
Hace quince años, dos terremotos sacudieron Lorca. Me tocó vivir aquella tragedia como director de gestión del hospital Rafael Méndez. Y hoy no puedo evitar … enlazar aquel episodio dramático con el golpe que toda la familia del Partido Popular, la ciudad de Murcia y toda la Región hemos sufrido con el fallecimiento de nuestro alcalde eterno, José Ballesta.
Porque hace ya tres lustros tuve la oportunidad de recorrer aquellas calles lorquinas, envueltas en una nube de polvo y rodeadas de enormes montañas de escombros, precisamente junto a José Ballesta, entonces consejero de Obras Públicas. Me impactó profundamente su reacción ante la magnitud del desastre: lloraba sin consuelo. Es un recuerdo que he conservado intacto todos estos años porque reflejaba a la perfección su enorme humanidad, su empatía y su sensibilidad.
El alcalde Ballesta ha dejado una huella profunda, una impronta propia, en todos y cada uno de los ámbitos profesionales por los que pasó: desde el Rectorado hasta las distintas responsabilidades de Gobierno y, especialmente, como alcalde de Murcia. Yo puedo hablar de lo que he conocido de cerca: de todo lo que aportó para hacer mejor al Partido Popular y, sobre todo, de su empeño constante por proyectar Murcia al exterior como una ciudad cosmopolita, abierta, viva y alegre; una ciudad donde se respira y se siente felicidad.
Ha sido un alcalde de calle, de pisar asfalto, de estrechar manos y mantener el contacto permanente con los vecinos. Un servidor público entregado las 24 horas del día a una vocación que ejerció con honestidad, ejemplaridad y unos valores éticos que hoy, en demasiadas ocasiones, se echan de menos en la política.
Los murcianos podremos contemplar su legado cada día en proyectos y actuaciones que han transformado Murcia en un municipio mejor y más grande. Pero su gran obra no está solo en las infraestructuras o en las iniciativas que impulsó, sino en lo que deja en todos y cada uno de nosotros: ese poso de humanidad, esa manera de ir más allá de lo que un alcalde está obligado a hacer por sus vecinos.
Y la mejor prueba del cariño que despertó queda reflejada en las largas colas de ciudadanos anónimos que se han acercado a la Glorieta para despedirlo.
Yo he tenido la suerte de aprender mucho de él, tanto en lo personal como en lo político. He escuchado sus consejos y he intentado copiar su manera de ejercer la política: escuchando a todos, con generosidad y sin estridencias. También aprendí de su cercanía. Ballesta se entregaba con la misma pasión a un discurso en un aula magna que a un mitin en una pedanía murciana.
Y si hay algo en lo que ha sido un ejemplo hasta el final es en la manera en la que se ha ido. Su última gota de vitalidad se la entregó a Murcia. Ejerció hasta el último momento, demostrando así la inmensa pasión y el profundo amor que sentía por su ciudad.
En un momento como el que vivimos, la sociedad necesita muchos alcaldes Ballesta. Para todos ha sido un orgullo tenerlo entre nosotros y, especialmente, debe de serlo para su familia.

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Enlace de origen : El alcalde eterno