
Sobrecogedor. En el tiempo que transcurrió entre la proyección de un vídeo por las pantallas gigantes colocadas en la calle Botica y los instantes previos … a las doce de la medianoche, el silencio se adueñó de las calles de Mula. Era la señal que junto al apagado de las luces iba a marcar a la hora indicada el inicio de la tamborada que retumbaría sobre el cielo del corazón de la Región de Murcia en las puertas de las tierras de la Vera Cruz.
Los redobles de pasión envolvieron a la ciudad y a las miles de personas que abarrotaban las calles y plazas principales. «Un caos ordenado», como lo calificó unas horas antes el concejal de Cultura, Diego Boluda, invadió el casco antiguo en un sinfín de toques que no responden a una partitura idéntica para cada persona que hace sonar su tambor. «No hay orden, ni concierto» para no perder la esencia de ser de una manifestación artística que surgió como un acto de rebeldía ante las autoridades eclesiásticas y civiles en pleno siglo XIX cuando se prohibía a los vecinos hacer ruido y caminar por las calles del pueblo a determinadas horas de los días en los que se celebraba la Semana Santa.
La noche del Martes Santo está grabada en el corazón de los muleños y marcada en las citas vecinales más importantes del año. Mula abre sus puertas de par en par para recibir a los amantes de las tamboradas especialmente a los que se desplazan de las ciudades más cercanas como Moratalla, Agramón y Hellín que comparten con Mula el reconocimiento de patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad por parte de la Unesco, además de su declaración como fiesta de Interés Turístico Internacional. El estruendo marcó a medianoche el inicio de una tamborada que se prolongará hasta las cinco de la tarde de este Miércoles Santo. Un dispositivo de seguridad formado por 160 efectivos de Guardia Civil, Policía Local de Mula y voluntarios de Protección Civil velan desde este martes para que todo transcurra sin incidentes.
Los niños de la Escuela del Tambor con sus repiqueteos dieron paso a la Agrupación Musical Muleña, cuyos integrantes interpretaron la fanfarria ‘Llamada a la tamborada’, una composición de Fernando Belíjar Gómez para instrumentos de viento y metal que sirvió de pistoletazo de salida del estruendo que inundó cada rincón de un pueblo cuya identidad no se entendería sin el inconfundible sonido de un tambor.
El sonido bronco y desigual de los tambores marcó el inicio de una noche mágica que se extenderá más allá de las primeras luces del alba para seguir anunciando que Mula ya vibra de nuevo con los tambores.
Los documentos existentes en el archivo municipal sitúan el inicio de esta fiesta en las dos primeras décadas del siglo XX, aunque hay quienes afirman que ya se celebraba en el siglo XIX, como respuesta y reproche a la normativa de la autoridad.
La denominación de Noche de los Tambores llegó con la creación de la Asociación de Tamboristas de Mula en la década de 1980 y fue utilizado como nombre oficial de la noche a partir de 1995, recogiéndose como tal en el cartel anunciador de ese año.
Rivales en las ‘pánganas’
Antes de las once de la noche del Martes Santo, la plaza del Ayuntamiento comienza a llenarse de muleños que, ataviados con su túnica y tambor, esperan la ansiada tamborada. Es típico que familias y grupos de amigos queden unas horas antes para cenar juntos. El atuendo más clásico, la túnica negra, se acompaña en ocasiones por un pañuelo bordado con el anagrama de la peña o una mochila para llevar lo justo y necesario para las horas que se prolongará la tamborada.
Una de las características de la tamborada muleña son las ‘pánganas’, un espectáculo espontáneo en el que dos tamboristas compiten frente a frente por demostrar quién aguanta más o quién toca mejor.

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