Me aproximo a Villa Torlonia, perteneció a la familia Pamphilij y posteriormente a los Colonna; su jardín es hermoso. Una niña pisa el césped y … pasea entre sus árboles, pino de Alepo, cedro del Líbano, castaños y plantas exóticas. Cedida como residencia a Benito Mussolini en 1925, a este no le importó que unos años antes, en 1919, se hubiese descubierto un cementerio judío en la zona noroeste. Tras su muerte, los altos mandos angloamericanos la ocuparon hasta 1947. Treinta años más tarde pasó a propiedad del Ayuntamiento de Roma. Hoy es un museo con salas temporales. Desde hace dos años es visitable el búnker del Duce.
Pero no es esa historia lo que venimos a ver. Estamos aquí para contemplar algo más bello y etéreo, la exposición de la obra de Pedro Cano alusiva en gran parte a esta ciudad. Arduo trabajo para los organizadores por la gran dedicación del pintor de Blanca a la urbe donde ha vivido décadas.
El complejo de Villa Torlonia incluye diferentes edificios: Casino Nobile, Casina delle Civette, Casino dei Principi, además de La Limonaia y el Teatro. En el Casino dei Principi, construcción de dos alturas, color crema y vainilla, se halla la exposición.
A la entrada de este edificio dos esfinges, leona alada sentada sobre su parte posterior con cabeza y pecho de mujer, se anteponen vigilantes a los cinco peldaños que llevan a la puerta con pórtico y dos columnas. Un cartel con Castel Sant’Angelo y un niño en cuclillas anuncia la Mostra. Subo los escalones y al entrar veo un panel con la biografía del pintor. Debajo, una vitrina con dibujos y cuadernos. Mi mente va a nuestra primera colaboración, en 1998, para el libro ‘De abril a septiembre’. Traduje el texto de Maria Pia Forte. Ella contaba algo que más adelante confirmé, al contrario de quienes parecen hallarse constantemente lejos, Pedro siempre está aquí, presente, aunque en ese momento se halle en Turquía, Italia, Grecia, Irán o Marruecos. Flores y frutos llenaban las imágenes arrebatadas a la vega y al huerto. La ligereza y belleza de sus pinturas entró en mí.
La propuesta ha sido ideada y organizada por la Fundación Pedro Cano gracias a la colaboración del Instituto de las Industrias Culturales y las Artes de Murcia y con el apoyo de la Fundación Cajamurcia, el Instituto Cervantes y Nostrum Simul. Los servicios museísticos están a cargo de Zètema Progetto Cultura..
(Pedro Luis Ladrón de Guevara)
También recuerdo cuando fui comisario de la exposición de Roma y Cartagena, ‘Pedro Cano ad Portas’, del 2000, con el asombroso texto del famoso crítico Maurizio Calvesi, autor de ‘La metafísica esclarecida’: «No pienso que después de Piranesi los antiguos muros de Roma hayan conocido a un intérprete más fino que Pedro Cano». La fuerte lluvia caída mientras llevaba en mi coche a Pedro, a su querido hermano Jesús y parte de los dibujos, desde a Blanca a Cartagena, aún sigue cayendo en mi remembranza. Desde su casa de Anguillara, con Canito y Pepín Liria, miraba el lago de Bracciano que contenía la esencia de las vistas presenciadas desde su taller junto a la Peña Negra: las aguas del azud de Ojós de fondo que compartimos con el filósofo Giacomo Marramao.
Miro la sala, por encima del pavimento adornado con dibujos marmóreos, geométricos y animalescos, las paredes acogen las pinceladas que muestran Castel Sant’Angelo en cuadros de diferentes colores, amarillo, rosa y verde, diluidos por la pátina del pincel y del tiempo que el pintor consigue crear. Frente al visitante el templete de Donato Bramante, en tonos amarillos, que Pedro veía a diario en la Academia de España donde residía, en San Pietro in Montorio.
Imágenes del Coliseo. Una niña las mira con atención; estoy convencido de que cuando esta tarde entre en él y se plante antes las piedras milenarias llevará en la retina los colores y la mirada del pintor de Blanca.
El pintor Pedro Cano.
(Martínez Bueso)
Los arcos del anfiteatro Flavio dejan ver entre sus muros las gradas del otro lado, las colosales piedras llenas de siglos aparecen plasmadas en toda su belleza, la estructura interna se presenta a retazos, es contenedor del aire. Muestra además los pasillos subterráneos bajo la desaparecida arena donde se situaban los gladiadores, los animales y todos los utensilios para el espectáculo, plasmando con claridad lo oculto situado bajo la oscuridad grisácea de las paredes al aire libre.
A la izquierda del templete observo dibujos del Puente Roto que nadie osa ya reconstruir, con su arco total y el parcial sobre las aguas del río, monumento a lo ido. La isla Tiberina tiene un rojo anaranjado que inunda hasta los vanos oscuros. El río Tíber, origen de la ciudad, como en París, ocupa con sus aguas los espacios del pensamiento y la pintura de Pedro.
