Las conexiones entre el Entierro de la Sardina de Murcia y el Carnaval de Nueva Orleans: dos fiestas centenarias con mucho en común

Las conexiones entre el Entierro de la Sardina de Murcia y el Carnaval de Nueva Orleans: dos fiestas centenarias con mucho en común

Javier Castillo Fernández

Director del Archivo General de la Región de Murcia

Sábado, 14 de marzo 2026, 07:19

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La primera vez que asistí al desfile del Entierro de la Sardina de Murcia debió de ser hacia 1996. Hacía unos meses que me había instalado en la ciudad y, junto a unos amigos autóctonos, presencié asombrado ese espectacular desfile de carrozas con nombres de dioses y héroes del Olimpo, rodeadas y protegidas por los hachoneros, y asediadas por una multitud enfervorecida ansiosa por recolectar los regalos que les lanzaban unos hombre vestidos con trajes y capas relucientes. El original derroche de luz, color, música y euforia me impactó vivamente, y me trajo a la memoria un desfile similar que creía haber visto en un documental televisivo: el del ‘Mardi Gras’ o carnaval de Nueva Orleans (Luisiana), en Estados Unidos.

En esa parada, desde numerosas carrozas fantásticamente adornadas, una serie de personajes disfrazados y enmascarados repartían collares y otras baratijas a un público que agitaba los brazos para llamar su atención. Pensé que podría tratarse de una mera coincidencia, hasta que unos años después encontré un documento en el Archivo General de la Región de Murcia -centro donde llevo trabajando desde hace tres décadas- que hizo replantearme la posibilidad de una conexión real entre las dos celebraciones separadas por el océano Atlántico y 8.000 km.

En el Carnaval de Nueva Orleans el enfervorecido público demanda regalos al grito de «¡Señor, lánceme algo!»; históricamente los grupos desfilaban sobre los carromatos de las plantaciones de algodón iluminadas por esclavos y libertos negros que portaban antorchas

El que sigue es el primero de tres artículos donde, coincidiendo con el 175 aniversario del primer simulacro de funeral de la Sardina en Murcia, trataré de explicar, analizando la evolución histórica de ambas celebraciones, las similitudes que he creído advertir entre el Entierro de la Sardina murciano y el Mardi Gras de Nueva Orleans, después de rastrear y consultar numerosos documentos, prensa histórica, grabados, fotografías, vídeos y diversos estudios y publicaciones especializadas. Y, por último, avanzaremos una hipótesis sobre qué elementos, personas o familias pudieron haber sido el cauce de esta posible conexión entre ambas históricas y singulares fiestas.

Origen del’Mardi Gras’

El carnaval de Nueva Orleans es uno de los más conocidos de América (junto al de Río de Janeiro). Su origen se remonta al s. XVIII, cuando los nuevos colonos del territorio francés de la Luisiana trajeron consigo la celebración del ‘Mardi Grass’, que se puede traducir como «Martes gordo o Martes grasiento»: nuestro Martes de Carnaval. El día en que, en el ámbito católico, se cometían los últimos excesos culinarios y tenían lugar, bajo máscaras y disfraces, arcaicas celebraciones irreverentes, desenfrenadas y festivas previas a la austeridad de la Cuaresma. Fiesta cuyo origen se remonta a la Antigüedad clásica (las famosas bacanales, en honor al dios Baco) y se mantuvieron a lo largo de la Edad Media (las Carnestolendas, del latín, carnis ‘carne’ y tollendus ‘quitar, retirar’).

