
Dedicarse a escribir, a pintar, a crear esculturas o a reflexionar de un modo filosófico sobre el origen de la existencia ha sido, desde tiempos … muy remotos, un lujo al alcance de muy pocos. Cuando pensábamos que esa limitación había quedado atrás, la Universidad de Cambridge acaba de demostrar que no es así. La presión social y familiar aleja a los alumnos de familias humildes de las carreras creativas.
Esa es una de las principales conclusiones que se derivan del estudio ‘Itinerarios académicos creativos y desigualdades en el Reino Unido’, que la prestigiosa universidad británica ha realizado junto a la Fundación Nuffield. No es una simple encuesta, es el resultado del análisis de los registros educativos de 1,7 millones de alumnos. «Dibuja un panorama donde las aspiraciones creativas se ven truncadas por un consenso social que prioriza las materias consideradas académicas por encima de la vocación», según los investigadores.
4
%
de los chavales de 14 años que muestran interés por itinerarios creativos acaba empleado en estos sectores.
Y esto no pasa solo en Reino Unido. Los resultados de la investigación son extrapolables a todo el mundo. Tampoco es algo nuevo. Al contrario, ya en la sociedad medieval las actividades culturales y artísticas se consideraban ociosas y la carga de trabajo era tan descomunal que el tiempo libre casi no existía. Aquella nobleza que se enorgullecía de no trabajar y quienes habían elegido la vida contemplativa en los monasterios eran los únicos sectores de la población que podían dedicar tiempo a esas tareas. Los demás tenían que centrarse en tajos que, a duras penas, les permitían llevarse un plato a la boca.
Estudiar, seguir haciéndolo más allá de la más tierna niñez, fue un síntoma de estatus hasta hace un par de generaciones. Brillantes estudiantes abandonaron la escuela para ayudar a sus padres. Luego, dejó de serlo, pero, ahora el fenómeno regresa como si de un bumerán se tratase. ¿Es cuestión de dinero? ¿Han cambiado nuestros gustos? Vamos al detalle.
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No nos gusta el riesgo
La investigación recalca el papel que juega «el entorno más cercano, que moldea las decisiones del alumno». Cuando las familias ven que «esos jóvenes disfrutan de las actividades creativas suelen aconsejarles que prioricen las materias científicas o técnicas». ¿La razón? Que ser artista sigue siendo sinónimo de pocos ingresos.
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Los sueldos, más bajos
Tanto es así, lo de los ingresos, que muchos estudiantes de familias favorecidas que sí eligen vocaciones artísticas no acaban en ellos de adultos. Según los investigadores, tiene que ver con que esos trabajos no les satisfacen del todo o que gozan de otras oportunidades. El caso es que muchos de ellos abandonan esos puestos salvo que estén vinculados a la enseñanza universitaria, donde están garantizados los sueldos altos.
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Menos opciones para ellas
La elección de las materias que conducen a dedicarse a las artes va cayendo etapa tras etapa y de forma más pronunciada entre las alumnas. Ellas notan «más resistencia familiar», lo que «les obliga a demostrar sus aptitudes de forma reiterada antes de que se sientan apoyadas». «Los jóvenes de familias de bajos ingresos –y especialmente las niñas– tienen menos probabilidades de llegar al punto en el que estudiar algo creativo sea siquiera una opción», concreta Sonia Ilie, profesora de la Facultad de Educación en Cambridge y directora del estudio.
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Un fenómeno en forma de U
Aunque el descenso en la elección de estas materias es constante según avanzan los cursos, se observa un fenómeno en forma de U. Entre los 13 y los 14 años las artes puntúan alto entre sus gustos. Luego, cuando toca empezar a elegir el itinerario educativo, caen. Y regresan más tarde. ¿Quién no se ha apuntado a clases de pintura en su tiempo libre cuando ya ha formado una familia? El motivo es esa influencia de los padres y el entorno cuando toca tomar las decisiones importantes.
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Una inversión difícil
Hay más parámetros que confirman el alejamiento de las artes. No es solo una cuestión de futuro incierto. El estudio también muestra diferencias por barrios, según la renta, etc. Y al tener menos dinero para todo, también hay mayores dificultades para costearse las prácticas no remuneradas o para crear un portfolio que muestre el talento personal. Ambas cosas son el primer paso para hacerse un hueco en el mundillo creativo.
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Menos oportunidades en FP
El estudio constata también que los alumnos de FP de materias creativas no disfrutan de las mismas oportunidades laborales que los universitarios de la misma rama. Ni siquiera cuando sus notas son brillantes.
El entorno social condiciona el nivel de esfuerzo
La Universidad Carlos III ha demostrado en otra investigación reciente que el origen social condiciona la capacidad de esfuerzo de los alumnos. Publicado en la American Sociological Review, el estudio mostraba que los niños y jóvenes de familias privilegiadas presentaban «un mayor esfuerzo cognitivo» que los de entornos desfavorecidos, sobre todo cuando no existe recompensa y la motivación es puramente intrínseca. Los rasgos de personalidad o la inteligencia de los niños no explican estas diferencias, según los autores. Sus hallazgos apuntan, en cambio, a que los recursos familiares disponibles y el nivel de seguridad que experimentan los niños en su vida cotidiana juegan un papel fundamental en este aspecto.

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