Cuando los primeros proyectiles del ataque de Estados Unidos e Israel sacudieron el centro de Teherán, el yeclano Javier Hernández, que reside allí desde hace … más de once años, se encontraba preparando la clase que debía impartir al día siguiente en la universidad. Un minuto después, ya no había clases, ni planes para mañana.
Javier, iranólogo y profesor de lengua y literatura persa en la Universidad de Teherán, es uno de los 22 españoles que el Ministerio de Exteriores logró evacuar de Irán el pasado miércoles, en una compleja operación que requirió recorrer más de 500 kilómetros por carretera en un país lleno de controles militares y sometido a bombardeos constantes, atravesar la frontera con Azerbaiyán y volar desde Bakú a Estambul y, de ahí, a Madrid.
La primera reacción ante el estruendo que paralizó el país e hizo crujir los cimientos de su casa, que se sitúa apenas a un kilómetro del complejo residencial donde la aviación israelí acabó con la vida del líder supremo iraní Ali Jamenei, fue estirar las manos para tocar el tabique. «Estoy escribiendo y siento que tiemblan las paredes de toda la casa. Al principio creo que es un terremoto, pero tras unos instantes empiezo a pensar que puede ser un ataque aéreo, que son misiles».
En cuanto las detonaciones cesan, Javier sale a la terraza. Quiere ver qué está pasando. La altura de su vivienda, un sexto piso en pleno centro, le permite tener una buena perspectiva de la capital iraní. «Ahí veo que está toda la calle alborotada, que está la gente mirando al cielo y, al fondo, una columna de humo elevándose desde la residencia del líder supremo, muy cerca de mi casa. Es entonces cuando todos tomamos conciencia de lo que está pasando».
Ataques simultáneos
Asustado, baja a la calle. Allí, el dueño de la cafetería de enfrente está recibiendo por teléfono una noticia que multiplica de inmediato la preocupación. «Él estaba hablando con su familia, que le iba relatando que habían bombardeado una zona que era ‘vox populi’ que era la sede del Ministerio de Información, es decir, de Inteligencia, y que está al otro lado de la ciudad. Así supimos que se habían bombardeado varios lugares de forma simultánea».
Javier ya sabe entonces lo que debe venir a continuación, si la situación y la suerte lo permiten: la llamada de la embajada española para interesarse por él y ofrecerle protección, la pregunta de si está dispuesto a salir del país; el tenso traslado a un lugar seguro y, finalmente, la evacuación de emergencia hasta España.
Por excepcional que pueda parecer que la ciudad donde vives pueda convertirse en escenario bélico, es la segunda vez que Javier vive algo así en menos de un año.
La primera fue a principios de verano, cuando otra ofensiva de Israel, la conocida como Guerra de los Doce Días, le obligó a dejar el país con lo puesto. Aunque esta vez, reconoce, el sonido de las explosiones era «muy distinto». «Entonces eran ataques con drones. En esta ocasión estamos hablando de bombas y de misiles. Puedes notar la diferencia».
Javier, en una visita al Parlamento Antiguo de Irán, en Teherán, bombardeado hace unos días, y en un restaurante de la capital iraní.
Desde aquel episodio, tenía unas maletas preparadas «por si pasaba algo». «Cogí lo imprescindible, algunos libros, la documentación, y llamé a unos amigos, un grupo de poetas y actores iraníes».
El plan estaba hablado de antemano, «habíamos acordado dónde irnos y dónde juntarnos si pasaba algo», una casa más discreta y alejada de los grandes edificios administrativos y objetivos militares. La vivienda de Javier, justo enfrente de la Compañía de Gas y a una calle del Ministerio del Petróleo, está en zona de riesgo.
Son días extraños, en los que mantiene contacto diario con la embajada, y noches en que no hay forma de conciliar un sueño que las explosiones pueden romper en cualquier momento. Sin embargo, las rutinas van encajando en los huecos de la guerra. «Los bombardeos eran por la mañana, y a partir de la una o así, hasta las seis, cesaban –relata el iranólogo–. En ese tiempo, aprovechábamos para salir a hacer compras e incluso para pasear un poco, aunque no era muy recomendable, porque nunca se sabe lo que puede pasar».
Cuatro días después de salir de casa, Javier recibe la llamada personal de Antonio Sánchez-Benedito, el embajador de España en Irán, que le informa de que hay un dispositivo preparado para salir del país. «Los planes de evacuación no se pueden programar con tiempo», apunta ya a salvo en Madrid. «No puedes decir ‘la semana que viene evacuamos’. Todo surge en un momento para dentro de unas horas».
Unos amigos lo acercan en coche a la residencia del embajador, donde le explican que el plan puede ser abortado «en cualquier momento». Le cuentan que acaba de ocurrirle a un convoy francés que trataba de trasladar a varios ciudadanos a su país y que se vio detenido por las autoridades iraníes.
Javier y el resto de españoles evacuados salen finalmente el miércoles en tres autobuses en dirección al norte. Dos vehículos con pasajeros y otro más de repuesto, por si alguno de los otros falla. «Afortunadamente no nos encontramos con ningún control», afirma.
Tras cruzar la frontera, el grupo se reúne con una representación diplomática española y reemprende la marcha por carretera hasta la capital, Bakú. Allí espera un avión fletado por el Ministerio con destino a Turquía. Una vez en Estambul, los españoles se distribuyen en varios aviones para partir a Madrid.
Javier, que este viernes seguía alojado en casa de unos amigos en la capital de España, se desplazará en breve a su Yecla natal, donde le espera su familia.
Intereses oscuros
«Lo que más me preocupa ahora es que todo esto se solucione, porque el pueblo iraní no se merece esta situación», dice indignado. «Esta es una guerra que responde a intereses bastante oscuros. No es una guerra para cambiar de régimen. No se ha atacado el país para eso, sino para devastarlo y aniquilarlo como potencia regional que es», defiende. «El pueblo iraní es muy culto, está muy preparado y está sufriendo de forma injusta. Están acabando con la infraestructura del país. Se están bombardeando hasta comisarías locales de barrio, no sabemos para qué, si es para que cunda la anarquía».
Ahora, no puede hacer otra cosa que esperar. No hay certezas ni cuenta tampoco con comunicación con Irán. «Internet ahora no está abierto. Whatsapp no funciona. Solo hay una red nacional donde funcionan las aplicaciones iraníes», lamenta.
La única información que le llega de allí viaja a través de los medios de comunicación y de algún escueto SMS, como el que ha recibido estos días de un vecino. Solo quería contarle que su casa seguía bien.

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Enlace de origen : Las dos evacuaciones de Irán del yeclano Javier Hernández: «Pensé que era un terremoto, pero eran misiles»