Desfile nocturno del Mystic Krewe de Comus (1858). The Historic New Orleans Collection (HNOC)
Diseño de carroza ‘Vampiros de guerra’ del Mistick Krewe de Comus (1890). The Historic New Orleans Collection (HNOC)
Enmascarados en un camión carroza sin decorar (1930-1939). The Historic New Orleans Collection (HNOC)
Diseño de ‘Darwin como un asno’ en el desfile ‘Los eslabones perdidos’ del Mistick Krewe de Comus (1873). Tulane University Collections

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La tradición carnavelesca en Nueva Orleans, que fue fundada en 1718 por el explorador y gobernador De Bienville, se mantuvo durante el periodo bajo soberanía española (1763-1803), época en la que la ciudad -situada estratégicamente en la costa del Golfo de México y junto a la desembocadura del caudaloso río Misisipi- creció enormemente gracias al comercio con el resto de colonias hispanas (México, Cuba y Santo Domingo) y a la explotación de cultivos industriales en plantaciones trabajadas por esclavos, como el índigo, el tabaco, la caña de azúcar y, especialmente, el algodón.

La presencia de la población esclava de origen africano añadiría elementos propios a este carnaval. Una vez integrada por compra en los Estados Unidos, continuó su expansión económica y su crecimiento, hasta superar hacia 1850 los 126.000 habitantes, convirtiéndose en la cuarta más grande de ese país (y un 30% mayor que Murcia, por entonces con 89.314 almas).

Un dato curioso: se calcula que el año pasado en el Carnaval de Nueva Orleans se lanzaron más de 25 millones de collares de cuentas; si los estiráramos todos, podrían dar la vuelta a la circunferencia de la Tierra casi dos veces

Según cuenta la tradición, a mediados del siglo XIX las celebraciones populares y callejeras de este carnaval criollo eran bastante caóticas, desvergonzados e incluso violentas, con numerosos heridos e incluso muertos, debido a la profusión de excesos etílicos y carnales amparados por el anonimato que otorgaban las máscaras y los disfraces. Lo que contrastaba con los lujosos bailes de carnaval celebrados en espacios exclusivos, como clubes privados o teatros, y a los que asistía lo más granado de las élites económicas y sociales de la emergente ciudad, compuestas por grandes comerciantes, propietarios de plantaciones, banqueros o abogados, en su mayoría de origen anglosajón o descendientes de criollos franceses y, en menor medida, españoles. Esta dicotomía no era exclusiva de las mascaradas neorleanesas; se reproducía en buena parte de los carnavales europeos.

Ante esta situación, un grupo de hombres de negocios, procedentes de Mobile (Alabama) y asentados en la ciudad del Misisipi, decidieron importar ciertos usos del carnaval de su localidad de origen, como los desfiles de carrozas temáticas organizados por la sociedad secreta de los ‘Cowbellions (literalmente los cencerristas) de Rakin’, para tratar de «domesticar» o reconducir la mascarada de Nueva Orleans de un celebración callejera y anárquica a un espectáculo organizado, cuyo epicentro fuera un desfile refinado, temático y de acuerdo con el buen gusto burgués.

Estos empresarios, conocidos históricamente como los ‘Seis de Mobile’, reunidos en la farmacia de Pope (en la esquina de la Avenida Jackson con Prytania, en Garden District, el barrio acomodado angloparlante), enviaron una invitación a un selecto grupo de la élite anglosajona de la ciudad para constituir, a comienzos de 1857, el ‘Mistick Krewe of Comus’. Es decir, la Peña o Grupo Místico de Como: el dios griego de los banquetes, los excesos y la juerga. El término ‘Krewe’, que denomina hasta hoy a los distintos grupos, asociaciones o peñas del carnaval neorleanés, fue una invención de estos pioneros, que transformaron el inglés ‘crew’ (grupo, tripulación) dándole un toque arcaico y misterioso.

La nueva sociedad acordó que ningún miembro revelaría jamás su pertenencia al grupo (cosa que se cumple a rajatabla hasta el momento), eligió la figura de un «capitán» como máximo y todopoderoso director de la camarilla, encargado de elegir la temática anual de los desfiles y gestionar el dinero, y estableció una cuota de socio muy alta para asegurar que solo los potentados pudieran formar parte de la peña. Comus tendría, en adelante, como epicentro social el exclusivo Pickwick Club.

