Los recuerdos idealizados de la infancia, el amor, la muerte, la liturgia, el consuelo, la inspiración y la nostalgia fueron algunos de los conceptos con los que el escritor, profesor y columnista del diario LA VERDAD, Pepe Pérez-Muelas, construyó, como un bordado puntillista, el pregón de la Semana Santa, que pronunció este viernes en la antigua colegiata de San Patricio. En la solemnidad del altar mayor, escoltado por las seis banderas de las cofradías y por la enseña de Lorca, Pérez- Muelas inició su discurso regresando a su niñez. Se imaginó de la mano de su padre el sábado de Salve a la Virgen de los Dolores, del Paso Azul, con las velas encendidas en el carrerón de San Francisco para hallar en ese rito iniciático «el camino de regreso a la luz», como tituló su discurso.
Hizo referencia al dolor de la distancia en la Semana Santa de Sevilla, ciudad en la que reside, añorando la de Lorca, recordando «el temblor de pies al paso de las cuadrigas, las manos curtidas de los caballistas y el rocío de las flores derramándose por el trono». Habló del temor por la lluvia, a que «no hay imagen más dolorosa que un paraguas abierto en la Corredera a las cinco de la tarde, en Viernes Santo», presagio de que no habrá procesión.
Recordó que «aquí la Biblia echa a andar y sale de sus versículos para catequizar al pueblo sediento de fábulas»
Alabó al director artístico más importante que ha tenido el Paso Azul, Francisco Cayuela, al que dijo «le debo el conocimiento de la historia y de la Pasión» a través del «manto azul» que ideó para la Virgen de los Dolores, y que es una alegoría de la pasión de Jesucristo. Cayuela «es el origen de este mundo particular que nace un Viernes de Dolores y se extingue el Domingo de Resurrección». Se detuvo en «el milagro de la seda, que vuelve cada vez que una mujer se sienta al costado de un bastidor». Lorca «existe porque se borda, existe porque las mujeres hicieron de este oficio un arma contra la soledad. Bordar la vida para luchar contra el olvido».
«Contar historias, me dedico a eso. Escribo historias porque la Semana Santa de Lorca respira esa esencia narrativa. Mi cometido es narrar la vida y nadie la cuenta como los habitantes de esta ciudad», dijo emocionado el escritor, que recordó que aquí «la Biblia echa a andar y sale de sus versículos para catequizar al pueblo sediento de fábulas».
Pérez-Muelas invocó a los héroes que campean por las suntuosas procesiones lorquinas y que interpelan al espectador sobre la arena. Y también reflexionó sobre el concepto de la muerte, que planea sobre todo ese auto sacramental. Lo hizo con el trasunto del caso real de una niña de su infancia que murió en pleno Viernes Santo y la salida en procesión del Cristo Yacente de Planes: «Un día seré un muerto y sabré guiarme por el olor de los lirios y por el ruido seco de los tambores».
No olvidó en su relato la destrucción de las imágenes religiosas y de las iglesias de Lorca el 14 de agosto de 1936, durante la Guerra Civil por parte de los anarquistas. La Virgen de la Amargura, de Salzillo, fue «arrastrada por las calles», de la Dolorosa solo encontraron «un hueco en el altar, la ausencia de una Virgen desaparecida, escondida en las entrañas de una ciudad que no ha olvidado el dolor». Solo el Resucitado sobrevive, «por el puño en alto, porque a un Cristo alegre no se lo ejecuta, por si existiera el Juicio Final».
Aparcar la rivalidad
Se dirigió a los presidentes de los pasos Blanco y Azul, Ramón Mateos y Miguel Ángel Peña, para pedirles que se produzca el «encuentro anhelado entre dos madres», la Virgen de la Amargura y la Virgen de los Dolores en la calle Floridablanca en la noche del Viernes Santo, después de la procesión y antes de la recogida. Deseó ver ese epílogo soñado: «la distancia que se acorta entre las dos vírgenes, y sentir que Lorca se funde en un abrazo por dos caminos de fe que se cruzan justo antes de despedirse». Les rogó que aparquen por un momento la rivalidad, que «detengáis el tiempo en este encuentro. Que os elevéis por encima de las voces y la tensión y apostéis por el lenguaje de la belleza y la elegancia» para que «miles de azules veamos a la Amargura despidiéndose de la carrera» y «miles de blancos contemplen a la Virgen de los Dolores en su serena espera hacia el templo de San Francisco».
El templo estaba a rebosar en el brillante pregón de la Semana Santa, uno de los actos de mayor solemnidad del calendario lorquino, que reunió a las principales autoridades y a los representantes de las cofradías. Pérez-Muelas también consiguió acercar la Semana Santa de Lorca a la de Sevilla, ya que asistieron al pregón una docena de amigos de hermandades históricas de la capital andaluza.

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Enlace de origen : Pérez-Muelas seduce con su visión de la Semana Santa de Lorca en el pregón más literario