De buena pata

De buena pata

El trasiego jamonero se remonta a tiempos lejanos. Dos siglos antes de Cristo, Marco Porcio Catón facilitaba la receta para salar y curar jamones. En su obra ‘De re rustica’, explicaba cómo tratar los perniles. Después tuvieron altibajos con la presencia de moros y judíos. Para ellos, condumio que tuviera carne de cerdo era «yantar de marranos», no porque los cristianos fueran sucios, sino porque marrano, del árabe «mahran», significaba «cosa prohibida». Otros dicen que proviene del arameo «marenate», renegado. El cochino, con perdón, estaba vetado en sus mesas. Y no por cuestiones sanitarias, sino creencias religiosas. Los cerdos comían de todo, incluso reptiles, animales que encarnaban al diablo, y su carne podía endemoniar a los comensales.

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