Los ‘Seis de Mobile’, reunidos en la farmacia de Pope (en la esquina de la Avenida Jackson con Prytania, en Garden District, el barrio acomodado angloparlante), enviaron una invitación a un selecto grupo de la élite anglosajona de la ciudad para constituir, a comienzos de 1857, el ‘Mistick Krewe of Comus’

A las pocas semanas, el 24 de febrero de 1857, la noche del Martes de Carnaval, los vecinos vieron sorprendidos el primer desfile de Comus, en el que aparecieron, entre filas de porta-antorchas, dos carrozas tiradas por caballos donde Satán regía sobre sus demonios enmascarados en un despliegue de luces y disfraces nunca visto.

El éxito de la iniciativa fue tal que atrajo la atención de los hombres más ricos de la ciudad, que aportaron el capital necesario para comprar los chasis y contratar a artesanos que fabricaran las carrozas, cuya temática se mantenía en el más absoluto secreto. De modo que al año siguiente, el Mistick Krewe of Comus sacó un gran desfile con la temática del Panteón clásico, que transformó las calles de Nueva Orleans en un Olimpo móvil, donde se combinaban comparsas a pie y caballo, con bandas de música intercaladas, y una treintena de cuadros y carrozas profusamente decoradas dedicadas a dioses como Júpiter, Neptuno (que aparecía sobre una concha gigante emergida del mar rodeada de tritones, caballos de mar o sirenas), Plutón (con una decoración que simulaba rocas volcánicas y fuego) o Marte, y entre las que destacaba la de Como, el rey del carnaval.

Las decorativas carrozas, construidas con brillante papel-maché, se elevaban sobre los alargados carromatos de las plantaciones de algodón. Todas ellas iban iluminadas de forma fantasmagórica por decenas de flambeaux, esclavos y libertos negros vestidos con túnicas y turbantes blancos, que portaban antorchas. La luz oscilante de las mismas y el humo se reflejaban sobre los resplandecientes decorados de las carrozas, creando una sensación de movimiento e ilusiones ópticas que daban vida a las figuras que portaban.

El desfile culminaba con la llegada de las carrozas al teatro donde se realizaba un baile de carnaval privado, en el que los enmascarados miembros de Comus realizaban una representación teatral muda («tableau vivant») alusiva a la temática del desfile. Después seguía el ritual del «call out», en el que el capitán del Krewe elegía de entre las mujeres presentes a las que debían bailar con los socios de Comus, los que tras el mismo regalaban joyas y ricos presentes a las damas, que las lucían con orgullo. Se considera que esta parada de 1858 fue la que consolidó el carnaval de Nueva Orleans.

La ‘Época dorada’ del carnaval

En los años sucesivos Comus continuó con este tipo de espectaculares desfiles alegóricos y elegantes, bajo distintas temáticas: las tradicionales festividades inglesas en 1859 o las estatuas de las grandes ciudades americanas en 1860. En 1861, ante las tensiones previas a la guerra civil (en enero de ese año Luisiana se había declarado independiente de la Unión y poco después se unió a la nueva Confederación), el Krewe de Comus decidió desfilar sin carrozas, solo con sus miembros disfrazados bajo el motivo de las cuatro edades de la vida, acompañados de sus porta-antorchas.

En efecto, la Guerra de Secesión entre el sur confederado y el norte unionista impidió la celebración del carnaval entre 1862 y 1865. Nueva Orleans fue tomada por los yankees en abril de ese primer año sin resistencia y, aunque no sufrió directamente los daños del conflicto (recuérdese el incendio de Atlanta en noviembre de 1864, reproducido espectacularmente en ‘Lo que el viento se llevó’), fue sometida a un férreo régimen de ocupación por las tropas vencedoras, en lo que se conoció como el gobierno de la Reconstrucción. El dolor de la derrota y la liberación de los esclavos negros se dejó sentir con fuerza en la ciudad y en todo el estado de Luisiana.

