Muere Lobo Antunes, explorador de los abismos de la memoria

Muere Lobo Antunes, explorador de los abismos de la memoria

Jueves, 5 de marzo 2026, 11:00

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Para António Lobo Antunes escribir era «regatear a la muerte». También «mostrar indignación contra la injusticia y la estupidez». Pero este jueves fue la parca quien hizo el regate definitivo al penúltimo gigante de la letras portuguesas. Implacable explorador de los abismos de la memoria y el alma, deja este mundo a los 83 años y sin un merecido premio Nobel de Literatura que acabó desdeñando. Su legado son casi medio centenar de exigentes novelas en las que el exmilitar y psiquiatra remonta los meandros de la naturaleza humana como Conrad los del río Congo.

«La fidelidad al honor de estar vivo es lo único que importa. Si uno consigue reírse de la muerte, no está mal», decía un Lobo Antunes que había superado tres cánceres y llevaba varios años retirado y batallando contra la desmemoria. La vida no se lo puso fácil, perdió un hijo y fracasó en su matrimonio.

Sin «ninguna certeza» y «muchas dudas», ponía a prueba al lector con sus monólogos de voces nebulosas y tiempos cruzados. Trataba de detectar las contradicciones del alma humana hurgando en la ternura, la sordidez, el amor, la violencia y sobre todo en la muerte.

Narrador de insólita hondura, se presentaba como «un hombre común» que satirizaba a los escritores iluminados. Afirmaba haber logrado su singular voz narrativa «escribiendo contra los escritores que admiro». Entre ellos no estaba José Saramago, último Nobel portugués con quien Lobo Antunes rivalizó.  Desdeñaba tanto la literatura del autor de ‘La balsa de piedra’ como su militancia en el comunismo de corbata.

«Nunca sé lo que voy a escribir y eso es bueno. La primera versión es un magma de palabras del que hay que quitar las metáforas, las imágenes y las frases bonitas, que son malas para la eficacia, que es lo primordial», explicaba a COLPISA en un eficiente español en una de sus visitas a España. «Los libros que se tienen en la cabeza son malos. Se hacen con las palabras» agregaba.

En sus novelas, lo menos relevante es la historia. Invitaba al lector a una profunda búsqueda de lo más esquivo del ser humano y de lo inefable, lo que no se puede decir. «Un buen libro es aquel en el que lees las palabras que no están en el libro», repetía un narrador que renunció al punto y seguido y las letras capitulares. Solo un punto coronaba cada capítulo y el final del libro.  

«Hay que sacrificar las tentaciones narcisistas que te llevan a demostrar que eres inteligente y capaz de grandes piruetas técnicas. Hay que sacudir el árbol y saber que todo lo que cae no es importante para la novela» afirmaba presentándose como «un hombre común que se pregunta de dónde viene la fuerza creadora» sabiendo que «no es un mérito propio». «Un escritor -aseguraba- no debe ser un idiota iluminado. El problema no es escribir, es corregir».

 Lágrimas de guerra

Nació  António Lobo Antunesen el barrio lisboeta de Benfica el 1 de septiembre de 1942,  en el seno una familia de la alta burguesía portuguesa. Tras estudiar Medicina -como si tiránico padre- y especializarse en psiquiatría, sirvió como oficial en el ejército portugués durante la guerra de Angola, entre 1971 y 1973. Volcaría en su narrativa la brutal experiencia bélica y sus sentimientos reprimidos. «Nunca lloré en la guerra ni ante la muerte de mis seres queridos pero he llorado escribiendo», contó. «La guerra es un error formidable. Todo es horrible» aseguraba al presentar ‘Buenas tardes a las cosas de aquí abajo’ evocando cómo «nos mataba un enemigo invisible y nosotros matando en las aldeas a niños, mujeres y adultos». Entonces nació en él una perdurable fobia a la violencia. «Soy incapaz de coger una pistola. Sólo la idea me repele» dijo cuando ya había abandonado la psiquiatría para dedicarse a la literatura.

Dedicaba cada día dieciséis horas a escribir y corregía hasta la saciedad, pero le costaba dar razones de su empeño. «Apenas sé que si no escribo me siento culpable», decía. «Con cada nuevo libro trato de recuperar cierta virginidad en la mirada, aquella que tenía al leer a Salgari» afirmó.

La academia sueca de negó su premio -«¡Que se joda el Nobel!», llegó a decir- pero fue reconocido pronto con el Camões, el Cervantes en lengua portuguesa. También ganó el premio de Literatura Europea del Estado austríaco, el Jerusalén en 2004 y el FIL de Literatura en Lenguas Romances en 2008.

‘Memoria de elefante’ (1979) fue el inicio de una larga carrera jalonada de títulos tan extraños como seductores que culminó con ‘El tamaño del mundo’ (2022) y ‘La última puerta antes de la noche’ (2025) inspirada en un crimen real.  

Entre ellas alumbró obras siempre complejas como ‘En el culo del mundo’ (1979), ‘Conocimiento del infierno’ (1981), ‘Fado Alexandrino’ (1983), ‘Tratado de las pasiones del alma’ (1990), ‘El retorno de las Caravelas’ (1990), ‘La muerte de Carlos Gardel’ (1994), ‘Esplendor de Portugal’ (1997), ‘Exhortación a los cocodrilos’ (2000), ‘No entres tan deprisa en esa noche oscura’ (2001), ‘Buenas tardes a las cosas de aquí abajo’ (2004), pYo he de amar una piedra’ (2005), ‘Ayer no te vi en Babilonia’ (2007), ‘Conocimiento del infierno’ (2008), ‘Mi nombre es Legión’ (2009), ‘El archipiélago del insomnio’ (2010), ‘¿Qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar?’ (2012), ‘Tercer libro de crónicas’ (2013), ‘Sobre los ríos que van’ (2014) y ‘Comisión de las lágrimas’ (2015).   Traducida a todas las grandes lenguas, su obra está en la Biblioteca de la Pléyade, un raro privilegio para escritores de lengua no francesa, como Marui Vargas Llosa.

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