi paso por el mundo a través de mis poemas. Es una fiesta.
–¿Cuánto hay de subversivo en escribir y en publicar poesía?
–La edición de poesía tiene un punto temerario, es una apuesta de riesgo para las editoriales, sobre todo las independientes. Tiene un público más pequeño, pero es más combativo, más fiel y guerrero… aunque cuantitativamente no se pueda comparar al de narrativa. El público lector de poesía no va a hacer rico a nadie, pero sirve para sostener proyectos. Decía García Lorca que la poesía busca amantes; y los encuentra: el que lee poesía la considera esencial en su vida, va a los recitales y compra. Y a la hora de escribir, la poesía es altamente subversiva, no tanto por el tema económico, sino porque el propio uso del lenguaje poético subvierte el lenguaje ordinario, que es el del poder, el de las instituciones, y subvierte también una realidad que tiene la apariencia de ser estable. La poesía señala las arenas movedizas bajo nuestros pies a través de un uso extraño y ‘extrañante’ de las palabras. Al final, eso es revolucionario. No me comprendo si no es a través de la poesía, que le ha dado sentido y brújula a mi vida. Es una búsqueda, quizá a través del sinsentido, nombrando aquello que de otra forma no se podría nombrar. En los últimos tiempos se me está reconociendo mucho como narrador, pero no termino de hacerme con esa etiqueta. Yo soy poeta. Si por la calle oyera «¡novelista!», no giraría la cara. Mis técnicas para escribir narrativa, también en cuanto al proceso previo de documentación, las he tomado de mi forma de escribir poemas. Lo que cambia es la intensidad y el peso de la palabra. Cada verso cuesta mucho, mucho más. La poesía es precisión. Esa es su grandeza y su dificultad.
HISTORIA
«Hay que reivindicar la importancia de la memoria y de señalar la herida, para intentar cerrarla»
–En la introducción de ‘Un idioma siempre…’ escribe que «todo tiene que ver con la intersección entre la música y el pensamiento». ¿Qué lugar ocupa lo musical en su proceso y producción poética?
–Si hay un arte hermano de la poesía, y más que la narrativa, es la música. Antonio Gamoneda [poeta y Premio Cervantes] define la poesía como pensamiento rítmico. Si no hay música, no hay poesía. No es una relación extraña, sino consustancial. En mis primeros libros, el uso de la métrica tradicional era muy importante. Para llegar a los últimos, en los que no hay metro, he tenido que tener un conocimiento teórico y práctico, saber qué es lo que funciona para que ese poema suene musical. El ritmo a veces tiene que ver con las ideas, con las repeticiones, con las aliteraciones. La gente que empieza a escribir poesía debe conocer la tradición, que no está para reverenciarla ni para imitarla hasta el infinito; hay que conocerla para poder cambiarla, si es necesario. Sin querer compararme, pienso en Picasso, que crea su propio arte, conociendo las reglas del arte clásico y académico. Es importante que el poeta que empieza se mire en ese espejo de la tradición para aprender herramientas que le permitan tener su propia voz. Además, escribo con música. Me la pongo de fondo para provocar estados mentales alterados que me puedan llevar a conseguir metáforas y ritmos. Escribí ‘La canción de NOF4’ [Jekyll & Jill, 2021] con la discografía de Swans, una música instrumental muy atmosférica que genera un tipo de escritura concreta. En ‘Un idioma siempre al borde de la extinción’ hay referencias a Joy Division, a Sonic Youth, que es otro de mis grupos fetiche, a Radio Futura, Ilegales… Y ahora me ha dado la nostalgia, y estoy escuchando Extremoduro.
–Carga con la responsabilidad doble del historiador y el artista. ¿Cómo vive ese compromiso?
–En mi caso, es natural. Mi compromiso político con el mundo lo expreso a través de mi manera de estar. El arte siempre es político, hasta cuando quieres hacer arte por el arte y ser evasivo. Estudié en Granada, donde están muy presentes las teorías de Juan Carlos Rodríguez [catedrático y ensayista]. La literatura siempre es ideológica, aunque no quieras que lo sea. El mundo está ahí delante y ocurren cosas con las que podemos estar de acuerdo o no. Podemos contribuir a alimentarlas o ponernos enfrente y señalar. Yo tomo partido, y mi literatura toma partido. En relación directa con la historia, creo que hay que reivindicar la importancia de la memoria y de señalar la herida, muchas veces para poder ayudar a cerrarla o para mostrar su hondura. He escrito sobre las torturas en la dictadura argentina, el genocidio de Ruanda… Incluso ‘Martinete…’ es como un largo poema sobre un intento de exterminio [contra el pueblo gitano bajo el reinado de Fernando VI].
