
Los emperadores romanos lo llamaban ‘momentum’, y el aspirante emperador del siglo XXI, Donald Trump, resumió el concepto en una frase: «Podría disparar a la … gente en la Quinta Avenida y no perdería ni un voto». Nadie en Vox ha utilizado nunca una frase similar a la de su socio norteamericano, pero el partido de Santiago Abascal también vivió hasta hace unas semanas en estado de gracia. «Nos sale todo», celebraban entonces en Bambú, sede de la formación. Las elecciones de Extremadura y Aragón mostraban la fortaleza de Vox, que presumía de éxitos en las urnas, de unidad interna y de socios internacionales. Y sobre todo, sus mensajes, centrados en la inmigración, llegaban a los electores.
Pero algo cambió con los comicios de Castilla y León: las expectativas eran tan altas que un buen resultado supo a poco. Ni el PP, su competidor en la derecha, cree que Vox esté sumido en la crisis, pero en el círculo más cercano a Abascal acusan a Génova de utilizar sus «terminales mediáticas» para extender la especie de que atraviesan un mal momento. Es un «ataque brutal, calumnioso y miserable», considera el secretario de Organización, Ignacio Garriga, que tuvo que enviar una carta a los militantes para levantar el ánimo. En la formación están convencidos de que el PP trata de erosionarlos con filtraciones y encuestas que siempre acaban en el mismo titular: «frenazo de Vox». «Quizá estemos ralentizando nuestro crecimiento», conceden en Bambú, «pero eso no es morir». Y como prueba, esgrimen datos, como el aumento del número de afiliados y la sensación de las calles, donde se quiere «mucho más de Vox». Aun así, las señales de alarma se acumulan en un partido al que hasta hace nada todo le funcionaba.
Decepción electoral
La secuencia es casi perfecta. En Extremadura, Vox logró el 16,9% de los votos en las elecciones del 21 de diciembre. En Aragón, el 17,9% el 8 de febrero. Y en Castilla y León, el 18,9% el 15 de marzo. Pero en esta comunidad Vox aspiraba por primera vez en su historia a superar el 20%. Quedarse a un punto y subir solo un escaño (de 13 a 14) causó una cierta decepción. Las elecciones andaluzas serán una prueba esclarecedora: si el partido sube en escaños y el popular Juanma Moreno los necesita para gobernar, Vox declarará otra vez el estado de optimismo. Si no, las dudas en Bambú pueden crecer.
Guerras internas
Frente las 17 baronías del PP y a las divisiones del PSOE, Vox se ha mostrado orgulloso de su unidad, con Abascal como principio y fin. Incluso las salidas de sus rostros más mediáticos, como Iván Espinosa de los Monteros o Juan García-Gallardo, parecían haberse resuelto sin daños graves, tapados por los éxitos electorales. Pero la lista de damnificados ha crecido mucho en los últimos meses: los fundadores Javier Ortega Smith e Ignacio Ansaldo, el murciano José Ángel Antelo, el exdiputado Juan Luis Steegmann y dirigentes de su organización juvenil afín Revuelta, como Pablo González-Gasca.
Y sobre todo, el fuego cruzado toca ya a Abascal, al que García-Gallardo acusó de embolsarse «un tercer sueldo» de 60.000 euros «a través de un proveedor, en la cuenta corriente de su mujer», la influencer Lidia Bedman, «por unos presuntos servicios de consultoría». La dirección del partido ha elegido la mano dura contra los disidentes, que a su vez, encabezados por Espinosa de los Monteros, han puesto en marcha una campaña para la celebración de un congreso extraordinario que busque definir las líneas ideológicas del partido. Porque ahí también se ha abierto un debate.
¿Obreristas o neoliberales?
Vox se define como un partido conservador y patriota, pero se puede ser conservador y patriota de formas diferentes. Durante muchos años, en su seno operó la rama más liberal (o neoliberal) de Espinosa de los Monteros, pero en el último año, la extrema derecha ha dado un giro hacia el ‘obrerismo’ para acercarse a las periferias y a los barrios humildes, donde han encontrado un gran caladero electoral. Vox es ahora más lepenista y Carlos H. Quero, figura emergente, encarna este nuevo ideal con su discurso contra la ‘miamización’ de las ciudades y su prioridad nacional frente a la inmigración y, en concreto, los inversores extranjeros. Mientras, Espinosa de los Monteros reclama el congreso extraordinario para efectuar «una revisión completa de la arquitectura interna» del partido y recuperar sus principios liberales en vez de escorarse hacia el «estatalismo».
Alianzas internacionales
Donald Trump no ha tenido en Europa un aliado más fiel que Vox. Mientras la francesa Marine Le Pen y la italiana Georgia Meloni marcaban distancias con el presidente de Estados Unidos por la guerra de Irán, Santiago Abascal ha cerrado filas con la acción militar de Trump, que ha calificado como una «gran esperanza» a la vez que ha criticado al Gobierno por aliarse con las teocracias. Pero el conflicto de Irán se empantana y el ‘no a la guerra’ ha colocado en una posición incómoda a Vox, un partido soberanista que sin embargo, aboga por permitir el uso de las bases.
Otro punto de interés es Hungría, donde el gran soporte de Abascal, Viktor Orbán, se juega este domingo su reelección con las encuestas en contra. Una derrota de Orbán, al que el líder de Vox ha apoyado durante la campaña electoral, supondría un nuevo revés para la formación de derecha radical.

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