Cuando Miguel Martínez Andreu llegó al estudio de nuestra Prehistoria solo se contaba con la enorme aportación de Luis Siret (1860-1934), un ingeniero de … minas belga. En la Universidad de Murcia estaba García del Toro en un departamento aún sin entidad, situación superada con la llegada de Ana María Muñoz Amilibia, la primera arqueóloga española en alcanzar la cátedra, quien vino a agitar las aguas cuando todo estaba por hacer. La citada profesora planteó a sus alumnos un plan de estudios a medida de los intereses formativos de cada uno de ellos. Así recibieron clases de Etnografía de Francisco Flores Arroyuelo. Miguel estudió como complemento dos asignaturas de Geología, como otros se decantaron por Literatura. Como Muñoz Amilibia era especialista en el Neolítico propuso a Miguel formarse con Ignacio Barandiarán, experto en el Paleolítico. Más tarde lo hizo también con el francés Georges Laplace. Miguel, bien pertrechado, pudo trabajar nuestro Paleolítico Superior, haciendo Ricardo Montes lo propio con el Paleolítico Inferior y Medio.
El hilo temporal de la conversación se agita caprichoso en el aire, regresando a aquellos días de mediados de los 60 en los que este chico de barrio, criado en la confluencia de las Cuatrocientas, Los Barreros y San Antón, marchaba con sus amigos a jugar al escondite en la catedral vieja. Como un juego comenzó su relación con aquellas piedras antiguas envueltas en misterio. Al fin y al cabo mucho de lúdico y detectivesco tienen las pesquisas arqueológicas. No lejos de su colegio, en un solar que había junto al viejo almacén de vinos del señor Ayuso, en plena calle 18, el conocido vinatero abrió zanjas para ampliar su negocio, propiciando una excavación arqueológica que permitió a Pedro San Martín descubrir la necrópolis tardorromana de San Antón, la misma sobre la que años más tarde se edificaría el actual Museo Arqueológico Enrique Escudero.
Habla con admiración de los dos padres de la arqueología de Cartagena, como fueron el profesor Antonio Beltrán Martínez (Sariñena, 1916-Zaragoza, 2006) y el arquitecto Pedro San Martín Moro (Valladolid, 1921-Cartagena, 2013). Ambos antecesores de Miguel en la dirección del Museo Arqueológico, el primero de ellos fue su creador en 1943, en el edificio de la Sociedad Económica y el segundo fue un referente en nuestro país en cuanto al necesario diálogo entre arqueología y arquitectura. El prestigioso arquitecto Rafael Moneo así lo manifestó al visitar el edificio del Museo cuando buscaba inspiración para su propuesta del Museo del Teatro Romano, teniendo palabras de elogio para una intervención arquitectónica sensible con los vestigios, apropiada a su contexto y contemporánea en su diseño.
Fue director del Museo Arqueológico y jefe de Museos y Arqueología, ponente en congresos y docente universitario
Miguel ha seguido las huellas de aquellos cazadores recolectores con el ánimo de conocer cómo se movían por el territorio para ganarse la vida, demostrando así el importante conocimiento que poseían del territorio que pisaban y de los recursos que éste les podría proporcionar. Evitaban el estrés biológico, por ello trataban de moverse lo menos posible porque el grupo lo componían niños y mayores, con los inconvenientes que esto suponía. El estudio de los pólenes nos indica que en el abrigo no estaban tan de paso sino que estos paleolíticos mantenían estancias más prolongadas de las que podrían suponerse.
Fragmento de cerámica de época neolítica hallado en la cueva.
Cedida.
Cuevas del Paleolítico
Su bautismo arqueológico como estudiante en la comarca de Cartagena tuvo lugar en el yacimiento neolítico de Las Amoladeras, en Cabo de Palos, durante una intervención que en 1976 llevó a cabo Javier R. García del Toro. Un año más tarde, estaba en el Cerro del Molinete. Siguiendo a estos grupos de cazadores recolectores por los ecosistemas costeros, excavó yacimientos paleolíticos, como la Cueva del Caballo y la Cueva de la Higuera, ambos en Isla Plana, con registros paleolíticos y neolíticos datados entre 13.600 y 5.600 años; la Cueva de los Pájaros, que igualmente acogía restos neolíticos en las proximidades de Cabo de Palos, y la excavación de un asentamiento al aire libre del inicio del Paleolítico superior en la ladera del Monte Miral, además de otras prospecciones en la Cala de los Déntoles, en Calblanque, o en la Cueva del Negro, en la Torre de Nicolás Pérez. Ha sido ponente en importantes reuniones y simposios de Prehistoria, formando parte de varios comités científicos de su especialidad, y ocupando el cargo de secretario ejecutivo del XXIV Congreso Nacional de Arqueología celebrado en Cartagena en 1997. Ha sido secretario de Mastia, la revista científica del Museo Arqueológico. Continúa nuestro entrevistado la disertación, indicando que un referente para arqueólogos y prehistoriadores fue Gordon Childe, quien proponía el concepto de revolución neolítica. La primera transformación radical en la forma de vida de la humanidad, que pasó de nómada a sedentaria, al concretarse una economía productora basada en la agricultura y la ganadería. Un proceso que tuvo lugar hace aproximadamente más de 9.000 años ante el reto a la crisis climática acaecida tras la última glaciación, y que corresponde al paso del Paleolítico (piedra antigua) al Neolítico (piedra nueva). Los pioneros de este paso habitaban zonas de Egipto y Mesopotamia, Levante mediterráneo y, más tarde, partes de India y China. Miguel explica que aquí y en todo el oeste europeo no fue una transformación rápida, más bien un proceso lento de aculturación. De hecho, las tribus nómadas actuales sienten desprecio hacia los sedentarios, prefiriendo vivir intensamente la aventura como estilo de vida. Aunque eso suponga vivir menos años. Por otro lado, el sedentarismo debe adoptar medidas para la defensa de la propiedad como amurallarse, mientras que las bandas de cazadores no desarrollan dependencia de un territorio determinado, solamente precisan de una mochila y de una silla plegable. Las mochilas, que parecen tan modernas, son en realidad un invento que pertenece a nuestros antiguos antepasados.
Señala que los arqueólogos tenían muchos problemas cuando se paraban las obras de edificios en construcción debido a la realización de las pertinentes prospecciones, máxime en los años duros de la crisis industrial. Al irrumpir las fiestas de Carthagineses y Romanos, Miguel vislumbró un cambio de ciclo en el que el pasado histórico pasaba a formar parte de la identidad cartagenera de manera notable, sabedores de que el futuro pasaba por el turismo cultural. Considera que lo que haya podido aportar él es una devolución simbólica de la herencia que recibió. Se ha dedicado a rastrear la presencia humana en la costa durante el Paleolítico para corresponder agradecido a su tierra aquellos veranos de pandilla en bicicleta por La Azohía e Isla Plana. Ahora se divierte con los nietos, los pinceles, los partidos de fútbol y la bicicleta, con la que durante años se desplazó para ir a trabajar al Museo.

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Enlace de origen : Miguel M. Andreu, tras las huellas prehistóricas