
El trono de la Virgen de la Amargura se recogió repleto de claveles y de rosas y de miles de pétalos que cayeron a … su paso desde que salió en la noche del Viernes Santo de la capilla del Rosario. En cada una de esas flores iba el cariño y las plegarias de las miles de personas que los lanzaron para sentirse más cerca de la Virgen en su única salida procesional, presidida por el Paso Blanco. La talla de Sánchez Lozano, de mirada implorante al cielo, iba mecida por 133 portapasos y lució el manto ideado por Emilio Felices en 1928, que representa el Santo Entierro. Es el que tiene mayor superficie bordada de la Semana Santa de Lorca y está declarado Bien de Interés Cultural, igual que el palio del trono. Fue el colofón del último desfile bíblico pasional, el de la Historia de la Salvación, en el que blancos y azules simbolizaron la muerte de Jesús y el triunfo de la fe. Pusieron en la carrera el esfuerzo de todo un año con una brillante puesta en escena de su valioso y extenso patrimonio en el gran duelo final por ser los mejores. Lo hicieron ante más de 10.000 personas en sus tribunas y otras miles que abarrotaban balcones y ventanas de la avenida Juan Carlos I.
Precedían a la Amargura el patrón de la cofradía, San Juan Evangelista y la santa mujer Verónica, cuyo trono solo llevan mujeres. La procesión incluyó el grupo de la Visión Apocalíptica de San Juan integrado por la caballería formada por diez jinetes que encarnan a personajes históricos que fueron enemigos del cristianismo, como Atila, Alejandro Magno, Perseo y Nerón. La alegoría incluyó los cuatro jinetes del Apocalipsis: la muerte, el hambre, la peste y la guerra, que destacan por sus dramáticas caracterizaciones. Escoltaban la carroza conocida como ‘La Bola’, inspirada en pasajes del Apocalipsis. El gran globo terráqueo que la corona, abierto e incandescente, simbolizó la destrucción y el caos.
La carroza monumental del emperador Constantino I ‘El Grande’, el principal estreno del Paso Blanco este año, representó con contundencia el dominio de la Roma imperial. El emperador, símbolo de la legitimación histórica del cristianismo, iba vestido de blanco con manto púrpura y coronado por una victoria alada. Se situó en el gran espacio escenográfico bajo un arco triunfal que representa la exaltación de la grandeza y la gloria del emperador. Le siguieron seis veloces enganches de cuatro, cinco y seis caballos entre los que se encontraba el emperador Teodosio I ‘El Grande’, que encarnó, por tercer año consecutivo, el presidente de la Comunidad Autónoma, Fernando López Miras, consagrado ya como un consumado auriga del Paso Blanco. Teodosio, que convirtió el cristianismo en la religión oficial del Imperio romano, lució manto rojo con la figura del dios Apolo en el medallón central. Iba acompañado por Octavio César Augusto, Valerio Liciniano Licinio, Valeria Maximila, Constancio Cloro y Aurelio Valerio Majencio.
El gran estreno del Paso Azul fue el carro del Ángel Caído, con una innovadora puesta en escena para completar el grupo del Triunfo del Cristianismo. Representa a Lucifer, como símbolo del mal, y la figura desfiló encadenada sobre una imponente estructura arquitectónica, tirada por siete caballos. Los jinetes encarnaron los pecados capitales. También se pudo ver la carroza renovada del Triunfo del cristianismo con la incorporación de las cuatro virtudes cardinales, que sustituyen a los pecados en su disposición frontal, reforzando el mensaje de la victoria del bien.
La Hermandad de Labradores incluyó en su puesta en escena la icónica carroza de Nerón, uno de los personajes más emblemáticos, que recrea el salón imperial del cruel emperador. También la fastuosa litera de la última faraona egipcia, Cleopatra VII, el personaje femenino más importante del Paso Azul, portada a hombros de un centenar de esclavos, y la princesa Meiamén, acompañada por sus doncellas.
Desfiló altivo en su carro triunfal Julio César y uno de los momentos de mayor espectacularidad estuvo protagonizado por los carros de tiro, con siete enganches a la carrera, en los que llevaban las riendas los emperadores de las dinastías de los Flavios y los Antoninos, para remarcar su autoridad. Los etíopes, también levantaron la grada con sus temerarias acrobacias.
El cortejo religioso del Paso Azul incluyó la sobria representación de la muerte de Jesús con la imagen del Yacente, la talla de José Planes, que desfiló sobre los hombros de 88 portapasos en un cortejo fúnebre con aroma a incienso. Precedió a la Virgen de los Dolores que desató el fervor a su paso mientras se abría paso entre una tupida cortina de pétalos de flores arrojados desde los balcones de la avenida Juan Carlos I. Ambas imágenes están declaradas Bien de Interés Cultural con la categoría de Monumento Nacional.

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