Alfonso Grandal López (Cartagena, 1953), ejerció la docencia en el Aula de Magisterio que se abrió en nuestra ciudad a comienzos de los años 80, … teniendo ubicación en el edificio de La Milagrosa, hoy sede del rectorado de la UPCT. Una iniciativa de los propios profesores que en ese momento no tenían empleo, que contó con el respaldo de los padres y madres del alumnado y con el apoyo económico del Ayuntamiento de Cartagena. Alfonso elaboró por aquel tiempo una publicación que contenía propuestas de excursiones didácticas por la comarca, pensando en alumnos de Educación Primaria. Un material que se puede encontrar en el Archivo Municipal. Precisamente en ese archivo entró como becario y, mediante estudio, obtuvo la plaza de funcionario, aunque no culminó la tesis doctoral que versaba sobre el funcionamiento del Concejo (Ayuntamiento) a lo largo del siglo XVI y en menor medida el XVII. Del periodo le llama la atención las descripciones de los paisajes que recogen los documentos, presentando una zona no tan árida como a priori podemos suponer, pues existían formaciones vegetales como el espino negro, palmito, lentisco, acebuche, carrascas y pinadas densas. Los cultivos adaptados al secano ya estaban desde la época árabe. Hablamos de almendros, olivos, algarrobos, higueras, viñas y campos de trigo y cebada. En el siglo XVIII se apreciaban plantas procedentes de América como las piteras o alzabaras y las chumberas o palas. De todo ello ha escrito junto a su esposa María del Carmen Zamora, profesora de Geografía e Historia.
Las aportaciones de la Lingüística a la Historia han ocupado espacio principal en sus pesquisas a la búsqueda del origen del seseo, proponiendo que tal vez arraigara debido al seseo que compartieron, aunque con matices, tanto los catalano parlantes asentados tras la conquista cristiana, como los andaluces y otros forasteros llegados desde diversos lugares. Precisamente uno de sus trabajos más seguidos ha sido el titulado ‘Cuando en Cartagena se hablaba catalán’ y del que nos hicimos eco en esta sección hace años. Las huellas de aquel catalán han quedado en el vocabulario actual y en la toponimia, aspecto último en el que reconoce el magisterio de Robert Pocklington. Un ejemplo toponímico que nos expone es Cabo Tiñoso, que hasta el siglo XVIII aparece en los documentos escritos como ‘Castil Tiñós’, probablemente adaptación, primero catalana y luego castellana, de un mozárabe ‘Cabtil Tiñós’, que se traduce, precisamente, como Cabo Tiñoso.
Carta de aviso de una epidemia originada en Italia.
Años duros
En el año 1500, Cartagena apenas llegaba a los 1.500 habitantes, si bien en el año 1381 eran como máximo 800 habitantes. Un pueblo pequeño que vivía agrupado en las inmediaciones del castillo. Me habla de la problemática muralla que guardaba la ciudad, en su mayor parte edificada de tierra, indicándose en los textos la prohibición de que el ganado pasara por ella pues «se la llevaban en las patas». Tan solo los baluartes y algunas partes estaban construidas con sillares. Los ricos se enterraban en las iglesias, pero el común lo era en el cementerio de San Miguel, en la calle del mismo nombre, junto a Santa María la Nueva. Un cementerio en estado lamentable, teniendo que prohibirse el paso de los cerdos por allí debido a que se comían los cadáveres. Un panorama desolador con una población diezmada como consecuencia de las sucesivas epidemias, al que debemos de sumar el mal estado de muchas de las calles, atravesadas por barrancos debido a las lluvias, tanto que no se podía pasar ni a caballo. Sólo las principales estaban empedradas. Se supone que una minoría privilegiada de mercaderes residían en viviendas dignas de ese nombre, entre los que se hallaban los procedentes de Génova, de otros lugares de la península itálica; o de tierras galas.
El puerto, debido a su interés comercial y militar, ha salvado a Cartagena de la desaparición, aún en estas épocas tan críticas. En este punto me habla de su viaje a Bretaña, en concreto a Saint Maló, de donde procedía un personaje singular como fue Julián Junjé, quien desarrolló una importante actividad industrial con la instalación de jabonerías que dieron nombre a la conocida calle. Sumado a su flota de navíos, fueron factores que le auparon a obtener un puesto en el Concejo y, como noble que era, le posibilitó acceder al cargo de capitán de milicias concejiles, compuestas por los vecinos obligados a contribuir con sus armas a la defensa de la comunidad local, sobre todo evitando el problema de los ataques de la piratería. No todos acudían al toque a rebato a cada una de las plazas asignadas frente a cada puerta de la muralla, bien por falta de espíritu combativo o por hallarse laborando en el campo.
Una de las inquietudes de Grandal ha sido dejar clara la distinción entre piratería y corsarismo, que a veces se confunden. Los primeros se dedican a robar y saquear barcos mercantes y a esclavizar a estos marineros o a los habitantes de la costa. Como por otra parte hacían los nuestros en campo contrario. Los segundos realizan esa misma actividad pero con la autorización de un gobierno. Hablamos de una guerra de baja intensidad entre las dos orillas del Mediterráneo, acción espoleada por la lucha entre los imperios español y turco otomano. Se daba la presencia paradójica en nuestra tierra de trabajadores inmigrantes argelinos que se ganaban la vida con su trabajo, llamados moros de paz para así distinguirlos de los moros que guerreaban. Desde el siglo XVI irá aumentando el número de personas establecidas en el medio rural, acrecentado en centurias posteriores, que harán crecer la superficie cultivada de trigo, vid, frutales y barrilla.
Ha recibido propuestas para ampliar con actualizaciones su excelente libro de síntesis general ‘Historia de Cartagena para principiantes’, aunque resulta empresa nada fácil ya que en los últimos años se ha avanzado mucho en el conocimiento histórico, debido a numerosos trabajos de investigación que abarcan desde la antigüedad hasta la contemporaneidad.

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