
Si usted se asoma este viernes tarde a la plaza de Belluga, notará que el aire pesa distinto, que tiene un regusto a historia de … la buena, de esa que se escribe con mayúsculas y se guarda en el arca de las cosas sagradas. Porque no es un febrero cualquiera, no señor.
Es el febrero cuando el tiempo se detienen para celebrar los 425 años de una devoción que forma parte, digan algunos lo que quieran, del ADN de cada murciano. Me refiero a la devoción que Murcia siempre le tuvo y le tiene a Nuestro Padre Jesús Nazareno y a la cofradía morá del mismo nombre.
Este jueves, curiosamente, traen a la Morenica desde su atalaya del monte cumpliendo con el rito antiguo de volver a su casa en Cuaresma. Y el destino, ciempre caprichoso, ha querido que este 2026 se encuentre con su Hijo. Aunque, en realidad, tampoco es tan excepcional si tiramos de historia.
Ya ha ocurrido en muchas ocasiones, pongo por caso aquél 5 de marzo de 2016 con motivo el Año Jubilar de la Misericordia. Desde que en marzo de 2020 estallara la pandemia del Covid, por citar otro, la Morenica permaneció en la Catedral. Hasta que retornó a su santuario en marzo de 2022. En aquella ocasión, también se cruzó en las calles murcianas con Nuestro Padre Jesús. Y también, por cierto, con el Cristo de la Salud y del Rescate, ahí es nada.
Este viernes por la tarde, a partir de las 18.30 horas, se repetirá la historia cuando las sombras empiecen a alargarse sobre la fachada de la Iglesia de Jesús, el portón se abrirá no para una mañana de Viernes Santo, sino para un traslado, una salida excepcional, que sabrá a aniversario y a gloria. Nuestro Padre Jesús Nazareno, el titular, el que tiene la mirada que todo lo consuela, cruzará el umbral para dirigirse a la Catedral. Allí llegará en torno a las 20.30 horas.
Se espera una concurrencia máxima. Ya lo decía con esa mezcla de asombro y devoción el gran José Martínez Tornel, cuando en las páginas de su Diario de Murcia sentenciaba aquello de que: «El Nazareno de Jesús es en Murcia más que una imagen; es una institución, es una familia, es una parte del alma colectiva que sale a la calle para recordarnos quiénes somos».
Y hoy, en pleno siglo XXI, esa frase cobra una vigencia que sorprende. Ver al Nazareno por las calles en febrero es un pellizco en el alma. Es ver la túnica morada recortarse contra un cielo que aún no es de primavera, pero que ya lo parece. Y lo hará rodeado de sus mayordomos, de esos nazarenos que custodian el tesoro más grande de la Plaza de San Agustín, para conmemorar que hace cuatro siglos y cuarto alguien decidió que esta ciudad necesitaba ese faro de fe.
Pero busquen, busquen el momento en que el Nazareno cruce el dintel de la Catedral. Allí, bajo las bóvedas góticas, se producirá el encuentro de los dos amores de Murcia. Por un lado, la Fuensanta; por otro, el llamado Protector de Murcia. De hecho, ambas imágenes han protagonizado decenas de rogativas para implorar que lloviera o que dejara de hacerlo, para espantar plagas y epidemias y en tantas otras trágicas situaciones,.
Como bien recordaba Tornel, «Murcia no tiene más que dos fechas en su corazón: cuando baja la Virgen y cuando sale el Nazareno».
El próximo sábado, de nuevo, la ciudad se echará de nuevo a la calle para escoltarlo de vuelta a su iglesia y museo, en otra procesión extraordinaria que pondrá el broche de oro a una efeméride histórica. Busquen el silencio cuando el trono vire en una esquina, busquen el brillo de los ojos de los viejos estantes que, a pesar de los años, siguen sintiendo el mismo escalofrío que el primer día. Murcia está de fiesta, porque su historia está viva. Y mientras el Nazareno camine, y la Morenica baje del monte, este rincón del mundo seguirá siendo, sin duda alguna, uno de los más hermosos de la tierra. Si no el más.

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Enlace de origen : El 'Protector de Murcia' vuelve a tomar las calles