Cuatro años llevaba Rosalía sin girar y eso se notaba en el ambiente. Anoche los nervios y la expectación eran la tónica general poco antes … de que un Movistar Arena de Madrid a reventar -más de 15.600 personas- apagara sus luces para dar comienzo a una ceremonia musical que caminó con paso firme entre el montaje teatral, la experimentación y un espectáculo de pop para las masas que hace guiños a la ópera, el arte o el ballet.
La impaciencia se dejaba sentir entre el público que, pasados ocho minutos de la hora señalada, las 20.30, ya empezaba a exigir que la de San Esteban Sasroviras saliera al encuentro con los suyos. A las 20.47 horas, las primeras luces se apagaron y la veintena de músicos que conforman la Heritage Orchestra británica -cuerdas, percusión y vientos-, así como las coristas, que arroparían a la cantante durante toda la noche, tomaron posiciones al son de ‘Angel’ de Jimmy Hendrix, en un escenario casi a ras de suelo, en forma de cruz latina, que ocupaba el centro del recinto, rodeado de vallas donde se apoyaba el público. Cuatro minutos más tarde se apagaban todas las luces y los músicos se lanzaban a tocar mientras en el escenario principal, de tipo semicircular y rodeado de bombillas, al estilo de un teatro italiano, las compuertas, que simulaban la parte trasera de un lienzo, se abrían desvelando la escenografía, compuesta por un sol y varias escaleras con las que irían jugando a lo largo de toda la noche.
En el centro, se ubicaba una enorme caja que una docena de bailarines desplazaría hasta el frente del escenario y, finalmente, abriría para descubrir a Rosalía, ataviada como una bailarina estática que acabara de salir de una antigua caja de música. La ovación fue intensísima. A ambos lados del escenario, dos enormes pantallas verticales cooperaban para que el más alejado de los espectadores no se perdiera nada. La realización, en este sentido, poco tenía que ver con la de ‘Motomami’, donde los propios bailarines ejercían de camarógrafos. Aquí varias cámaras robotizadas juegan con la luz y las sombras a diferentes alturas del escenario, sin entorpecer la vista de quien está atento a lo que ocurre sobre las tablas, y cuando algún cámara entra en escena, no enturbia la puesta en escena elegante y equilibrada. Puso énfasis Rosalía en que había cantado en 14 idiomas para este disco y por eso, en la parte superior del escenario, se suceden los rótulos de todas las canciones con su traducción en castellano. Puede que haya habido un intento de convertir el concierto en un gran karaoke, pero si ese era el objetivo, desde luego se ha errado.
Porque esta noche había cierto aire de solemnidad, de asistir a un hito difícilmente repetible. Al fin y al cabo, pocas veces una artista sube al escenario arropada por una veintena de músicos y en un formato de orquesta de cámara. Pero es que solo así se podía trasladar la apabullante riqueza sonora de ‘Lux’, a la que la cantante llegó después del minimalista y juguetón ‘Motomami’.
Rosalía, durante el concierto.
Sharon López
Solemnidad que incluso se apreciaba también en la selección musical previa al concierto, donde salvo alguna que otra pieza flamenca, como el ‘Llantos por Soléa en la Calle del Arquillo’, de Diego el del Gastor, sonaron piezas de Beethoven, Mozart o Tchaikovsky, todas conocidas, que no es cuestión de espantar al personal. ¿El resultado? El público supo guardar silencio cuando la ocasión lo merecía y tuvo a bien despendolarse cuando la Rosalía se ponía más urbana, latina y flamenca.
Arrancó la catalana como arranca ‘Lux’, sirviendo en los primeros compases ‘Sexo, violencia y llantas’ y ‘Reliquia’. Sería al escuchar las primeras notas de violín de esta última, cuando esbozaría una sonrisa y una emoción que aparecería varias veces a lo largo de la noche. «Madrid, muchas gracias», dijo tras terminar la canción, llevándose la mano al corazón y visiblemente emocionada. Tras una ‘Porcelana’ hipnótica y un ‘Divinize’ elegantísimo, donde las bailarinas juegan con unas gasas que lo mismo sirven para rodear a la cantante que para elevarlas al cielo, llegó el primer gran momento de la noche.
«Buenas noches, Madrid. ¿Cómo estamos esta noche? Yo estoy muy feliz de estar aquí», decía Rosalía mientras uno de los bailarines le colocaba un velo. «La semana pasada estuve un poco delicadilla de salud, pero estoy mucho mejor», dijo en referencia al recital que tuvo que cancelar en Miami por una intoxicación alimentaria. «Además, que me encanta haber vuelto aquí. Si lo pienso, hace más de una década que vengo a Madrid, quiero mucho a esta ciudad y tengo muchos recuerdos. Vine a Casa Patas -un tablao de flamenco- y sentí el duende como en ningún lugar. ¿Quién me iba a decir que estaría aquí llenando esto y acompañada por todos vosotros?», expresó antes de lanzarse a interpretar su aria, ‘Mio Cristo piange diamanti’. El Movistar Arena de Madrid enmudeció con un silencio sepulcral.