Sin embargo, solo un año después del fin del conflicto, en 1866, se recuperaron los desfiles del Mardi Gras, cada año con una nueva temática histórica, alegórica o mística, que atraía a cientos de visitantes a la ciudad. La década de 1870 se considera la más importante en la historia del carnaval de Nueva Orleans, por dos motivos fundamentales: la aparición de nuevas agrupaciones, que extendieron el ciclo de los desfiles a lo largo de las semanas que van de Año nuevo al inicio de la Cuaresma (una festividad móvil que, como es sabido, comienza cuarenta días antes del Domingo de Ramos) y el salto estético de los desfiles tras la llegada de artistas europeos que imprimieron un nuevo gusto y un concepto innovador en el diseño de carrozas y disfraces.


Flambeaux en 1963.


The Historic New Orleans Collection (HNOC)

En efecto, en 1870 una nueva agrupación apareció en escena: ‘The Twelfth Night Revelers’ -algo así como los Juerguistas de la Noche de Reyes-, compuesta por jóvenes de la élite local que comenzaron a sacar sus carrozas ese día, para abrir oficialmente la temporada de bailes de máscaras y festejos (como ya se hacía en la mayoría de lugares de Europa). Su desfile terminaba -y termina- en un baile privado donde se corta el King Cake (similar a nuestro roscón de reyes) para designar a la reina de la temporada, que corresponde a aquella joven en cuya porción aparece oculta el «haba». Por cierto, un año después, durante el desfile un miembro de esta Krewe disfrazado de Papá Noel empezó a tirar regalos a la multitud para reforzar su personaje, en lo que se considera el inicio de la costumbre del lanzamiento de regalos, que -como en el Entierro de la Sardina de Murcia- es uno de los aspectos más populares de los desfiles de carnaval neorleaneses.

Poco después, en 1872, otras dos nuevas Krewes entrarían en escena: Rex (el Rey del Carnaval), el único personaje cuya identidad no es secreta, que desfila el Martes de Carnaval por la mañana, y los Knights of Momus (Los Caballeros de Momus, el dios mitológico del sarcasmo y la crítica), que marchan el Jueves de Carnaval por la noche. Estos últimos crearon carrozas más irreverentes y críticas con el poder y buscaban provocar la carcajada o la indignación, lo que les ocasionó problemas con las autoridades unionistas locales, a las que ridiculizaron en el desfile de 1873 al representarlas como animales bajo el tema de ‘Los eslabones perdidos del Origen de las especies de Darwin’. De hecho, en 1875 el carnaval fue suspendido tras la ‘Batalla de Liberty Place’, un intento de golpe de estado de la supremacista White League contra el gobierno de la Reconstrucción, y cinco años más tarde una gran epidemia de fiebre amarilla obligó a cancelar nuevamente los festejos.

A pesar de eso, el carnaval siguió creciendo y este exitoso ciclo finisecular culminaría en 1881 con la fundación de la Krewe de Proteus, el dios marino profético que cambia de forma, con carrozas especializadas en temática acuáticas, místicas y exóticas que desfilan la noche del Lunes de Carnaval (Lundi Gras), pero durante un periodo en que Comus estuvo inactivo, entre 1885 y 1890, ocuparon su lugar la noche del Mardi Gras.

Fue por entonces cuando llegaron a Nueva Orleans algunos artistas europeos, como los suecos Charles Briton y Bror Anders Wikström, formados en Francia y que trajeron las influencias de celebraciones europeas de prestigio, como el famoso carnaval de Niza -donde se inventó, por cierto, el desfile de la Batalla de las Flores en 1876, que luego se extendería con notable éxito por diversas ciudades del mundo, entre ellas Murcia, que lo celebró entre 1899 y 1977 dentro de sus Fiestas de Primavera. Su concepción como «directores artísticos» incluía renovados diseños para las carrozas, que ganaron en altura, decoración y belleza, y los disfraces de los ‘maskers’, que formaban parte del decorado.

La expansión del siglo XX

Durante el siglo pasado el carnaval de Nueva Orleans continuó creciendo y ampliándose -con los obligados parones motivados por la participación americana en la Primera y Segunda Guerras Mundiales, la mal llamada ‘Gripe española’ de 1919 y la Guerra de Corea (1951), así como por una huelga policial en 1979-.

