
Como un «humilde cuentacuentos». Así se presentó este domingo, sobre las tablas del Teatro Romea, el escritor murciano Jerónimo Tristante, pregonero este año de la … Semana Santa de Murcia. Parecía lógico, para alguien que se reconoce como un contador de historias, que su pregón girara precisamente en torno a un relato. Y optó Tristante por partir de su historia personal para mostrarla atravesada por la fuerza y la grandeza, tanto de la trayectoria de esta tierra como de una de sus manifestaciones culturales, sociales y patrimoniales más antiguas y arraigadas: la de su Pasión. «Porque tú, nazareno, eres un individuo que resulta insignificante ante un fenómeno de esta dimensión con siglos de historia», confesó.
Esta cura de humildad no hace, sin embargo, más que evocar la importancia y presencia que la Semana Santa ha tenido en la vida y recuerdos de un chaval de San Antolín, configurando en buena parte su identidad. Era ahí, en un piso de este castizo barrio, donde los Salmerón —no en vano, este es el primer apellido de Tristante— se preparaban cada Domingo de Ramos para lanzarse a la calle enfundados en sus túnicas verdes. «Nueve vistiéndose en un piso», apostillaba. Progenitores, hermanos, tíos y sobrinos apretando bien las cintas del buche para evitar que los caramelos se fueran al suelo.
Es la de la Esperanza su cofradía de toda la vida; aquella en la que empezó a desfilar a los 14 años y aquella a la que, tras años de desapego, volvió con su hija en 2018 para procesionar en la fila, reviviendo, a través de unos ojos infantiles, aquello que ya había sentido una vez. Era el barrio de San Pedro, aquel donde se ubicaba el negocio familiar, en el que Tristante descubrió la leche manchada de Barba, los pasteles de carne de Bonache o los «chamba» de la Ibense; allí donde la Semana Santa se le agarró para no soltarse ya nunca más.
Pero esta experiencia personal no es más que una manifestación de algo mucho más grande, como destacó el pregonero para, apoyado por las épicas marchas e himnos de la Agrupación Musical Sones de Pasión de Cieza y de la Coral Discantus, hacer, primero, un recorrido por los orígenes de una pasión particular: la de los murcianos. Apareció entonces, de lo particular a lo general, el Tristante historiador. Del propio nacimiento de Jerónimo a la devoción infantil; al de una Semana Santa con raíces en el siglo XIV, que emprendió su camino con unas formas casi teatrales como vehículo educativo para un pueblo analfabeto. De ahí se pasó a las imágenes articuladas y a las de cartón para acabar en la tradición imaginera.
Los gremios dieron entonces paso a las cofradías laborales y a las actuales, también como una forma de apoyo mutuo y a la sociedad, explica Tristante. Finalmente, el Romanticismo de finales del XIX hizo una relectura histórica de la tradición para que, en Murcia, la Pasión mirara al periodo de mayor esplendor de la ciudad: el del Barroco de Francisco Salzillo. «La Semana Santa se convierte en un igualador social donde participan la aristocracia, una potente burguesía y el pueblo llano», proclama Tristante, sin olvidar que todo fenómeno social y cultural se impregna en Murcia de su carácter afable, determinado por el paso de múltiples culturas —»somos mediterráneos, aquí no nos jactamos de no habernos mezclado con nadie»— y por su agradable climatología. Ni rigor castellano ni exaltación de la grandeza sevillana.
El caramelo como expresión de amor
Todo ello se acaba traduciendo, además, en su sentimiento de caridad y generosidad plasmado en un símbolo como es el del reparto del caramelo, prosigue el escritor. «Aquí, en la Pasión de Cristo, nos hemos quedado con su mensaje: el de dar amor». Y si Tristante hizo un camino de lo particular, su historia, a lo general, los orígenes e importancia de la Pasión, volvió a cerrar el foco para hacer un recorrido por sus 15 cofradías y 17 procesiones, cada una con sus rasgos distintivos y particularidades. Aludió así Tristante a la tradición barroca del Amparo, al que pone color la ronda de la tuna; también a la austeridad franciscana que los capuchinos impusieron al cortejo de la Fe y a la modernidad de la joven Caridad que, no obstante, basa su testimonio en el glorioso pasado.
Es la Esperanza, como ya había decantado Tristante, parte de su infancia y de su propio ser. Es la hermandad que le enseñó que los cofrades siempre luchan por reponerse, por ejemplo, ante la amenaza de la lluvia, el peor enemigo del nazareno. También mira al pregonero con cercanía El Perdón, cofradía y estación de penitencia del barrio que le vio nacer, el de la antigua Arrixaca Nueva, aquel en el que se hacinaron originariamente los mudéjares y que siempre ha estado a un paso del río y de la huerta.
Resiliencia mostró El Rescate, escapando de los daños que le dejó la Guerra Civil, y capacidad de resurgimiento el enigmático Cristo de la Salud, el más antiguo de la ciudad y que fue recuperado hace casi 70 años, aunando tradición y modernidad. De hecho, ello le dio pie para destacar heroísmos de todos los que han luchado por conservar el patrimonio artístico religioso, como el abuelo de su amiga Trini, que en la Guerra Civil ocultó al Nazareno en Librilla antes de huir a Marruecos, o los bomberos de Murcia, que durante la misma contienda salvaron a la Virgen de las Angustias.
Retomó la afabilidad huertana Tristante para hablar de la Sangre, que se incardina en el corazón de Murcia, ubicado, paradójicamente, más allá del río. «Una cofradía que supo acercar al arte religioso la sensibilidad de la calle, configurando una alternativa a Salzillo«. Silencio, humildad y oscuridad marcan el Jueves Santo con la Soledad y el Refugio, «que se salvó por estar en la sacristía de San Lorenzo». Irrumpió ahí la poderosa voz de Antonio Beteta, con una pasional interpretación del ‘Getsemaní’ de Jesucristo Superstar. Y a continuación, las primeras luces furtivas de la mañana sacan a la calle a los Salzillos, a los que los huertanos esperan en la plaza de San Agustín, prosigue el cuentacuentos.
Ya solo resta la noche de tristeza del Sábado Santo para que la gloria llegue de la mano del Resucitado en Santa Eulalia, por cuya puerta Jaime I entró en Murcia. Y esta llega de la mano de un Resucitado que venció al demonio que tanto asustaba al pequeño Jerónimo, ese mismo que se hace viejo y que espera que nazarenos como su hija tomen el testigo de la fe. «Soy nazareno desde que me alcanza el recuerdo», proclamó. Ahora, también es pregonero. «Para siempre, y pregonero me muero», concluyó Tristante, haciendo un guiño a Díaz Cassou y remarcando lo que un cofrade lleva esperando todo el año: escuchar el «¡Procesión, a la calle!». Historias de un cuentacuentos.

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