Aún quedaban tres actos por delante y un intermedio. Como si fuera un gran espectáculo teatral, entre acto y acto, por las pantallas del escenario se introducían sketches o se jugaba con el público. El primero de ellos colocó a los bailarines imitando a la diva en su aria recién interpretada, demostrando que ni siquiera ella se toma tan en serio. El segundo acto fue el momento de la catarsis. Comenzó con una Rosalía luciferina, con cuernos y de negro, interpretando ‘Berghain’, que arropada por la orquesta de cámara, sonó rotunda y atronadora, si bien la música a veces opacaba la prodigiosa voz de una cantante que ahora parece dosificarse algo más, invitando a cantar al público o dejando de cantar directamente cuando esta bailando.
Rosalía.
Sharon López
‘Berghain’ acabó con el remix en clave techno de Conrad Taylor, que convierte el final de la pieza en una rave. Fue muy apropiado porque los siguientes temas abrirían espacio para la pista de baile: ‘Saoko’, ‘La fama’ y ‘La combi Versace’. Rosalía no dejaba de retar con la mirada a una audiencia que por fin se levantaba de sus asientos para bailar. Con la mirada y también con las palabras: «Esta noche es especial porque es la primera noche del ‘Lux Tour’ en la capital, para todas mis chulapas y mis chulapos. Pero, ¿quién de aquí se conoce ‘Motomami’? Pues esta de aquí es pa ti», decía mientras empezaban a sonar los primeros acordes de ‘La fama’ y los esforzados bailarines replicaban algunas de las coreografías de la anterior gira.
‘De madrugá’ bajó un poco el ritmo, cerrando el segundo acto, que tras un interludio musical, con palmas y cajones flamencos, daría el paso al tercero en el que Rosalía enfilaría ‘El redentor’, único recuerdo del fantástico ‘Los Ángeles’. La canción dio paso a una versión de ‘Can’t Take My Eyes Off You’, de Frankie Valli, que colocaba a la artista como la protagonista de un cuadro a la algunos de sus fans podían hacer fotos subidos al escenario, en una recreación del Museo del Louvre y la sala de la Gioconda de Da Vinci. Y entonces apareció Esty Quesada o, lo que es lo mismo, Soy Una Pringada. La ‘influencer’ y actriz había ido a confesarse de una mala experiencia con un hombre… «Yo lo que creo es que es…», dijo Rosalía. «¡Una perla!», chilló el público. De todas las canciones del nuevo disco, esta y ‘La rumba del perdón’ fueron con toda probabilidad las que más vibraron entre un público consciente de que en ‘Lux’ no hay tanto ‘hit’ bailable. ‘La yugular’, por su parte’, con Rosalía encaramada a los escalones, mientras caía pan de oro y el color rojo se adueñaba de la escena, fue uno de los momentos más memorables escenográficamente hablando.
Rosalía, interpretando ‘El redentor’.
Sharon López
Demostró Rosalía que a pesar de que estos conciertos están calculados casi al milímetro, podía salirse del férreo guion sin problemas. Lo hizo cuando explicó que no tiene muchos vicios, pero que la copita de vino blanco, «que no me la quite nadie». «¡Tu no tienes vicios porque el vicio eres tú!», le contestó una tal Eugenia a la que no solo le dedicó ‘Sauvignon blanc’, interpretada sobre un piano en el escenario -por fin un músico tocaba junto a ella-, sino que luego saludaría cuando se acercó al miniescenario con el resto de instrumentistas en el intermezzo, momento en el que incluso firmó algún autógrafo. Interpretó junto a ellos ‘Dios es un stalker’, ‘La rumba del perdón’ y una ‘CUUUUuuuuuute’ que acabaría en trance ravero con un botafumeiro a todas luces loquísimo.
El cuarto acto dejaría caer ‘Bizcochito’, ‘Despechá’, ‘Novia robot’ y ‘Focu ‘ranni’. «Madrid, aquí os gusta el mambo, que viva el mambo dominicano y que viva el flamenco y que vivan todas las músicas», apuntaba Rosalía. «Madrid no quiero irme sin daros las gracias, lo estoy gozando mucho y aunque es la primera, no me voy a olvidar de esta noche, ha sido especial», concluía, para volver con un bis final, ‘Magnolias’, que volvió a emocionar y enmudecer a un Movistar Arena de Madrid que aún tardará en procesar lo ocurrido. No se lo merecía porque nadie lo pidió, como viene siendo habitual en los conciertos desde hace unos años. Fue un ‘show’ arrebatador al que solo se le puede poner un pero: la nula presencia de ‘El mal querer’.
Nadie se quiso perder el primer concierto en Madrid. Entre el respetable estaban el cineasta Pedro Almodóvar, el humorista Ignatius, la presentadora y humorista Paula Púa, el periodista Nacho Abad, el actor Pedro Pascal, el actor Arturo Valls, el director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Manuel Segade, o la actriz Jedet.
A la artista, aún le quedan tres conciertos en Madrid, los días 1, 3 y 4 de abril, otros cuatro en el Palau Sant Jordi de Barcelona, los días 13, 15, 17 y 18 de abril. En mitad de ambas citas, actuará dos noches en Lisboa (8 y 9 de abril) y después de Barcelona se dejará ver por Países Bajos, Bélgica, Alemania y Reino Unido antes de dar el salto al continente americano, donde le esperan otros 22 conciertos.

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Enlace de origen : Una sinfónica Rosalía emociona y enmudece al Movistar Arena de Madrid