La fiesta empezó a democratizarse al aparecer nuevas y multitudinarias Krewes, como la de Zulú (1909), compuesta por afroamericanos y clases populares y cuyo regalo fetiche, lanzado desde sus carrozas, son cocos pintados a mano. Y en 1941 se produjo un hecho histórico: por vez primera desfiló una agrupación exclusivamente femenina, la Krewe Venus, lo que constituyó un auténtico escándalo. Recibieron insultos y les lanzaron huevos y tomates desde los balcones. Aun así, desfilaron con determinación, demostrando que las mujeres podían organizar y financiar un desfile de gran escala.

Un grupo de hombres de negocios de Mobile (Alabama) y asentados en la ciudad del Misisipi decidieron importar ciertos usos del carnaval de su localidad de origen, como los desfiles de carrozas temáticas organizados por la sociedad secreta ‘Cowbellions de Rakin’

Pero fue a finales de la década de los 60 cuando el Mardi Gras cambió de paradigma, pasando del tradicional modelo de sociedades secretas al de espectáculo de masas. Surgieron entonces las conocidas como ‘Super Kreewes’, por el volumen de socios, que se cuentan por miles, el número y tamaño de sus carrozas y la extensión de sus desfiles. En 1968 se fundó la de Bacchus (Baco), que rompió la tradición al invitar a una celebridad de Hollywood para ser el Rey de esa agrupación: el primero fue el actor cómico Danny Kaye.

Un año antes se había creado la de Endymion, que desfila el Sábado de Carnaval y es la más grande en términos de participantes (unos 3.200 integrantes y unas 37-39 carrozas, muchas de ellas del tipo «tándem», con varias secciones unidas). Su lema es «el entretenimiento para el pueblo» y sus carrozas son famosas por tener miles de luces LED de última generación.

La mayoría de estos grupos abiertos no son tan elitistas a la hora de su ingreso, aunque se necesita el aval de un integrante y contar con dinero para una importante cuota (dues) y para comprar los regalos (throws), con montantes que oscilan actualmente entre los 1.500 y los 5.000 dólares anuales. Aún así cuentan con extensas listas de espera que pueden durar años.


Cartel del Entierro de la Sardina de Murcia de 1999, obra del pintor murciano José María Falgas.

El crecimiento del tamaño de las carrozas, la extensión de otros elementos (como las famosas y numerosas ‘brass bands’ de viento-metal, cuerpos de bailes, unidades montadas a caballo…) y el incremento exponencial de los espectadores obligó a partir de 1972 a modificar el itinerario de los desfiles, que abandonaron el tradicional barrio Francés, de estrechas calles como la famosa Bourbon Street, para buscar avenidas más amplias en la zona de Uptown, conservándose la tradicional y ancha Canal St.

Pero, sin duda, el año 1991 fue crucial respecto a la orientación social de la fiesta, que hasta entonces conservaba en parte elementos elitistas, racistas y machistas. Ese año una ordenanza municipal, impulsada por la concejala Dorothy Mae Taylor, la primera mujer afroamericana en el ayuntamiento, obligó a las distintas agrupaciones a no discriminar a sus miembros por motivos de raza, religión, género u orientación sexual si querían obtener el permiso de desfile. Para ello debían declarar ante las autoridades la identidad de sus miembros, algo que tradicionalmente se había mantenido en un riguroso secreto. Varias de las llamadas Krewes de la ‘Vieja Línea’ («Old-Line Krewes»), integradas por la élite blanca y adinerada de la ciudad, se negaron alegando que atentaba contra su privacidad y contra el derecho de asociación recogido en la primera enmienda de la constitución norteamericana.

