Cada frase importa. Cada silencio se deshace en la cima de esa montaña nevada que atraviesa la garganta. Cada estribillo es un dedal que encaja … a la perfección, que ilumina como un faro las aguas turbulentas. Cada arreglo es un acto de coherencia, incluso cuando despunta en el paisaje del desconcierto. Cada pausa es un respiro rebelde, un poema de contención, un lienzo dispuesto. Cada arreón eléctrico es una revolución colectiva que resquebraja las distancias. Cada roce acústico es una proeza quieta y reconocible. Cada elemento de la puesta en escena convierte la minúscula en mayúscula. Cada canción, en el universo artístico de Nacho Vegas, y eso incluye, por supuesto, sus directos, es una copa alzada por la mala salud de hierro, la luna piadosa, la épica de la derrota, los versos reivindicativos, el hielo del abandono, el calor de los afectos, la honestidad que desarma y sangra, la lágrima en el eclipse, el aleteo de las páginas en blanco, la vigencia de una resurrección constante de las orillas en otoño, de los susurros como remolinos de viento que atraviesan murallas, de la belleza incandescente. Cada concierto de Nacho Vegas, y eso incluye, por supuesto, el celebrado el pasado viernes en el Teatro Romea de Murcia, estupenda elección de recinto, es una experiencia que marca con la fiereza de las heridas, cicatrices, revanchas y vivencias que lo motivan, lo cuentan, le dan pleno sentido y aseguran el choque.
Alejada por completo del concepto de festejo de una trayectoria, anzuelo en el que perfectamente podría haber picado un artista con más de veinte años de sobresaliente carrera, la cita con el maestro asturiano estuvo marcada por ‘Vidas semipreciosas’, su último y fabuloso disco. Desde la apertura con ‘Alivio’, elegantísima composición en la que conviven felizmente las influencias de Nick Cave y Neil Hannon, Vegas centró la mirada en un presente engrandecido con piezas tan inspiradas como el alegre homenaje materno de ‘Fíu’ («Si me preguntáis quién soy, jamás diré soy un artista; soy hijo de Cristina Vegas, antifascista»), ‘Mi pequeña bestia’ o ‘Tiempo de lobos’. Mención aparte para ‘Los asombros’ y ‘Deslenguarte’, canciones que han nacido con la condición de clásicos de su autor.
De texturas palpitantes, estos temas sonaron con precisión cristalina gracias a un Vegas plenamente asentado en su condición de crooner juguetón, dramatismos facilones para quien los quiera, y la complicidad de una banda mimetizada con el repertorio y sus correspondientes necesidad y exigencias.
Así, con una atmósfera afianzada que reforzaba el aliento nocturno que esperaba al otro lado de las paredes, el concierto dejó también otros momentos para el recuerdo al echar la vista atrás. En ese sentido, lo más lejos en el tiempo que viajaron Vegas y los suyos fue hasta ‘La plaza de la Soledá’, única joya rescatada de ‘Cajas de música difíciles de parar’ (2003), su gran obra maestra, pero también se realizaron estupendas visitas a discos como ‘Desaparezca aquí’ (2005) con la irresistible ‘Nuevos planes, idénticas estrategias’; ‘El manifiesto desastre’ (2005) con ‘Crujidos’ y la excelsa ‘Morir o matar’; o ‘La zona sucia’ (2011) con ‘La gran broma final’, himno que fue recibido con el entusiasmo que se merece. Más cercanas en el calendario encontramos las paradas en ‘Violética’ (2018) con ese castillo distorsionado titulado ‘A ver la ballena’ y la hermosa ‘Ser árbol’; y ‘Mundos inmóviles derrumbándose’ (2023) con ‘El don de la ternura’, monumento a la sensibilidad.
Andrés Molina / AGM
Asimismo, como inesperado regalo, la versión de ‘Bravo’, brutal composición (en fondo y forma) del mexicano Luis Demetrio, encogió el pecho con su tenso desgarro y su liberada rabia. Tremendo. Y, como incontestable cima emocional y musical de la noche, ‘La pena y la nada’, de su más que reivindicable disco ‘El tiempo de las cerezas’, firmado junto a Enrique Bunbury en 2006, ejerciendo de prodigioso cierre con la aparición estelar del batería local César Verdú (León Benavente). Y el coro cantó: «Me clavaste ambos ojos y aún recuerdo tu voz. La vida es parte buscar placer y parte hallar dolor». En ese rastreo, en esa aventura imposible del día a día, conciertos y repertorios como los de Nacho Vegas son los que decantan la balanza a favor del ambicioso plan de sobrevivir. Entre inevitables tormentas y ruidosas ventiscas, sí, pero a favor.
Límite de sesiones alcanzadas
El acceso al contenido Premium está abierto por cortesía del establecimiento donde te encuentras, pero ahora mismo hay demasiados usuarios conectados a las vez.
Por favor, inténtalo pasados unos minutos.
Sesión cerrada
Al iniciar sesión desde un dispositivo distinto, por seguridad, se cerró la última sesión en este.
Para continuar disfrutando de su suscripción digital, inicie sesión en este dispositivo.
Este contenido es exclusivo para suscriptores
¿Tienes una suscripción? Inicia sesión

Soy William Abrego, me uní como ejecutivo de SEO y me abrí camino hasta el puesto de Gerente Asociado de Marketing Digital en 5 años en Prudour Pvt. Ltd. Tengo un conocimiento profundo de SEO en la página y fuera de la página, así como herramientas de marketing de contenido y diferentes estrategias de SEO para promover informes de investigación de mercado y monitorear el tráfico del sitio web, los resultados de búsqueda y el desarrollo de estrategias. Creo que soy el candidato adecuado para este perfil ya que tengo las habilidades y experiencia requeridas.
Enlace de origen : El placer y el dolor de Nacho Vegas