
Hay momentos en los que la realidad parece deslizarse peligrosamente hacia los territorios que la ciencia ficción lleva décadas explorando. La inestabilidad en el Golfo, … las tensiones sobre el suministro energético y una sensación difusa de fragilidad global invitan a mirar hacia esas obras no como evasión, sino como herramientas de pensamiento.
Dos novelas muy distintas, separadas por tono y ambición, dialogan hoy con una claridad inquietante. Por un lado, ‘Dune’ (1965), de Frank Herbert. Por otro, ‘La carretera’ (2006), de Cormac McCarthy. Entre ambas se despliega un arco especulativo que va desde el control absoluto de la energía hasta su desaparición casi total.
En ‘Dune’, la especia ‘melange’ sostiene un imperio entero. No es solo un recurso valioso. Es el eje de la economía, de la tecnología y del poder político. La dependencia es tan extrema que todo conflicto en torno a su control adquiere una dimensión sistémica. Herbert entendió algo esencial. Cuando una sociedad se articula en torno a una fuente de energía o recurso crítico, su estabilidad queda ligada a él de forma inevitable.
Nuestra realidad no es el planeta Arrakis de los libros de Herbert, pero el paralelismo resulta difícil de ignorar. El sistema energético mundial sigue dominado por los combustibles fósiles. Su alta densidad energética y su versatilidad los han convertido en la base del desarrollo industrial. Sin embargo, su concentración geográfica introduce una vulnerabilidad evidente. Regiones como el golfo Pérsico no solo producen energía, sino que condicionan el equilibrio global. Y ahí es donde ‘Dune’ deja de ser una fantasía lejana para convertirse en una advertencia reconocible.
Si llevamos esa lógica al extremo opuesto, aparece el mundo de ‘La carretera’. En la novela de McCarthy, no hay control de recursos porque prácticamente no quedan recursos. La infraestructura energética ha desaparecido. No hay electricidad, ni combustibles, ni redes logísticas. La energía vuelve a su forma más primitiva, el esfuerzo humano, el fuego, la supervivencia inmediata. Ese contraste es revelador. Entre el monopolio absoluto de la energía y su colapso total se encuentra nuestro presente, tensionado entre la dependencia y la transición.
Las adaptaciones cinematográficas de ambas obras refuerzan esta lectura. ‘Dune’, tanto la versión de David Lynch como la más reciente de Denis Villeneuve, traducen visualmente la centralidad del recurso mostrando un mundo donde cada grano de especia tiene implicaciones políticas y estratégicas. La escala, la solemnidad y la omnipresencia del desierto subrayan esa idea de escasez controlada.
Y ‘The Road (La carretera)’, dirigida por John Hillcoat, opta por la austeridad. La ausencia de energía se convierte en atmósfera. Paisajes grises, ciudades vacías, silencio. No hay espectáculo, solo la constatación de lo que ocurre cuando los sistemas que damos por supuestos dejan de funcionar.
Entre ambas imágenes se dibuja una pregunta incómoda. ¿Qué ocurre cuando una sociedad depende de un sistema energético que no controla completamente y, al mismo tiempo, no ha terminado de construir su alternativa?
La ciencia ofrece una respuesta parcial. Sabemos que los combustibles fósiles siguen siendo predominantes. Sabemos que su uso tiene consecuencias climáticas y geopolíticas. Sabemos también que existen alternativas en desarrollo, desde las energías renovables hasta nuevas formas de almacenamiento. Pero el paso de un modelo a otro no es inmediato ni trivial.
Aquí es donde aparece el reto. Entender la complejidad del sistema energético permite escapar de dos ilusiones opuestas. La primera es la de la seguridad absoluta, la idea de que nada puede fallar. La segunda es la del colapso inevitable, la convicción de que todo está perdido. Ni una ni otra reflejan la realidad.
La incertidumbre que vivimos no es el final de un sistema, sino la transición entre dos modelos. Esa transición genera tensiones, como todas las transformaciones profundas que han ocurrido en la historia de la ciencia y la tecnología.
La diferencia con estas distopías es fundamental. En ellas, el margen de acción suele haber desaparecido. En nuestro caso, todavía existe.
No vivimos en Arrakis, ni caminamos por las cenizas de ‘The Road’. Vivimos en un mundo que aún dispone de conocimiento, de tecnología y de capacidad de decisión. Y precisamente por eso, el futuro no está escrito.
Como advertía el gran Ray Bradbury, «no intentamos predecir el futuro, intentamos evitarlo». Tal vez esa sea también la función más profunda de la ciencia y de la propia ciencia ficción. No ofrecernos visiones inevitables, sino escenarios que nos obligan a pensar, a anticipar y, sobre todo, a decidir. Entre Arrakis y las cenizas no hay un destino escrito. Hay advertencias. Y todavía estamos a tiempo de entenderlas.

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