
Ya advertía el evangelista Mateo que «Cristo ha resucitado y nos espera en Galilea», el lugar donde empezó toda la historia de la salvación cristiana. … No conocía el ilustre apóstol que en Murcia, sin necesidad de emprender tan largo viaje, muchos nazarenos podían experimentar lo mismo con solo plantarse a las puertas de la parroquial de Santa Eulalia, a las ocho en punto de la mañana, para sumarse a la última y festiva procesión de nuestra Semana Santa: el cortejo de la Archicofradía del Resucitado.
Como ha ocurrido a lo largo de todos estos días de devoción y fiesta, el clima volvió a ser el más perfecto para que la cofradía hiciera su estación, ya no de penitencia, sino de Gloria. Cielos despejados, esa luz que en Murcia llega a respirarse, el termómetro en los grados justos y el sol iluminando la belleza de los pasos.
Como en el resto de procesiones, una legión de murcianos y turistas ocupó las sillas de la carrera, con mucha más afluencia de público que otros años. Muchos de ellos empalmaron las vigilias pascuales celebradas de madrugada en sus parroquias, sobre todo miembros del Camino de Neocatecumenal, para sumarse a la alegría del Resucitado por las calles por donde, apenas hacía unas horas, andaba el Cristo Yacente en absoluta marcialidad y recogimiento. La Semana Santa, como este domingo volvió a constatarse en la ciudad, parece vivir un tiempo de esplendor, con incontables incorporaciones de jóvenes que demuestran el mismo cariño y dedicación que sus padres y abuelos.
La ciudad volvió a convertirse en una algarabía de gentes que atestaban las calles para ver esa procesión donde, otra sabrosa dualidad murciana, hasta el obispo bendice el paso del demonio, ya derrotado y encadenado por niños que no le temen. Como tampoco temían los hosteleros no hacer caja en una jornada tan soleada. Lleno total y reservas hasta la bandera. Sin contar que las peñas huertanas abren también sus barracas e inauguran su semana con más comensales que cañas tiene un cañizo.
No hace tantos años, el entonces pregonero de Cierre, José María Falgas, sentenció en una frase una verdad que cada año, sea uno creyente o lo que sea, se cumple: «No hay lugar en el mundo donde se viva mejor la Resurrección». Lo mismo recordó el pregonero de este año, el vicario general Juan Tudela, al afirmar cómo esta urbe sabe, desde el ya lejano Viernes del Amparo, que la historia de la Pasión acaba bien. El saludo ya tradicional se repetía entre el público: «Cristo ha resucitado». A lo que se respondía: «Verdaderamente ha resucitado». Otros, más castizos, preferían saludar: «Feliz Pascua». Cuarenta días quedan para que lo sea.
Y así, en este año en que la lluvia ni estaba ni se la esperaba, fue pasando la mañana del Resucitado, entre una procesión grande con todos sus avíos cofrades, bandas que proclamaban pasodobles y trasiego de murcianos en los bares, las primeras parrandas en las peñas huertanas y una luz tan clara, tan transparente que blanqueaba y que, además de respirarse, casi podía olerse: ahora sí, es primavera de verdad en Murcia.

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