
Durante los jueves de febrero y la primera quincena de marzo nuestra estupenda Filmoteca Regional Francisco Rabal nos propone el ciclo ‘Cine y Envejecimiento’, abriendo … con los espectadores una conversación íntima con el paso de los años y con lo que permanece cuando todo parece cambiar. La clausura, el 12 de marzo, llega de la mano de ‘Solas’, ópera prima imprescindible de Benito Zambrano, un largometraje que, sin alzar la voz, sin subrayados, acaba por revelarse como una radiografía moral, un retrato delicado de la soledad, la ternura y ese cuidado silencioso que sostiene el mundo cuando nadie lo mira.
Estrenada en 1999 la película elige el camino de mirar a quienes no cuentan en titulares: a una madre invisible, a una hija herida y entre ellos a esa figura casi nunca nombrada: quien cuida.
Hoy, cuando la palabra «cuidados» ha entrado en el debate público, ‘Solas’ vuelve a hablarnos con una claridad inquietante. Porque no solo nos recuerda la deuda con nuestros mayores, sino algo aún más difícil: la deuda con quienes sostienen la vida de los otros.
En ‘Solas’ casi todo sucede en espacios cerrados: un piso pequeño, un pasillo, una cocina, una cama. La ciudad existe como ruido lejano, pero el verdadero territorio es el doméstico. Allí María, interpretada con una mezcla de dureza y fragilidad por Ana Fernández, vive atrincherada en su propio desencanto: trabaja sin ilusión, bebe para dormir, ama mal y se defiende con sarcasmo de la vida que le ha tocado vivir. Cuando su madre llega del pueblo para el cuidado de su marido enfermo, el pasado irrumpe como una herida abierta.
La madre, interpretada por María Galiana con una solvencia abrumadora que atraviesa la pantalla, es el corazón ético de la película. Una mujer mayor, de origen rural, de escasa instrucción formal, que ha pasado su vida sosteniendo a otros. Una heroína cotidiana. No sabe ponerle nombre a lo que hace, pero sabe hacerlo: cocinar, limpiar, consolar, esperar, perdonar, y, sobre todo, cuidar.
Zambrano filma este cuidado filme sin idealizarlo, lo muestra con toda honestidad tal y como es: agotador, silencioso, no remunerado, emocionalmente devastador. La madre no solo cuida al marido autoritario y enfermo, también intenta cuidar a una hija rota, incluso cuando no recibe nada a cambio.
Durante décadas el cuidado ha sido considerado «amor», «obligación», «vocación». Casi nunca trabajo. ‘Solas’ se adelanta a un debate que hoy ocupa a la sociedad: ¿Quién cuida al cuidador? La película nos recuerda que el bienestar de la sociedad descansa sobre una red frágil de mujeres que sostienen a las personas más vulnerables y delicadas.
María Galiana no pide nada, no sabe pedir, su gesto es la continuidad, seguir aunque duela.
Zambrano acierta el colocar la cámara a la altura de su rostro, sin sentimentalismo. La interpretación de Galiana es una lección de contención. No necesita discursos, basta con su mirada, su gesto mínimo. En ella habita la ética del cuidado como forma de estar en el mundo. No es resignación, es resistencia. Su personaje no ignora el daño, pero decide no reproducirlo. Hay una escena decisiva: la madre limpia en silencio la casa de su hija, recoge botellas, ordena el caos y desorden. No juzga, cuida y repara. En ese gesto doméstico se condensa una verdad incómoda; muchas vidas se sostienen gracias a quienes no figuran en ningún reconocimiento. Galiana dota a esa invisibilidad de una dignidad radical.
Ana Fernández interpreta sin victimismos a María, hija de una violencia marcada, de una educación sin ternura. Su cuerpo es un campo de batalla: desea ser cuidada pero no confía en nadie. María necesita aprender algo que su madre practica sin nombre: la posibilidad de otro vínculo.
‘Solas’ no se limita a mostrar el cuidado, nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿Quién cuida al cuidador? La madre cuida al marido, a la hija, incluso al vecino solitario, pero nadie la cuida a ella.
Hoy sabemos en salud mental que el desgaste emocional y el aislamiento son la norma para quienes cuidan. ‘Solas’ lo intuía en 1999, y lo hacía desde el cine con una delicadeza que no resta contundencia.
El personaje del vecino anciano introduce una grieta luminosa. Es un hombre necesitado, pero en la relación con la madre aparece algo distinto: la reciprocidad y el agradecimiento. Se cuidan mutuamente, comparten comida, palabras, compañía. Hay una escena final, no haré destripe a los lectores, en la que algo se repara y se abre una puerta. La película no promete finales felices, ofrece posibilidades, de esta forma nos recuerda que otra formar de estar juntos es imaginable.
‘Solas’ no nos pide compasión, nos pide responsabilidad con los otros y con quienes los cuidan. Porque al final una sociedad se mide por lo que hace con sus vidas más frágiles y por cómo sostiene a quienes la sostienen.

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Enlace de origen : 'Solas', la dignidad de sostener al otro