La pregunta de la mujer se impone entre el barullo tabernero poco antes de las dos de la tarde: «Pero… ¿por qué se llama esto Los Zagales si está todo lleno de zagalas?». En la barra solo hay camareras, ciertamente, y una de ellas responde algo entre dientes con cara de pocos amigos mientras canta varias comandas, saca varios platos de la cocina y se ocupa de un par de raciones que dormían el sueño de los justos. No son las dos de la tarde y ya no quedan mesas disponibles en el comedor para los clientes que se acercan a comer a esta taberna del centro de Murcia, junto a la Catedral.
Agarra la pregunta por los cuernos Carmen Bastida, licenciada en Ciencias Ambientales y junto a su hermana Victoria -licenciada en Filo, representa la cuarta generación de hosteleros al frente de este bar, cuyas riendas tomaron hace varios lustros: «el nombre de los zagales viene porque mi bisabuelo -José Bernal-, que fundó el bar, dejaba a mi abuelo Ramón y a su hermano Asensio atendiendo a los clientes. Tenían 15 y 10 años. Y la gente que acudía a comprar al mercado en la Plaza del Ayuntamiento, cuando terminaba los recados, decía: «vamos a tomar algo donde los zagales». Porque, en realidad, el establecimiento original se llamaba La Sucursal de la Cosechera. Pero con Los Zagales se quedó ‘per secula seculorum’.
Cien años después, las ‘zagalas’ que dirigen Los Zagales ni se plantean feminizar el nombre de una tasca que es uno de los buques insignia de la gastronomía murciana, y que cumple un siglo de vida con mejor salud que nunca. Tal y como escribía en este periódico el cronista oficial de Murcia Antonio Botías, hace solo unos meses, «por Los Zagales han pasado cien años de historia y de historias, de gentes cuya posición social se igualaba a pie de barra junto a toneles y tapas con alma de huerta. Y lo mejor es que, pese al paso del tiempo, todo sigue oliendo a autenticidad. No hay decoración de postureo ni modernidad impostada: solo fotografías antiguas, barricas y ese ambiente de charla pausada que ya casi no se encuentra». Así sigue siendo y así seguirá siendo gracias a la fidelidad que la clientela de Los Zagales ha transmido de padres y abuelos a hijos y nietos. Aquí son habituales tanto familias enteras como grupos de jóvenes universitarios que se hacen hueco entre los más veteranos del lugar. Por supuesto, con sus irrenunciables chatos de vino de Jumilla acompañando el bacalao rebozado -cuyo consumo se multiplica en Cuaresma- y lo que se tercie. Cada uno tiene aquí su debilidad particular. Carmen, por ejemplo, es una incondicional de la sangre frita y las acelgas con sardinas.
Morcón con nostalgia
«Ponme un poco de morcón, que lo he visto y me ha dado antojo». Lola, profesora de Secundaria jubilada hace unos días, celebra la vida conu n embutido murciano un interminable carrusel de tapas. Activa el micrófono del teléfono y envía un audio por WhatsApp: «Estoy aquí en los zagales y os echo de menos». Morcón con guarnición de nostalgia. El plato de Lola, ya vacío de Morcón, deja espacio a dos turistas canarios que preguntan por la tapa estrella de la Región. «¿Qué es una marinera?». No hace falta indagar sobre las veces que han estado en Murcia. «Hemos pasado por la puerta del bar y hemos entrado porque nos ha llamado la atención. A ver qué se come». Bienvenidos a la gastronomía de la Región.
«La fiesta por el centenario la celebramos todos los días con nuestros clientes», apunta la bisnieta del fundador
Muy pocas cosas han cambiado entre estas cuatro paredes en las últimas décadas. Además del letrero principal sobre la entrada, que se ha renovado este año porque ya le hacía falta «una manita», pero manteniendo la esencia, otra de esas cosas contadas que han evolucionado con el paso del tiempo aquí es, por ejemplo, la nacionalidad de los trabajadores. Perdón, trabajadoras. «Ensaladilla rusa sobre rosquilla de pan y anchoa por encima. Se puede cambiar la anchoa por boquerón, o no poner nada y dejar solo la ensaladilla con la rosquilla», explica María, de Ucrania, que lleva trabajando en Los Zagales unos cuatro años. «Con boquerón, la tapa se llama marinero, sin anchoa ni boquerón: bicicleta», completa Lola la lección de primero de murciano a los turistas canarios, que ojean una carta repleta de tentaciones desconocidas para ellos: caballitos, matrimonios, michirones, zarangollo, paparajotes, zagalicos (panecillos rellenos)…
Tienen una ardua misión culinaria por delante los forasteros, si las fotos de las paredes se lo permiten, claro. Porque esa es otra historia. O se ven las fotos -de fútbol y toros en su mayoría, la dos grandes pasiones del padre y el abuelo Bastida- o se come. Porque las dos cosas a la vez es harto complicado si uno quiere salir de aquí antes de la hora de la merienda. Que tampoco se puede, porque a las cuatro de la tarde no se sirve una caña más. Que vivir hay que vivir, sobre todo siendo madres de familia como Carmen y Victoria. «Tres hijos tengo. ¿Tiempo libre? ¿Pero para mí, dice? ¡Nada!», zanja la mayor de las hermanas, que tienen claro que «buen producto y buena atención al cliente» son las claves del éxito de la supervivencia de un negocio de restauración. Al menos, en esta taberna que sobrevive al paso del tiempo junto a un puñado de referencias indispensables de la capital, como Luis de Rosario y El Garrampón, que también han superado los cien años de vida en los últimos meses.
«¿Fiesta? No tenemos pensado una gran fiesta en particular. Ya celebramos todos los días con nuestros clientes», deja claro Carmen Bastida. Quedan nuevemeses de jolgorio. Otras dos empanadillas, por favor.
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Enlace de origen : El bar Los Zagales, un siglo con la tradición murciana por bandera