
Es una historia digna de las novelas de espías de John le Carré o las de detectives de Georges Simenon. Contiene algunos elementos tan prototípicos – … el rol preponderante de la masonería– que harían de ella un mal guion de ficción. Pero se trata de una historia real y uno de los principales casos que juzgan durante esta primavera en el Tribunal de París. El 30 de marzo empezó el juicio del ‘caso Athanor’, nombre de una extinta logia de francmasones de la región parisina de la que formaban parte varios de los implicados en esta espeluznante trama.
Hasta 22 personas son acusadas de haber participado en esta red criminal, responsable del asesinato del piloto de rally Laurent Pasquali en 2018 y de un intento de homicidio dos años después. Entre los implicados hay cuatro militares que pertenecieron a la Dirección General de la Seguridad Exterior (DGSE) –el equivalente francés de la CIA–, espías de la Dirección General de la Seguridad Interior (DGSI) -el FBI galo– y varios empresarios. Los impulsores de la trama formaban parte de la logia Athanor, pero no todos los implicados pertenecían a la francmasonería. En concreto, los acusan de haber organizado asesinatos, palizas o extorsiones a cambio de dinero.
«Como estar en Rusia»
La Policía francesa descubrió este sorprendente caso a partir de un hecho fortuito el verano de 2020. El 24 de julio de ese año, un habitante de Créteil, al suroeste de París, les avisó que había visto a dos hombres vestidos de negro y con la cabeza cubierta dentro de un vehículo. Alertó a las fuerzas de seguridad, ya que temía que cometieran un atentado en la guardería donde había dejado a su hija. De hecho, iban armados con pistolas. Pero, en realidad, no corría peligro la vida de los pequeños, sino de la empresaria en el sector del ‘coaching’ Marie-Hélène Dini.
«Tuve la impresión de estar en Rusia. Como si me hubiera visto involucrada, sin quererlo, en una historia de mafiosos. Es un caso que muestra la sed de poder y todo aquello que estamos dispuestos a hacer por dinero», explicó recientemente al diario ‘Le Monde’ Dini, que entonces presidía el sindicato de los profesionales del sector del entrenamiento personal. Tras sufrir ese intento de asesinato, ella vivió varios meses bajo protección policial, padeció un cáncer y decidió mudarse de la región de París. Es una de las pocas víctimas de este ‘affaire’ que asiste a las audiencias.
Cuando detuvieron a los dos hombres vestidos de negro, los policías supieron rápidamente que se trataba de miembros de la DGSE. Les dijeron que tenían como misión liquidarla, porque ella era una espía del Mosad, algo que resultó ser completamente falso. A partir de su detención, los investigadores descubrieron una trama tentacular en la cúspide de la cual había tres hombres. Todos ellos se habían conocido en la logia Athanor.
Uno de ellos era Jean-Luc Bagur, también empresario del sector del ‘coaching’ y que deseaba la muerte de Dini porque estaba enfrentado con ella por un tema profesional. Otro de los cabecillas se llamaba Daniel Beaulieu, un espía jubilado de la DGSI que utilizaba sus contactos para reclutar a ejecutores en las filas de la Policía o el Ejército –para ello contaba con intermediarios como Yannick Pham, exmiembro de los servicios de inteligencia–; y el tercero era Frédéric Vaglio, un experiodista reconvertido en empresario de la seguridad privada que se encargaba de gestionar los ‘contratos’ de las personadas adineradas que pedían los servicios de la banda de Athanor. El precio por matar a alguien oscilaba entre 50.000 y 75.000 euros.
Una deuda de 100.000 euros
De momento, solo se tiene constancia que esa red cometió un homicidio voluntario. Fue en 2018, cuando mataron al piloto francés Pasquali, que había ganado en 2011 el campeonato de rally de Francia. Lo asesinaron después de que una pareja, a la que Pasquali debía 100.000 euros, hubiera contratado los servicios de esa red delictiva. Aunque lo mataron cerca de su domicilio en la región parisina, escondieron el cadáver en un bosque a centenares de kilómetros de distancia cerca de Lyon, donde fue hallado por casualidad por un recolector de setas.
Además de la ejecución del piloto de rally, el grupo Athanor había recibido el encargo de asesinar a un sindicalista de la CGT, y exmilitante de los chalecos amarillos, que incomodaba a los propietarios de una fábrica de plásticos en el este del territorio galo. También había dado palizas a cargo e incendiado un vehículo y esparcido ratas muertas delante del domicilio de una pareja de homosexuales que eran competencia empresarial de uno de los contactos de esa banda.
Esta sulfurosa trama deja en mal lugar la discreción y la camaradería que caracterizan la francmasonería, aunque las fechorías de los acusados no son para nada representativas de todos sus miembros. Con unos 160.000 integrantes en la actualidad, Francia es el segundo país en el mundo, solo por detrás de Estados Unidos, con una mayor implantación de esta histórica organización que practica la filantropía. Una solidaridad que algunos de los implicados en este caso confundieron con la falta de escrúpulos y la matonería. Hasta 13 de ellos podrían ser condenados con una pena equivalente a la cadena perpetua. La sentencia está prevista para el 17 de julio.

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