Visibilidad trans: «Me odiaba por sentirme mujer; pensaba que había fallado»

Visibilidad trans: «Me odiaba por sentirme mujer; pensaba que había fallado»

Martes, 31 de marzo 2026, 01:22

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En un gesto ligero como apretar los dedos para registrar una huella dactilar cabe a veces la lucha de toda una vida. La de Laura Joana López, por ejemplo, que el pasado viernes, a los 41 años, pudo completar este pequeño trámite en el Consulado de Ecuador en Murcia, y dar así un paso clave para acabar con la disonancia que hay entre el nombre y el sexo masculinos que aparecen en su documentación y su identidad como mujer.

Su historia está atravesada, como la de tantas trans, por el desgarro de un extenuante viaje interior y físico que, en su caso, ha sido también geográfico. Se marchó de Ecuador muy joven con destino a Santiago de Chile en busca de un lugar donde sentirse ella misma. «Ahí empecé mi transición y me hice chica trans», cuenta desde Cartagena, donde reside con su madre desde 2024.

Estaba convencida de que, en la gran ciudad, todo sería más fácil, pero ni entre siete millones de habitantes pudo esquivar la estigmatización, la discriminación y la exposición al odio y la violencia que el colectivo ha sufrido históricamente y que sigue salpicando la actualidad.

«Me daba vergüenza hasta ir en autobús. Prefería ir andando de Murcia a Algezares»

Solo dos días antes de que Laura Joana acceda a contar su historia a este diario, una joven trans de 21 años recibe una salvaje paliza en un pub de León, a las puertas del Día Internacional de la Visibilidad Trans, que se celebra este martes. Las heridas que le causaron los golpes de un grupo que la asaltó en el baño hicieron necesaria una intervención de urgencia para salvar su ojo derecho.

Abocadas a la prostitución

Pese a los avances sociales y los cambios normativos que en los últimos años han abierto nuevos espacios a las personas trans, hay barreras que se resisten a caer. «Hay derechos en el BOE que todavía no están en la calle», señala Juan Nicolás, consultor en Política Social, que destaca que, dentro del colectivo, hay un grupo especialmente frágil: las mujeres trans migrantes. «Están en la cola de la exclusión social. Ser mujer, trans y migrante no suma vulnerabilidades, las multiplica», afirma. «Además, en su mayoría terminan trabajando en contextos de prostitución, porque no las contratan para otra cosa», a veces por discriminación, otras por dificultades derivadas de su situación administrativa.

«Estar siempre»

En la Región de Murcia, dos entidades desarrollan programas específicos para ayudarlas: Cruz Roja, a cuya puerta llamó por recomendación de una amiga Laura Joana; y Oblatas, que cuenta con una larga trayectoria en este ámbito a través del acompañamiento integral, la escucha y un ingrediente escaso en las trayectorias vitales de estas mujeres: la mano tendida. «Estar, estar siempre», explica Ángela López, coordinadora del programa de Oblatas. «Recorremos muchos kilómetros con la unidad móvil para ir a distintos puntos de la Región, a veces solo para ver a una chica que a lo mejor ese día no nos hace ni caso, pero no importa. A los 15 días volvemos».

Lo más difícil, subraya, es ganarse la confianza de estas mujeres que, en muchas ocasiones, han sido golpeadas, engañadas o explotadas. La trabajadora social Marian Sánchez encontró en el tabaco la llave para llegar a Marilyn Cedillo, una trans también originaria de Ecuador que trabajaba como prostituta en Murcia y que se escondía de las trabajadoras de Oblatas. «Una noche le pregunté si le importaba que fumara con ella», dice riéndose. Con esa ventana de cinco minutos le bastó. «Fue justo antes de la pandemia –relata Marilyn–, en un momento de mi vida en que necesitaba un abrazo. Me dijo: ‘¿Qué te pasa, tienes ganas de llorar?’, y me invitó a ir a Oblatas». Ahí comenzó un cambio que en solo seis años ha hecho de ella una persona diferente. Dejó las calles y empezó a ver otro camino con la ayuda del programa. Hoy trabaja como empleada del hogar para dos familias, se atreve con el teatro y ha perdido el miedo. «Fueron mis ángeles», dice. Ángeles a los que no estaba acostumbrada. En 1999 la trajeron a España con mentiras. Cuando aterrizó en Madrid pensando que se le abriría un mundo de oportunidades, le pidieron que se arreglara, le dieron preservativos, lubricante y pañuelos y la llevaron a prostituirse. «No sabía ni lo que hacía. Yo lloraba. Los hombres me preguntaban cuánto cobraba y yo no sabía ni qué decirles».

Su infancia no fue más fácil. Sufrió el rechazo de su familia, recibió golpes de su padre y su hermano y se fue de casa a los 12 años por indicación de su propia abuela para buscar trabajo. «En aquel momento me hundí –reconoce–. Me odiaba porque me echaba la culpa de sentirme así, de haber fallado. He tardado mucho en darme cuenta de que no tengo por qué castigarme».

Salud y autoestima

Laura Joana no pasó por el repudio en casa, pero su juventud tampoco fue más amable. Tras irse a Chile, tuvo que acceder a tener sexo por dinero mientras se pinchaba para modificar su cuerpo. «La primera vez fue traumática. Yo lloraba y lloraba. Mi novio me decía que si no quería, no saliera, pero yo sentía que tenía que continuar para poder vivir. A veces no tenía ni para comer… En la calle una aguanta muchas cosas: humillaciones, golpes… Es el trabajo más difícil que puede existir».

Un estudio realizado por la Universidad de Murcia y Oblatas con entrevistas publicado en 2024 destacó en sus conclusiones los graves problemas de salud y autoestima que sufren estas mujeres por la historia que cargan.

Hubo un momento en que Marilyn llegó a esquivar cualquier lugar público. «Me daba vergüenza hasta ir en autobús. Prefería irme andando desde Murcia a Algezares –unos 7 kilómetros– antes que subirme a uno».

«Es muy importante sensibilizar a la sociedad y dar también herramientas a las administraciones públicas para que sepan actuar cuando llegan personas con estas características», señala Juan Nicolás, que apunta a la existencia de «normas vivas que no se coordinan con otras áreas claves, como Extranjería y asilo» y problemas como que «no puedas cambiar tu nombre en España si tu país no lo permite, que te deja en una situación de irregularidad».

Marta Serrano, educadora social, apunta otras consecuencias, como la falta de acceso a casas de acogida. «Como tienen nombre masculino en su NIE, las mandarían con hombres. Es un caso sangrante. Ahora mismo no hay una casa de acogida a la que podamos derivar a una mujer trans. Y pasa lo mismo con cursos del SEF para mujeres». Por eso, en Oblatas reclaman más voluntad política para facilitar las cosas al colectivo, aunque reconocen que el momento actual no lo propicia. Mientras tanto, seguirán estando siempre, y abriendo puertas a personas acostumbradas a verlas cerradas.

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