Entras en la sala del fondo, mosaicos con personajes clásicos en el pavimento del edificio miran incesantemente las composiciones de nuestro pintor. A la izquierda, palmeras, ramas, árboles que dejan entrever las ruinas y la luz; obras pintadas desde su domicilio en via Cernaia. A la derecha, solitaria, la majestuosa Porta Maggiore con tonos grises, negros y blancos apagados, ningún blanco mejor que el del papel; en el mármol del suelo, una joven con el aulos en los labios, flauta doble griega, parece tocar mientras la mira.
En la pared de la izquierda, flanqueada por dos ventanas, un fresco simula un balcón dando a la bahía, quizá de Nápoles con la fortaleza y la cartuja en lo alto, trampantojo con barco de pescadores y redes, peces como los que vendía su familia en Blanca. Otorga esta pintura ajena más luz si cabe a las de Pedro.
Composición de nueve pinturas, tres de ancho y tres de alto, crean una armonía en su conjunto pese a la diversidad de colores y diferentes particularidades (el mercado de Trajano conserva su inusitada elegancia y el Panteón muestra detalles).
Cómo no reconocer la cúpula de la Minerva Medica, vista tantas veces desde los trenes que entran en la estación Termini, provenientes del norte y del aeropuerto, o el Gasómetro cuya construcción metálica de hace noventa años se ha incorporado a las imágenes del visitante que llega a Roma.
Belleza trasparente, silenciosa como su creador con los pinceles, pausado y de mirada intensa. Acuarelas, como las fotografías que hacemos de sitios muchas veces visitados, aspiran a recoger la luz del momento, porque cada instante es único, alterado por la estación y el día; pintura cuya brochada no se puede cancelar, se podrá diluir el color o superponer otro, pero nunca borrar, su trazo permanece.
Subo al piso superior, con ese título polisémico, ‘Sette. Siete’, cuyo significado puede referirse al número, siete son las colinas de Roma, pero también al verbo ser: Sois. «Sois Pedro Cano», porque el visitante penetra en su obra y, de alguna manera, forma parte de él. Al final de la escalera, una gran fotografía en blanco y negro le plasma mirando a su izquierda mientras la mano sostiene el pincel sobre el cuaderno.
Esta planta acoge siete trípticos, principalmente blanco y el negro, con una amplia gama de grises, dedicados a personas en la ciudad contemporánea aunque también a edificios destruidos donde se percibe el polvo de su derrumbe. Siete son las secciones: Interior, Espera, Salto, Carga, Trabajo, Juego y Bicicletas. Recoge la desesperación que tiene su origen en las imágenes de la nave albanesa Vlora que llegó al puerto de Bari el 8 de agosto de 1991 con 21.000 emigrantes, fruto de la diáspora poscomunista. Éxodo, obligación de buscar un lugar donde poder vivir mejor y sacar a la familia adelante, circunstancias que dieron lugar a la película ‘Lamerica’ de Gianni Amelio. De ello se nutren estos dibujos, aunque no solo. Si en ‘Identidad en tránsito’ Cano nos mostró personas vistas siempre de espaldas, con la manos entrelazadas, con la cesta o bolsas de la compra, con instrumentos musicales o un tablón, e incluso en bicicleta, su colorido les otorga mayor dulzura a su soledad, a la cotidianeidad de la vida diaria pese a ser seres sin rostro. Mientras en ‘Siete’ prima la desolación, la falta de identidad reforzada por la carencia de color.
Del ‘Juego’ de los niños al ‘Tabajo’ incesante mientras queden fuerzas’, ‘Bicicletas’ homenaje a De Sica y su ‘Ladrón de bicicletas’, instrumento de trabajo, traslado, rueda de la vida y de la evolución; ‘Carga’, peso llevado con solidaridad y heroísmo ante la barbarie; ‘Interior’ de casa con habitantes que miran desde su soledad al exterior; ‘Espera’ ante un viaje con destino indefinido; ‘Salto’, de un mundo a otro, de la pobreza a un esperanzado bienestar.
Hasta el 13 de septiembre
Personas deshidratadas por el suelo, tumbadas, otras llevadas por alguien compasivo, tríptico de bicicletas en un juego en blanco y negro, la hermosa belleza de una mujer desnuda que mira desde el ventanal a la calle con la presencia de objetos sobre la mesa de la izquierda, incluso hombres que miran de frente llevando sobre sus espaldas a quienes procuran agarrarse para no caer, ciudades destruidas, cuerpos que saltan las alambradas o sentados sobre el muro del que esperan bajar para pasar al otro lado. Y niños en blanco y negro –tan parecidos y tan diferentes por su color a los de Sorolla– que juegan en la arena, cuerpos retorcidos en este piso superior.
Dualidad de una Mostra que tiene un catálogo que se abre en dos sentidos, uno para cada parte de la exposición. Hermoso libro, como nos tiene acostumbrados José Luis Montero. La Mostra se abrió el 18 de abril y tenía previsto cerrar el 7 de junio, aunque se va a ampliar hasta el 13 de septiembre. No sé si podré volver. Pero de no hacerlo las fotografías de ese espacio me acompañarán. Al fin y al cabo también yo soy Siete, número al que estoy ligado desde mi infancia por ser el que me marcó, siendo yo el séptimo hijo de una familia que vivía en las cercanías del río, junto a la vega del Segura.

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