
La nostalgia ha estado siempre corriendo como un caballo de fuego por las venas del cancionero de Iván Ferreiro. Incluso cuando ha mirado hacia delante, … proyectando su propuesta hacia lugares y espacios aderezados por un futuro gélido y conmovedor a partes iguales, su música ha desprendido el abrasador aroma de un ayer sostenido en el tiempo, del invierno clavado en la sien. Quizá sea por sus letras, escritas con el tacto justo y reconocible del vértigo, por su inconfundible voz de bosque encantado y mar eléctrico, o por sus estructuras melódicas, tan complejas como translúcidas. Quizá sea por la forma en la que varias generaciones se han enganchado a su universo creativo de referencias pop, ciencia ficción, picnics, amor quebrado y recompuesto, casas en mitad de un océano disfrazado de firmamento añejo, barcos y trincheras. O quizá sea, simplemente, porque es uno de esos artistas cuya música nos lleva acompañando de una manera continuada y fiel durante más de tres décadas, espacio temporal en el que caben decenas de pasados y recuerdos con forma de maleta de tacto áspero y divino.
El día en el que escuchaste por primera vez ‘El equilibrio es imposible’. La noche en la que sentiste que te atravesaba con una eficacia absoluta el estribillo de ‘Te echaré de menos’. El viaje donde ‘Ultrasónica’ se convirtió en la banda sonora perfecta. El concierto en el que sentiste que ‘Casa, ahora vivo aquí’ te miraba directamente a los ojos. El instante en el que descubriste que los álbumes de Los Piratas y la discografía en solitario de Iván Ferreiro constituían para ti un espacio seguro, una cálida galaxia, una playa desierta, una ciudad acogedora y un jardín de cristal. Para todas aquellas personas que se puedan sentir identificadas con estas imágenes, o con escenas más o menos similares, está especialmente dirigida ‘Hoy por ayer’, gira con la que el gallego está repasando 35 años de fabulosa trayectoria y cuya parada más reciente tuvo lugar el pasado viernes en la plaza de toros de Murcia.
(Kiko Asunción / AGM)
Como si de un ejercicio de resistencia contra el furioso sol de finales de mayo se tratase, Ferreiro y su extraordinaria banda esperaron hasta las 22.00 horas para aparecer en el escenario, evidenciando su compromiso con la noche como elemento fundamental del espectáculo. Y es que, a pesar de estar en una fiesta de cumpleaños, la atmósfera buscada estaba más cerca de la sugerente e hipnótica penumbra que del estruendo del color. Salvando un enorme telón transparente sobre el que se proyectaban de manera puntual vibrantes formas de luz, ningún foco, brillo excesivo, fuego artificial o revolcón de confeti debía eclipsar, ni molestar, a las verdaderas estrellas de la velada: las canciones. Y todas ellas, sin excepción, resplandecieron a la altura en un concierto soberbio.
Quienes acudieron al ansiado reencuentro con el catálogo de los añorados Los Piratas, banda cuyos discos, lejos de envejecer, parecen ir adquiriendo más culto y admiración con el paso del tiempo, encontraron un buen número de recompensas. En ese sentido, las más valiosas fueron las gloriosas conexiones establecidas entre ‘Inerte’ y ‘Eme’ y, sobre todo, ‘Reiniciar’ y ‘Fecha caducada’; la versión a piano y voz de ‘Promesas que no valen nada’, la cual acabó convertida en homenaje multitudinario al ‘Insurrección’ de El Último de la Fila; y la recuperación de ‘Mi matadero clandestino’ y ‘Jugar con los coches’, dos joyas absolutas.
Por otro lado, aquellas personas que fueron en busca de lo mejor de Ferreiro en solitario también tuvieron múltiples oportunidades de levitar gracias a las formidables interpretaciones de ‘El dormilón’; el soul luminoso de ‘Pájaro azul’; ‘Ciudadano A’, vals marciano y marcial; ese inmenso himno al desamor titulado ‘Extrema pobreza’; o ‘El pensamiento circular’ y ‘En el alambre’, siempre infalibles, hermosísimas.
En definitiva, todos contentos con un sensacional recorrido vital y artístico por más de treinta años de carrera que concluyó a lo grande con un cierre donde se sucedieron ‘Años 80’, la cual causó, seguro, no pocas afonías; ‘Cómo conocí a vuestra madre’; la celebradísima (con razón) ‘Turnedo’; y una ‘Mi coco’ que ejerció de impresionante desenlace para una velada impregnada por la personalidad musical de su protagonista. Única y genial. Personal y reconocible. Imaginativa y sensible. Rotunda y divertida. Profunda y admirablemente libre. Íntima e intensa como un brindis a la salud de hierro dela melancolía. Como un abrazo con esa nostalgia que ojalá siga galopando durante varias décadas más por las montañas del planeta Ferreiro.

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