
Hace unas semanas me encontré en nuestra Trimilenaria tomando café con mis amigos Antonio y Mariano, socios de la Peña Atalaya. Compartimos una amena tertulia … tomando unas tostadas – que las hacen de verdadero lujo en La Jijonenca – en la que departimos sobre nuestro ‘Efesé’, nuestra Catedral y algunos temas más de actualidad de nuestra querida Cartagena. Llegó el amigo Régulo y, nada más pedir su «asiático mañanero», nos soltó: «Si las ayudas a la inmigración ilegal se descontaran de las subvenciones a los partidos políticos no pasaban el Estrecho de Gibraltar ni las gaviotas».
Mariano – al que también le encantan las ironías – nos contaba que, tras nuestra partida a mejor vida, los grandes patrimonios suelen quedar sin usar. Nos habló de un importante empresario chino que falleció dejando 900 millones de dólares a su viuda. Ella se casó con… ¡su chófer! El chófer dijo: «Durante años pensé que trabajaba para mí jefe y hoy me doy cuenta de que era él quien trabajaba para mí». La realidad es dura: es mejor vivir mucho tiempo que poseer mucho. Por lo tanto, debemos proteger lo que más valoramos: nuestra salud.
Y, hablando de salud, los estudios científicos concluyen que la risa es muy beneficiosa para la salud física y mental. Actúa como un analgésico natural al liberar endorfinas. Régulo nos comentó que tenemos la oportunidad de reír y disfrutar con ‘Cartagena es Magia’. Los días 10, 11 y 12 de este mes se ofrecerá magia en el parque de los Juncos, la plaza del Icue y la plaza Juan XXIII, para que los ciudadanos la disfrutemos de forma gratuita. El día 10 se celebrará la ‘Gala de Magia de Cerca’ en El Luzzy. Continuará el día 11 con ‘Magia para Adultos’ en Míster Witt y ‘Reto Escapista’ en la plaza del Ayuntamiento. El plato fuerte del festival será la ‘Gran Gala de Campeones’ el día 12 en el auditorio El Batel, donde el ilusionismo alcanzará su máxima expresión con grandes magos. Abelmagia y nuestro Ayuntamiento nos harán pasar «tres días mágicos».
El presidente de la Peña Atalaya, Antonio Cegarra, comentaba las comidas temáticas que celebran habitualmente. Su historia está íntimamente ligada a uno de los momentos más vibrantes del fútbol cartagenero reciente: el ascenso del Fútbol Club Cartagena a Segunda División A en 2009 tras la victoria en Alcoy. Entonces fue cuando un grupo de amigos transformó su pasión compartida en un proyecto común. Aquellos aficionados – que ya coincidían en las fiestas de Carthagineses y Romanos y compartían devoción por el ‘Efesé’ – entendieron que había llegado el momento de fundar una peña de fútbol. El nombre surgió casi de manera espontánea: «¡¡¡Atalaya!!!». Un acierto simbólico ya que el Castillo de la Atalaya ha sido históricamente uno de los baluartes defensivos de Cartagena. La verdad es que la peña se ha consolidado como uno de los colectivos más activos y emblemáticos de la afición albinegra.
Un centenar de socios
En sus inicios la peña reunió 60 socios. Sin embargo, el ascenso y la permanencia del equipo en la categoría de plata impulsaron un notable crecimiento. Durante la etapa en Segunda División la demanda para hacerse peñista fue tal que se estableció un límite de miembros llegando a 160 socios. Con el descenso a Primera Federación, la peña experimentó un ajuste natural en su número de integrantes que actualmente se mantiene en torno al centenar. Una cifra más que notable para una entidad nacida del impulso de unos pocos amigos. Su identidad visual fue un elemento clave. Sus camisetas, sudaderas y gorras incorporan los dos emblemas que representan a la peña: el escudo del ‘Efesé’ y el Castillo de la Atalaya. Un símbolo de permanencia que lucen tanto en casa como en los desplazamientos.
Más allá del apoyo en la grada, la peña ha cultivado un fuerte espíritu de convivencia. Es tradición en los partidos nocturnos acudir con bocadillos – incluso con panes de kilo – que comparten entre los socios. Forman parte de la Federación de Peñas de nuestro club y han participado en congresos de peñas a nivel nacional. Si hay una figura que marcó la historia de la Peña Atalaya y del Estadio Cartagonova fue Juan – conocido por todos como ‘Juanito del Bombo’ – delegado de la peña y referente indiscutible de la animación. Juanito fue mucho más que un aficionado. Era el alma de la peña y, para muchos, de toda la afición. Con su bombo y trompeta acompañaba cada partido, en casa y fuera, desde el pitido inicial hasta el final y sin descanso. Su energía era inagotable. Los peñistas se habituaron a esos decibelios intensos que se convirtieron en banda sonora del Cartagonova.
La peña no limita su actividad a los 90 minutos de juego sino que refuerza el vínculo de sus integrantes reuniéndose en comidas temáticas para hablar en torno al equipo, el próximo rival o la situación deportiva. La última comida se desarrolló en el Txoko José María, un lugar con un encanto especial. Es un rincón gastronómico capitaneado por un tándem compuesto por dos chefs de máximo nivel: ‘Sopli’ y ‘Raseras’. Ambos son unos «grandes entre los grandes» de los fogones. Comparten mesa con sus invitados elaborando cocina local, regional, del resto de España e, incluso, internacional. ‘Sopli’ inició su carrera profesional en 1984 en el Hostal Manolo pasando después por Don Pepe, Miramar y Sacromonte. Aprobó plaza en el Arsenal Militar donde lleva 35 años y, durante 19, fue cocinero de la casa del almirante.
Los dos chefs prepararon un menú muy especial para la peña. Empezaron con unas empanadas gallegas horneadas con un equilibrio perfecto, con un exterior ligeramente crujiente y un interior jugoso y lleno de sabor: unas de xoubas (sardinas) y, otras, de carne. El segundo entrante consistió en unos huevos de codorniz con farinato salmantino, un embutido artesanal elaborado con manteca de cerdo ibérico, pan, pimentón, cebolla, ajo, especias y aguardiente. Un plato soberbio que estuvo acompañado de un tinto de nuestro campo ‘La Cerca’ de uva Merseguera. Como es temporada el chef ‘Raseras’ sorprendió con una ‘calçotada’ de cebolla tierna, blanca y dulce de la zona de Valls (Tarragona), asadas «a llama viva» y envueltas en papel para que termine de cocerse en la propia mesa. Estaban «de diez» con una salsa romescu casera al mismo nivel. El chef ‘Sopli’ nos sorprendió con un plato que lo borda: garbanzos con bacalao y langostinos Pablo Romero de Sanlúcar. Plato que no necesita presentación sino respeto. Elaborado sin artificios para después mojar pan y mancharse los dedos. Hay lugares como este txoko donde se cocina con memoria, sirviendo un lujo de cuchara tradicional de vigilia y regando con un vino de Rías Baixas. Y terminamos con unas torrijas dulces.
Les dejo con esta reflexión: «Está bien celebrar el éxito, pero es más importante prestar atención a las lecciones del fracaso».

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