
El ausencia de ruido y la penumbra son habitualmente los protagonistas indiscutibles todos los años de la procesión del Silencio. Pero no todos los días … el último de los cortejos californios tiene a una invitada de excepción entre su público. La visita de la reina emérita fue sin duda el tema de conversación en unas bulliciosas calles de Cartagena que esperaban con ilusión este Jueves Santo la visita real.
Doña Sofía desembarcó en la ciudad por la calle Real. La comitiva que la transportó por carretera bajó frente a la puerta del Arsenal, en la plaza del Rey. donde fue recibida por la alcaldesa, Noelia Arroyo, y el almirante de la base naval, Alejandro Cuerda.
La reina caminó acompañada por las infantas Cristina y Elena por la calle Villamartín, contigua al Palacio de Capitanía. Por allí atravesó tranquila el centro hasta Puerta de Murcia, donde aguardaba ya una multitud alboratada. Muchos ya se esperaban para entonces la pronta llegada de la monarca. La calle, minutos antes, estaba tomada por numeroso personal militar, policial y escoltas con pinganillo. Al paso de Doña Sofía, cartageneros lanzaron espontáneos vivas a la reina.
La monarca visitó la sede de la Cofradía California y los tronos antes de que salieran a las calles desde Santa María de Gracia
Tras atravesar la plaza San Sebastián, Doña Sofía dio con un grupo de los populares ‘judíos’. Los Soldados Romanos formaron frente al callejón Bretau como escolta de bienvenida antes de su llegada a la sede de la Cofradía California, en plena calle del Aire. Todos los vecinos del epicentro procesionista de la ciudad salieron a sus balcones para ver la reina emérita de cerca.
Desde la sede de los encarnados accedió a la iglesia de Santa María de Gracia. Dentro del templo, el hermano mayor californio, Pedro Ayala, guió a la reina emérita por los tronos, entre ellos tallas muy veneradas como el Cristo de los Mineros.
A continuación, la monarca y las infantas cruzaron la calle para entrar a la Real Sociedad Económica de Amigos del País. La entidad cultural presidida por Pedro Negroles ejerce de anfitriona para Doña Sofía. La reina pudo asomarse por primera vez al balcón desde donde ve la salida de las imágenes en esta noche de Semana Santa en la que Cartagena enmudece.
Las luces de las farolas fundieron a negro puntuales, con la reina recogida en el balcón de la Económica. Sin caramelos ni atronadoras y ostentosas marchas, solo el sonido de los tambores, el tintineo de las lágrimas de los hachotes y el zapateo de militares y granaderos fueron los encargados de imprimir solemnidad a tan fúnebre cortejo.
Sin duda es uno de los momentos de mayor recogimiento en la Semana Santa cartagenera. El instante para detenerse en la mirada y la expresión de las tallas, de sentirse apelado en el dolor y acompañar a Cristo hasta su último suspiro.
Salían formados de Santa María de Gracia los capuces negros. Buscando alumbrar el luto con la tenue luz de sus hachotes en el simbólico camino al Calvario. Marcando el paso firme y coordinado con el golpe de sus varas fuertes contra el adoquín.
Al toque de las campanas del templo, fue el primero en cruzar el umbral el trono del Ecce Homo después de que, a la tarde, los ‘judíos’ le hicieran su particular desagravio. Los mismos soldados que acompañaron desde atrás al trono portado en andas por decenas de silentes portapasos.
Viento de refresco
Como en el día en el que Cristo abandonó este mundo, la jornada, que fue calurosa -con más de 20 grados al mediodía- refrescó notablemente al soplo de un suave y constante viento húmedo que coincidió con la salida de los nazarenos californios.
Pero más fuerte se sintió el repicar de las suelas de los zapatos de la Sección de Honores de los granaderos. También los toques para indicar a los portapasos del Cristo de los Mineros que tocaba relajar hombros para, después, continuar su mortificado camino. Siempre escoltados a su vez por un grupo de devotos penitentes con la vela caliente en mano.
En el recorrido que atravesó la calle Mayor, Puerta de Murcia, Santa Florentina, el Parque y la Serreta, el enmudecimiento total solo se veía excepcionalmente roto por algún niño, los movimientos de vajillas en las terrazas y, por supuesto, por las saetas que, desde los balcones, rogaban misericordia al Señor por haber dado muerte a su hijo.
Gran lucimiento tuvo el trono de la Vuelta al Calvario. Sobre el mismo y con el rostro desencajado, la Virgen imploraba al cielo respuesta al motivo de tan sufrida Pasión en las carnes del fruto bendito de su vientre, mientras dos apóstoles trataban de brindarle consuelo y un tercero de ellos sujetaba entre sus manos la humillante corona de espinas.
Para las 21.30 ya la noche estaba plenamente echada y por la calle del Cañón desfilaba el último tercio de capirotes de blanco impoluto. Llorosa, penitentes y alumbrantes no dejaron sola en su duro trance a la Virgen de la Esperanza. Muy bello era su trono, con sus faroles, sus tres hileras de velas prendidas y en su mayor parte copado por un largo manto azul bordado con el anagrama mariano y los escudos de Cartagena y la Cofradía California. En apenas dos horas, las que tardó en salir todo el cortejo de Santa María, Doña Sofía pudo testar una pequeña muestra de lo grandiosa que es la Semana Mayor cartagenera.
Obsequios para la Reina y las infantas
Tanto Doña Sofía como las infantas estuvieron atentas a toda la procesión y se mostraron interesadas en las explicaciones que le dio la alcaldesa y los miembros de la Cofradía. Noelia Arroyo regaló a la reina emérita un pañuelo del Teatro Romano. La monarca, de hecho, ya visitó el yacimiento durante las excavaciones. Además, la regidora también le dio un broche con la imagen de un capitel. Por su parte, las infantas se llevaron un colgante con la Cola de Ballena, la figura junto al antiguo Club de Regatas que recuerda el paso de grandes cetáceos por el puerto. Los californios, asimismo, le impusieron una medalla y la hicieron firmar en el libro de visitas para conservar un recuerdo de tan grata jornada.

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Enlace de origen : Un sobrecogedor cortejo a la altura de una reina en Cartagena