Y en las … calles se escuchan voces de fiesta
(José María Galiana)
Las botas de cordoneras amarillas eran mis preferidas. No recuerdo la marca, pero sí cómo las encajaba en las madericas de la silla, en tercera fila, junto al Jardín de Floridablanca, para elevarme sobre la multitud de cabezas y brazos, bolsas y gritos, ojos que brillan y fuego muy cerca. La luz amarilla de las farolas gigantes le daba a todo un toque de película. A veces, todo se paraba como en cámara lenta. O así lo recuerdo. Mi padre, con su barba negra y sus gafas de pasta, levantaba los brazos detrás de mí. Alcanzaba un poco más arriba, subido en la silla, haciendo fuerza con los tobillos sobre las barras de madera, aún podía ponerme de puntillas y llegar un poco más alto. ¡Mi balón! ¡Mi balón! Gritaba, desde la primera carroza.
Los niños murcianos que hemos cogido un balón en alguno de los 175 Entierros de la Sardina sabemos lo que hay
Cuando un sardinero de Momo conectó y decidió en aquel segundo lanzarme el balón blanco con letras de Cajamurcia yo ya sabía que iba a cogerlo. Se crea una línea de fuerza única que es irrompible y está hecha de confianza, alegría, generosidad y fuerza, y el balón la sigue rotando sobre sí mismo, atravesando como una flecha la noche, la luz tenue de las farolas, el mar de brazos y bolsas, hasta que llega a tu círculo. La silla desvencijada se eleva unos centímetros del suelo mientras saltas con los tobillos agarrados y elevas las manos abiertas impulsado por el centro del alma, hasta cerrar y sentir el tacto del plástico suave y frío del balón en tus manos. Lo embolsas como un portero en un córner y acercas tu cara a él como si tuviera vida propia y pudieras abrazar esa sensación única murciana que, con el primer balón, es pura como la huerta. Es la alegría de un gol. La misma. La del abrazo de un amigo. La de un vínculo familiar.
Mi balón. Sencillo gesto. Enorme transcendencia intranscendente. ¿No es esto la esencia de la felicidad en las pequeñas cosas? Más allá de todo lo demás los niños murcianos que hemos cogido un balón en alguno de los 175 Entierros de la Sardina sabemos lo que hay. Esa conexión, que también he podido sentir como sardinero desde una carroza, es patrimonio inmaterial de Murcia, no del mundo, porque no podrá pasar en ningún otro sitio como ha pasado aquí durante casi dos siglos, el día en el que enterramos la sardina quienes lo hacemos en su momento justo, cuando celebramos la Primavera, y que somos de Murcia, esa tierra donde se disfruta más compartiendo que con cualquier otra cosa. Felices días vienen. A por ellos. Vale.

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