REDES SOCIALES
«Estoy radicalmente a favor de la prohibición de su uso entre los menores de 16 años»
–Es hijo de obrera. ¿Su origen le define?
–Siempre escribimos desde el lugar que ocupamos en el mundo y en el orden social. Yo soy hijo orgulloso de clase obrera. Mi padre trabajaba en una fábrica y yo, como tantos otros, he tenido que trabajar para pagarme mis estudios. Sé cuál es mi lugar. Lo que ha conseguido la clase obrera hay que defenderlo con uñas y dientes, incluso el acceso que hemos tenido a la alta cultura. No somos unos intrusos, unos bárbaros a los que han invitado a esta fiesta, sino que esta fiesta también es nuestra. El lenguaje para crear literatura también nos pertenece y nos lo hemos ganado a pulso. En mi casa no había biblioteca y mis padres no leían ni tenían el graduado escolar, pero eran trabajadores que querían que sus hijos estudiaran. Me han defendido a muerte cuando he venido con estas locuras de escribir.
–¿Son tiempos de revolución?
–Estamos en un proceso de revolución, pero no obrera, sino ultraconservadora, una revolución inversa que está dinamitando los cimientos de un sistema que no era el mejor pero que había conseguido cotas de bienestar. Y eso está en entredicho. Lo que está en juego no es una alternancia política, sino el sistema de valores y la propia existencia de la democracia, del estado del bienestar y de derechos fundamentales que nos parecían intocables y no lo son. A las pruebas nos podemos remitir con lo que está ocurriendo en Estados Unidos, donde se tomó el Capitolio por bulos. Aquello fue muy violento y aquí tenemos aprendices de brujo que quieren incorporar eso en España. Me acuerdo del asalto al Ayuntamiento de Lorca, de las cacerías de migrantes en Torre Pacheco… No estamos lejos.
–¿Cuánto le preocupa, si le preocupa, el acceso masivo que las redes ofrecen a información poco veraz o directamente falsa?
–Me preocupa muchísimo, porque uno de los grandes potenciadores de esta revolución reaccionaria viene a través del consumo masivo de las ‘fake news’ y las redes sociales, que intoxican a la población. Estamos siendo envenenados con mercancía podrida. Hay gente que directamente cree en cosas que no se corresponden con la verdad y actúan en consecuencia, y esas cosas están impregnadas de odio. No estamos hablando de terraplanismo, con el que no le hacen daño a nadie. Hablamos de que estás diciendo que tu vecino inmigrante es un asesino, un violador, que si ponen un centro de menas [menores extranjeros no acompañados] en tu barrio piensas que aquello se va a convertir en el apocalipsis. Le digo a mis alumnos en clase que el historiador tiene que basar su ciencia en el uso crítico de las fuentes y debe contrastar. Si no, no hay historia, ni verdad. Ocurre igual en el periodismo. Cada vez hay más falsos periodistas ocupando espacios, y periódicos aparentemente serios que están usando ese tipo de intoxicación. Aunque sea una batalla bastante desigual, al menos hay que señalarlo.
–Como padre y docente, ¿qué opina de la iniciativa de prohibir el uso de redes a menores de 16 años?
–Estoy radicalmente a favor, y no solo por lo que estamos hablando, sino por una cuestión de salud. Con el uso sistemático de las redes sociales desde pequeñitos, he notado en los años que llevo dando clase que los chavales tienen más dificultades para mantener la concentración por tiempo largo. Necesitan estímulos continuos y tienen problemas de adicción brutal al móvil. Se están creando y replicando modelos de conducta que están provocando problemas de salud mental. Al igual que no se permite que beban alcohol, conduzcan o lleven armas, esto debe hacerse por las mismas razones.

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Enlace de origen : Raúl Quinto«Están en entredicho derechos fundamentales que creíamos intocables»