
Es un azul genuino, entre los muchos azules de esta tierra donde la luz se respira. Así lo cantó Jorge Guillén cuando vino a Murcia … para quedar cautivado para siempre de su tierra y de sus gentes: «Sólo así estoy seguro de la totalidad de mi existencia: respiro luz». No es el celeste de aquellas fachadas antiguas de las casas huertanas. Tampoco el que tiñe los cielos en estas tardes de la incipiente y olorosa primavera. Ni aquél de los iris y las hortensias que adornan tarimas de plata corlada cuya madera antigua cruje en cada esquina como si fuera a desmontarse. No.
Aún menos es el azul cobalto de la bandera regional de la Purísima, aquella que arrinconamos. Ni siquiera el que destaca en el bordado del pendón del Perdón, en la bola del mundo sobre la que se posa la cruz. O el que lucirán los Servitas, teñido de negro luto, dentro de una semana justa, desde San Bartolomé. O ese azul de gloria, pongo por caso, que adorna el manto de la Dolorosa de Jesús, que saben quién es. Tampoco
El azul del Viernes de Dolores tiene ilustre apellido: Azul Amparo. Es una tonalidad que solo una vez al año, a las puertas de la parroquia de San Nicolás y de la Semana Santa, tiñe el barrio antiguo para extenderse por la ciudad en una tarde de clima apacible y venturoso, algo no tan cotidiano cuando celebramos estos días del gozo nazareno.
Siete en punto de la tarde, repique de campanas, gorriones que vuelan asustados de los aleros de la parroquia donde crecen pequeños árboles, por si no se han fijado. «¡Procesión a la calle!», ordena el presidente Galiano. Como tantos años lo hizo su padre, que ayer andaría dando por saco a San Pedro para que lo dejara ver el cortejo de sus anhelos desde el Cielo.
Muchos aguardan que el primer gran paso de la Semana Mayor, que es un trono con sus estantes debajo y encima tallas de nota adornadas con flores, cruce el dintel de la parroquial. El escultor Hernández Navarro inaugura estos días para el recuerdo con su Sagrada Flagelación.
Sillas en la carrera
No es el azul del Viernes de Dolores parecido al azul del mar ni al del río Segura, tantas veces teñido de marrón de muerte por las riadas. Es más hondo y ancestral. Es un azul de terciopelo, tergal o raso que impregna las miles de túnicas de la Cofradía del Santísimo Cristo del Amparo, la primera en celebrar su estación de penitencia otro bendito año más.
Es el azul de un océano de tradición que lo inunda todo. Y todo lo renueva: las sillas a lo largo de la carrera, el bullicio de carritos de globos y chucherías, el ir y venir de zagalas y mindangos, de selfies en cada esquina, de abuelos al reencuentro de sus nostalgias, de niños con bolsas vacías que anhelan llenarlas…
Es el azul de esa algarabía caótica en las barras de las tabernas, de aromas de azahar que desprenden los naranjos bordes, de sonidos de taconazos firmes de manolas, de baquetas de tambores entelados y carros bocinas de burlas, de tintineo de lágrimas de cristal en las tulipas de los tronos, de metálicas varas de mayordomos, de marchas pasionarias que emocionan pese a su ya marcado carácter andaluz y extraño… Las gentes respiran luz azul del Amparo como el poeta.
Pasan los pasos. Jesús ante Pilato, con su diminuto y gracioso niño mulato; el Nazareno del Gran Poder, más azul de terciopelo en su túnica; el Encuentro camino del Calvario, que Fernández-Henarejos imaginara hace tres décadas; San Juan Evangelista y la Madre, la Virgen de los Dolores que va celebrando su santo dando un paseo por Murcia.
En esta ciudad, cuando marzo asoma y los días se alargan, es tiempo de convocar procesiones, disfrutarlas o sufrirlas. Porque incluso aquellos que las detestan, pues eso va impreso en el ADN murciano, las identifican con certeros signos: el clima cambia a mejor, la amenaza de lluvias se incrementa, las tardes se alargan como las sobremesas en los bares, que estamos en fiestas.
Unos, por auténtica devoción; otros, por disfrutar de unos días de asueto; estos, la chiquillería, ya que no hay colegio o instituto; aquellos, sus padres y madres, por idéntica razón mas desigual sentimiento.
El tiempo, cuando suenan esas siete en punto de la parte en San Nicolás, parece ralentizarse en la ciudad, un tanto menos agobiaba en un viernes de compras apresuradas. Con azul cadencia, van desfilando los cofrades del Amparo para cumplir ritos ancestrales: la entrega de un caramelo, la procesión descalzo, el rosario en una mano, el voto de silencio…
Algo de azulado tiene también el atardecer murciano cuando el Cristo que acaba de expirar anuncia, de nuevo bajo la puerta de San Nicolás, que el cortejo ya celebra su estación de penitencia.
La crónica del Viernes de Dolores se escribe con tinta azul, un tanto más clara que la de un BIC, pero igual de entrañable. Y mientras ese color siga recorriendo en forma de procesión nuestras calles, mientras alguien se detenga a su paso para admirar tanta devoción y cultura condensada en ritos ancestrales, Murcia seguirá siendo esa Murcia donde se respira luz.

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