El último año del siglo se fundó una de las principales Krewes femeninas, Muses, compuesta por mujeres profesionales y con una temática de sátira social feminista

Dos de las más antiguas, como Comus y Momus, prefirieron dejar de desfilar para siempre a aceptar las nuevas normas, por lo que actualmente solo realizan sus tradicionales, lujosos y exclusivos bailes de máscaras (como el Meeting of the Courts de Comus, al que Rex acude a rendirle sus respetos tras el desfile del Mardi Gras, y que se considera el final del carnaval). Proteus abandonó los desfiles, aunque en 2000 acató la nueva norma y regresó a las calles. Rex fue la única gran organización tradicional que aceptó la ordenanza casi de inmediato, integrando a miembros afroamericanos para asegurar la continuidad del desfile diurno del Martes de Carnaval.

Fue precisamente el último año del siglo cuando se fundó una de las principales Krewes femeninas, Muses, compuesta por mujeres profesionales y con una temática de sátira social feminista. Ocuparon el puesto dejado por Comus en el desfile de la noche del Mardi Gras. Su carroza principal, ‘The Shoe’, un zapato de tacón gigante decorado con purpurina, es además el regalo característico, muy demandado por el público, que lanzan durante su desfile.

El Mardi Gras hoy

El carnaval es uno de los principales reclamos y fuente de ingresos de Nueva Orleans. Y, aparte de ser considerada la cuna del jazz, es la principal seña de identidad de la ciudad. La temporada de desfiles, entre el Día de Reyes y el Mardi Gras, acoge unas setenta paradas con más de 1.100 carrozas, si bien las 19 más famosas y multitudinarias, de hasta cuatro o cinco horas de duración, tienen lugar durante la larga semana del carnaval.

Apenas queda rastro de los tradicionales desfiles de temas mitológicos y literarios. Solo un par de Krewes históricas conservan las carrozas de armazón de madera del s. XIX y se acompañan de las antorchas de los flambeaux, ahora llamadas «cruces de queroseno», quienes realizan rítmicos bailes alrededor de las mismas. La mayoría son enormes carrozas de dos pisos o gigantescos camiones desde donde se arroja millones de regalos al enfervorecido público, que los demanda al grito de: «’Mister, throw me something!» (¡Señor, lánceme algo!). Cada Krewe tiene su «throw» específico, que ha venido a sustituir a los tradicionales dulces y caramelos de finales del Ochocientos: doblones, cocos, medallones, zapatos, peluches, pelotas, pitos, vasos de plástico, comida y los famosos collares de cuentas. Ya una guía de Nueva Orleans de 1938 afirmaba: «Las baratijas son pequeñas y baratas, puedes comprar una docena por un centavo, pero un collar de cuentas vuela entre la multitud y la gente se vuelve loca al intentar agarrarla».

Nueva Orleans recibió en 2025 durante los doce días principales de la fiesta cerca de 1,2 millones de visitantes, que generaron un impacto global en la ciudad de 1.100 millones de dólares

Ni siquiera el devastador huracán Katrina, que arrasó la ciudad en agosto de 2005, causando enormes daños, más de 1.500 muertos y el descenso de su población a casi la mitad, detuvo el carnaval que se celebró como símbolo del renacer en febrero del año siguiente. Solo las restricciones de la pandemia del Covid-19 impidieron su celebración en 2021, pero hoy Nueva Orleans, que ha recuperado su poblamiento hasta los casi 400.000 habitantes previos al Katrina, cifra una parte importante de su desarrollo en el turismo. Los datos del carnaval de 2025 así lo avalan: la ciudad recibió durante los doce días principales de la fiesta cerca de 1,2 millones de visitantes, que generaron un impacto global en la ciudad de 1.100 millones de dólares. 34.000 miembros activos de las 68 Krewes desfilaron en las carrozas, además de otros 15.000 participantes adicionales entre bandas de música, grupos de baile y portadores de flambeaux. Y un dato curioso: se calcula que el año pasado se lanzaron más de 25 millones de collares de cuentas: si los estiráramos todos, podrían dar la vuelta a la circunferencia de la Tierra casi dos veces.

*** Próxima entrega: sábado 21 de marzo. El Entierro de la Sardina de Murcia: la reinvención de una fiesta carnavalesca.

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