
Hay lunes insulsos, de aplastante rutina: lunes de bostezos de tedio, nublados de apatía; lunes sin chispa de gracia ni arte alguno… Y luego está … el Lunes Santo del Perdón, el que amanece con una algarabía de nazarenos de alma magenta que, muy de mañana, ya pueblan las barras de las castizas tabernas.
Aguardan el descendimiento más puro, el que mayor solera atesora, ese de pura cepa de madera de morera de estante grande y sanantolinero.
Ocurrió cuando debe ocurrir. El antiguo reloj del toque de queda de la ciudad anunciaba la hora del ángelus. Para entonces, una legión de parroquianos se agolpaba frente al altar mayor de San Antolín, clavando sus ojos en las remotas piedras que antaño conformaban la puerta de un palacio, el de los Vélez. Hoy rodea al Santísimo Cristo del Perdón, que es un vecino más de la calle Angustias, de Vidrieros o del Pilar, de los Huérfanos.
Para muchos fieles, besar ese sagrado pie desnudo supone sentir el regalo de otro año más en este mundo. Por eso lo acarician con tanta devoción como enseguida, cuarto de hora más tarde, celebrarán esa vida en las tabernas más genuinas de la ciudad: Luis de la Rosario, La Viuda, el Guinea y hasta la cantina de la Once, que ganada se tiene su inclusión en tan inviolable lista.
Contado tengo que el Perdón propone una procesión que todo lo arrasa. Y es cierto. Arrasa con el tiempo, que parece detenerse cuando recruje la puerta de la parroquial; asola con el escepticismo, con las prisas que atenazan este mundo apresurado; arrolla con esa tan murciana desmemoria nuestra.
La salida del Perdón, cuesta abajo hacia la plaza, supone descubrir cómo el tiempo se dobla sobre sí mismo hasta que el siglo XVIII y el XXI se dan la mano bajo el dintel que custodia el eco de tantas plegarias. Suena con estruendo la Marcha Real. Un gentío cuaja balcones, de donde penden estandartes magenta, y llenan aceras empapeladas con carteles de reserva de sillas con apellidos de San Antolín de toda la vida.
Las gentes aplauden a los estantes sobre cuyos hombros alzan, ya no una tarima de plata corlada, sino el peso de toda su estirpe; la memoria de aquellos padres y abuelos que les transmitieron el divino oficio de saber arrimar el hombro. Rostros curtidos que son mapas de la huerta. El paso avanza con esa cadencia de velero que navega rumbo a Belluga, mecido por un silencio que solo quiebra el tintineo de las lágrimas de cristal de las tulipas.
Y uno siempre aguarda la sorpresa. Y la sorpresa está en el detalle ínfimo: en la mano de un niño que aprieta el caramelo como si de oro se tratara; en el brillo de las potencias que parecen querer atrapar el último rayo de sol antes de que la noche se rinda al imperio magenta; en los aromas a flores frescas e incienso que se mezclan con el fresco azahar de los naranjos bordes.
Es una coreografía de fe castiza, donde el protocolo se rinde ante la espontaneidad de un barrio que sabe que no es Cristo el pasa; que es su Cristo el que los acompaña, el dueño de las llaves de sus nostalgias.
Cuentan que en otros lugares el perdón es un concepto abstracto. En Murcia, no. Aquí el Perdón presume de santo rostro, desciende humilde una rampa que gruñe y busca en cada esquina el sabor a mona y a las habas tiernas que atesoran las ‘senás’. Porque ser de San Antolín es comprender que lo sagrado y lo profano en esta bendita tierra se entremezclan como el rosal que trepa por la Cruz del más ilustre de sus parroquianos.
Anoche, cuando el magenta se fundió con el negro de la madrugada, después del fervorín y el clamor de aplausos cuando la procesión iba de entrada, solo quedó el regusto amargo de la espera que se impone: doce largos meses para volver a contemplar y degustar el milagro de cómo todo un barrio comprime la devoción de un año en apenas unas cuantas horas, donde el color de la gloria bendita y bien despachada sin mezquindad es el magenta de toda la vida.

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Enlace de origen : La geometría del Perdón magenta en Murcia