El lector

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José Miguel Ros García

Finalista

Jacobo Belmonte no sabía leer, pero le gustaba caminar con un libro bajo el brazo. «Para pensar en él», decía. Lo apretaba contra el costado con una mezcla de orgullo y disimulo, pensando que, en cualquier momento, alguien podría pedirle cuentas, le exigiría que abriera aquellas páginas y descifrara el galimatías que guardaban. Él asentía en silencio, siempre preparado para una conversación que nunca llegaba. Nadie preguntaba. Nadie se detenía. Y él caminaba.

Decía que, si nunca aprendió a leer, fue por falta de tiempo. La guerra irrumpió en su vida antes de poder distinguir una letra de otra. El destino decidiendo que había cosas más urgentes que aprender a leer. Sus padres no discutieron la cuestión: había que comer. Y, para comer, hacía falta trabajar, no entender palabras. «Las palabras te hacen mover la lengua», decía su padre, «pero no llenan el buche». Aquella frase se convirtió en una de esas cicatrices que nadie recuerda cuándo aparecieron. Aprendió pronto que una sopa caliente pesa más que un verso, que una jornada entera de trabajo vale más que una biblioteca entera si al final del día tienes hambre.

Y aun así, cargaba con libros.

No sabía qué decían. Ni siquiera sabía cómo empezaban o terminaban. Pero imaginaba. Y en su mente, desordenada y feroz, las historias crecían sin control. Cada libro era un mundo abierto. Donde otros encontraban límites entre párrafos, capítulos, puntos y comas, él descifraba la libertad. No había trama que lo encorsetase, ni autor que le marcara el ritmo. Todo era posible. Todo estaba por escribir, incluso lo ya escrito.

Hubo un tiempo en que pensó que el cine podría cambiarlo todo.

Entraba en la sala con el libro que se adaptaba en la gran pantalla bajo el brazo, como si fuese una llave, una contraseña que le permitiría acceder a algo que siempre se le había negado. Se sentaba en la oscuridad, rodeado de gente que sí sabía, que sí había leído, y esperaba.

Esperaba ver materializado todo aquello que su cabeza había construido en secreto durante años. Esperaba una confirmación.

Pero lo que encontraba era otra cosa.

Demasiado pequeño, demasiado literal, demasiado… cerrado.

Las imágenes no respiraban como las suyas. Los personajes no tenían la densidad que él les había otorgado. Las historias, en lugar de expandirse, se encogían. Se volvían manejables, previsibles, casi dóciles. Aquello no era lo que él había imaginado. Aquello era una versión domesticada de algo que, en su cabeza, era salvaje.

Salía del cine con una sensación que le resultaba difícil de nombrar. No era enfado. Tampoco tristeza. Tal vez fuera la sospecha de que la realidad, incluso aquella construida en el celuloide, siempre se quedaría corta frente a lo que uno es capaz de imaginar.

Dejó de ir al cine. Volvió a caminar. Volvió a los libros.

Ahora los elegía con más cuidado. No le interesaban los de bolsillo, ni los que parecían gastados o frágiles. Buscaba volumen, peso, presencia. Los de tapa dura. Mejor aún si tenían algún tipo de acabado extraño: terciopelo, relieves, dorados en los bordes. Pasaba los dedos por la superficie como quien lee un idioma alternativo, uno que sí podía comprender. Aquellas texturas eran su forma de entrar en la historia, su manera de construirla.

Un libro suave podía ser una historia lenta, casi melancólica. Uno con relieves abruptos, en cambio, prometía conflicto, tensión, giros inesperados. El objeto hablaba, y él escuchaba.

A veces, cuando nadie miraba, abría el libro por la mitad. No para leer, claro, sino para olerlo, para sentir el aire que escapaba de entre las páginas, como si dentro hubiera quedado atrapado algo más que tinta. Cerraba los ojos. Respiraba hondo. Y durante unos segundos, muy pocos, tenía la sensación de estar cerca. No de entender, pero sí de rozar la comprensión.

Nunca lo dijo pero, con el tiempo, empezó a sospechar que, quizás, no había perdido nada. Que, tal vez, en su imposibilidad había encontrado otra forma de acceder a aquel mundo inaccesible. Una en la que los demás consumían historias. Y él las inventaba. Sin nadie que le dijera dónde empezaban o terminaban. Y eso, aunque no llenase el estómago, llenaba otra cosa. Algo más difícil de explicar. Algo que ni la guerra, ni el hambre, ni el tiempo habían conseguido vaciar.

Una noche, por fin, alguien le preguntó por qué siempre llevaba un libro bajo el brazo. Se encogió de hombros.

Podría haber dicho la verdad. Podría haber explicado que cada uno de esos libros contenía mil historias que solo existían porque él no podía leerlas. Que su ignorancia había sido, de alguna manera, una forma de libertad. Que en un mundo donde todo está escrito, él habitaba todavía lo que estaba por decir.

Pero no lo hizo. Sonrió.

«Por falta de tiempo». Siguió caminando.

Aún quedaba algo por descubrir entre esas páginas que nunca leería. La certeza, tal vez, de saber algo que los demás habían olvidado: que una buena historia no debería dejarse nunca arrastrar por una realidad mediocre.

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