Una semana de la guerra «que podría salirse de control»

Una semana de la guerra «que podría salirse de control»

Sábado, 7 de marzo 2026, 19:32

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La segunda semana de guerra en Oriente Medio arranca inmersa en una macabra rutina: Estados Unidos e Israel atacan objetivos en Irán y el país persa responde con el lanzamiento de misiles balísticos y drones contra los países vecinos en los que el enemigo cuenta con bases militares, extendiendo las hostilidades a una docena de Estados. Consciente del peligro que entraña esa estrategia, Teherán se disculpó este sábado ante sus vecinos del Golfo Pérsico y prometió no agredirlos más, «a menos que un ataque contra Irán se origine en esos países». Lo que no aclaró es si albergar bases de EE UU es justificación suficiente para disparar.

En cualquier caso, esta es una partida en la que solo valen los órdagos: Donald Trump cierra la vía diplomática con la exigencia de una capitulación total y Masuz Pezeshkian, consciente de que este es un conflicto existencial para el régimen de los ayatolás, responde que morirá matando. «Los enemigos se llevarán a la tumba su deseo de que el pueblo iraní se rinda», sentenció. Y Trump subió la apuesta: «Se está considerando seriamente la destrucción total y muerte segura de grupos de personas que hasta ahora no se habían considerado como objetivo», escribió en Truth Social, donde prometió continuar «golpeando duro».

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Mientras tanto, como siempre, la población es la principal víctima: el número de fallecidos durante la primera semana de ataques supera los 1.500. «Los ataques ilegales en Oriente Medio y más allá están causando tremendo sufrimiento y daño a los civiles y plantean un grave riesgo para la economía mundial. La situación podría salirse del control de cualquiera», advirtió el viernes el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres. Muchos analistas están convencidos de que estos son los primeros compases de la Tercera Guerra Mundial.

Un conflicto eterno

Para entender las chispas que han prendido esta guerra hay que remontarse como poco al inicio del siglo. Concretamente, al 11-S. Porque fue después de aquellos atentados cuando el entonces presidente, George W. Bush, mencionó por primera vez a Irán como parte del ‘eje del mal’. Y eso a pesar de que Teherán, con la que mantenía una relación tensa desde que en 1979 triunfó la revolución islámica y derrocó la dinastía Pahlavi, le había proporcionado ayuda contra los talibanes en Afganistán. Pero en 2002 se descubrieron dos instalaciones nucleares que estaban fuera del radar del Organismo Internacional de la Energia Atómica –Natanz y Arak– y, en su discurso del Estado de la Unión, Bush acusó al régimen islámico de «buscar de forma agresiva el desarrollo de armas de destrucción masiva y de exportar el terrorismo mientras unos pocos reprimen la esperanza de libertad del pueblo iraní».

1.524
civiles

han fallecido en la primera semana del conflicto entre la coalición formada por Israel y Estados Unidos e Irán. 1.230 han fallecido en la república islámica y al menos 294 en Líbano, donde también se han incrementado los ataques.

No obstante, las aguas volvieron a su cauce hasta 2009, cuando se descubrieron las instalaciones de Fordó, que Barack Obama denominó como «inconsistentes con un programa nuclear pacífico». Después de un lustro de tira y afloja, dentro del marco de Naciones Unidas se firmó el Plan de Acción Conjunta que desembocó en el acuerdo de 2015 que levantaba sanciones económicas a cambio de la promesa de que Irán no enriquecería uranio por encima del 3,7%, el umbral para uso civil, durante 15 años.

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Pero luego llegó Donald Trump. Y en 2018 decidió retirarse del acuerdo, reinstaurar las sanciones y abocar un asunto que parecía encauzado al estallido. Además añadió a la Guardia Revolucionaria a la lista de organizaciones terroristas –la primera vez que sucedía con un organismo gubernamental– y en 2020 asesinó con un dron al General Sulemaini en Irak. Joe Biden fue incapaz de reconducir las negociaciones para retomar el acuerdo durante su mandato y era solo cuestión de tiempo que ‘Trump 2.0’ recurriese a la violencia.

El primer disparo

Lo hizo primero en junio del año pasado, cuando inició junto a su fiel aliado israelí, Benjamín Netanyahu, lo que ahora se conoce como la Guerra de los Doce Días, una campaña de bombardeos destinada a «destrozar por completo» las infraestructuras nucleares del régimen, incluidas Natanz y Fordó. Concluyeron así las negociaciones que Trump había propuesto para redactar un nuevo acuerdo que ha vuelto a estar sobre la mesa este mismo año. Aunque las negociaciones de febrero en Ginebra se describieron como «productivas» y Teherán apreciaba avances, el líder republicano afirmó que «no iban a ninguna parte» y decidió lanzar su ‘Furia Épica’ para abrir una guerra de consecuencias impredecibles.


Un padre levanta el cadáver de su hija, de dos años, muerta en un ataque de EE UU contra Teherán.


Reuters

Las operaciones arrancaron la madrugada del sábado de la semana pasada con tres objetivos que Karoline Leavitt, portavoz de la Casa Blanca, enumeró el jueves: «Destruir el arsenal de misiles de Irán, acabar con su fuerza naval, y asegurar que jamás pueda desarrollar una bomba atómica». Aunque Trump reconoce que los ayatolás no son de su gusto, Leavitt afirmó que un cambio de régimen no es su meta.

Eso sí, el Líder Supremo Alí Jamenei fue la primera pieza en caer. Y con él pereció gran parte de la cúpula del poder persa. En un primer momento, Teherán se resistió a reconocerlo, pero acabó rindiéndose a la evidencia. No en vano, fue la información de Inteligencia que apuntaba a una reunión de los dirigentes lo que aparentemente decidió que se comenzase a apretar el gatillo.

