El placer y el dolor de Nacho Vegas

El placer y el dolor de Nacho Vegas

Sábado, 28 de febrero 2026

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Cada frase importa. Cada silencio se deshace en la cima de esa montaña nevada que atraviesa la garganta. Cada estribillo es un dedal que encaja a la perfección, que ilumina como un faro las aguas turbulentas. Cada arreglo es un acto de coherencia, incluso cuando despunta en el paisaje del desconcierto. Cada pausa es un respiro rebelde, un poema de contención, un lienzo dispuesto. Cada arreón eléctrico es una revolución colectiva que resquebraja las distancias. Cada roce acústico es una proeza quieta y reconocible. Cada elemento de la puesta en escena convierte la minúscula en mayúscula. Cada canción, en el universo artístico de Nacho Vegas, y eso incluye, por supuesto, sus directos, es una copa alzada por la mala salud de hierro, la luna piadosa, la épica de la derrota, los versos reivindicativos, el hielo del abandono, el calor de los afectos, la honestidad que desarma y sangra, la lágrima en el eclipse, el aleteo de las páginas en blanco, la vigencia de una resurrección constante de las orillas en otoño, de los susurros como remolinos de viento que atraviesan murallas, de la belleza incandescente. Cada concierto de Nacho Vegas, y eso incluye, por supuesto, el celebrado el pasado viernes en el Teatro Romea de Murcia, estupenda elección de recinto, es una experiencia que marca con la fiereza de las heridas, cicatrices, revanchas y vivencias que lo motivan, lo cuentan, le dan pleno sentido y aseguran el choque.

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