Las fuerzas hebreas fueron las primeras en abrir fuego en un «ataque preventivo para neutralizar amenazas iraníes». Estados Unidos, que había completado su abrumador despliegue militar con la llegada a Israel del portaaviones USS Gerald Ford se sumó poco después con misiles Tomahawk lanzados desde buques en la región. Ya no había vuelta atrás.

La incógnita estaba en cómo de violenta sería la respuesta iraní. Y no defraudó a quienes se temían lo peor. Las bases de Estados Unidos en el Golfo Pérsico fueron el principal objetivo, pero también la infraestructura energética de países como Arabia Saudí o Baréin, así como las principales ciudades de Catar o Emiratos Árabes Unidos, donde se vivieron escenas de terror entre residentes y turistas, que grababan desde la piscina cómo los interceptores estadounidenses destruían en el cielo los misiles persas. Algunos sí que dieron en el blanco.


Inforgrafía del complejo gubernamental iraní destruido por Israel.


EFE

Algo similar sucedió en Israel, donde la población ha pasado esta semana entrando y saliendo de los refugios. No obstante, a pesar de que Irán asegura que aún cuenta con proyectiles de última generación en su arsenal, lo cierto es que la intensidad de sus ataques ha ido reduciéndose cada día, lo cual hace pensar a los analistas que está agotando las existencias y que los ataques de los aliados están haciendo diana donde más duele.

Pero también han cometido errores, como el bombardeo de una escuela de niñas en Minab, donde más de 150 personas perdieron la vida. Lo está investigando el Pentágono, pero en la Casa Blanca rezan solo por los seis soldados estadounidenses caídos en combate hasta ahora. «Habrá más bajas», avanza Trump, cuyo Ejecutivo asegura que no sufre la escasez de munición a la que apuntan diferentes informes.

Mientras tanto, el pasado miércoles el régimen iraní no fue capaz de organizar el funeral de Jamenei, oficialmente porque temía por la seguridad de la muchedumbre que se esperaba, y tampoco ha elegido un sucesor. De momento, el nombre que suena con más fuerza para ocupar el sillón del Líder Supremo es el de Mojtaba Jamenei, el segundo hijo de Alí. Si se consuma, el régimen no solo sería una república islámica, también se convertiría en una dinastía hereditaria como la de Corea del Norte. Y este Jamenei llegaría con una diana en la cabeza, porque Israel prometió matar al próximo mandatario y este sábado atacó a Mojtaba, que sobrevivió con heridas leves, según fuentes hebreas.

Grandes incógnitas

Los primeros días de la guerra han estado marcados también por la extensión del conflicto a diferentes países. Misiles y drones han llegado a Azerbaiyán e Irak, donde los kurdos se plantean sumarse a Washington y Tel Aviv en su lucha contra el régimen islámico. Dentro de Irán, sin embargo, grupos antes contrarios a los ayatolás ahora muestran lealtad a la Guardia Revolucionaria. Todo ello demuestra que este conflicto puede convertirse en una pieza clave de la gran transformación que está viviendo esta década el orden geopolítico global, con un hegemón en decadencia y otro en auge.

Aunque el secretario de Guerra, Pete Hegseth, lo niega, no son pocos los que engloban estos ataques en una estrategia más amplia de Estados Unidos para debilitar a China: primero fue Venezuela, ahora Irán. El gigante asiático adquiría combustibles a ambos, razón por la que ahora dependerá más de Rusia en ese ámbito. Sin embargo, Pekín calla, salvo para condenar acciones contrarias a la legislación internacional. Los dirigentes comunistas esperan, porque aún quedan demasiadas incógnitas sin despejar.

Pero, según afirmó la cadena CNN el viernes, Estados Unidos teme que China termine involucrándose suministrando equipamiento y armas a Irán. Curiosamente, Taiwán ha informado de que, por primera vez en mucho tiempo, no ha sufrido incursiones aéreas chinas en su territorio durante siete días seguidos, precisamente desde que comenzó la guerra. Coincide también con la reunión del Partido Comunista para determinar el rumbo del país y establecer un objetivo de crecimiento, que es el menor desde 1991: entre el 4,5% y el 5%, reflejo de las turbulencias globales.

Una victoria rápida

A corto plazo, la segunda potencia mundial tiene poco que temer. «Pero un período prolongado de agitación e inseguridad en Oriente Medio afectará a otras regiones importantes para China. Las economías africanas, por ejemplo, se han beneficiado de flujos sustanciales y constantes de capital del Golfo. Si la marea inversora disminuye, se corre el riesgo de una mayor inestabilidad que socava la sostenibilidad de los intereses más amplios y a largo plazo de China», analiza Philip Shetler-Jones, del Royal United Services Institute, en declaraciones a la BBC. Por eso, si finalmente se materializa, la visita de Trump a Pekín este mes será de especial relevancia.

Es evidente que tanto al mandatario estadounidense como a Benjamín Netanyahu les interesa una victoria rápida. El judío ha afirmado que sus efectivos están preparados para operaciones durante dos semanas más; el republicano, por su parte, asegura que estará «el tiempo que haga falta», pero la Casa Blanca previó el viernes que sean entre cuatro y seis semanas. A partir de ahí, puede resultar difícil justificar las operaciones. Al fin y al cabo, Trump se enfrentará en noviembre a las elecciones de medio mandato que, si se cumplen los pronósticos, le darán una sonora bofetada que podría incluso materializar su mayor pesadilla: el ‘impeachment’.

Ucrania se le ha atragantado a Trump y los líderes iraníes quieren que en Oriente Medio le suceda lo mismo. El secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Ali Larijani, asegura que están preparados para «una guerra larga». Lo contrario de lo que Trump había prometido a sus seguidores MAGA. Y muchos no se lo perdonan.

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