
El ring está preparado. La lona dispuesta. Las cuerdas tensas como un hielo que camina sobre el filo de un desierto de lava. La madera … de los taburetes ubicados en las esquinas lista para adquirir el color de una luna de sangre. La campana, impaciente, reluciendo sobre la multitud, como anclada en un firmamento al que no se le intuye epílogo alguno. Se acabó la espera, todo está listo para que arranque el combate entre la nostalgia y el ahora. Entre lo que fuimos y lo que somos. Entre los atardeceres idealizados de la adolescencia y los claroscuros de un mundo adulto que reinventa sus reglas a cada paso. Entre los viajes en autobús compartiendo los cascos de un discman y los anuncios que aparecen en mitad de una canción que escuchamos mientras revisamos WhatsApp. En definitiva, entre un pasado y un presente que, para varias generaciones, conecta de un modo especial con La Oreja de Van Gogh.
La batalla emocional se llevó a cabo en la plaza de toros de Murcia, recinto donde la banda con mayor nivel de ventas en el siglo XXI, casi nada, ofreció el primero de los dos conciertos previstos para este fin de semana. La razón de este doblete está, claro, en la apabullante velocidad con la que colgaron el cartel de ‘entradas agotadas’ para esta fecha inicial, enésimo ejemplo de que el público está deseando reencontrarse con la formación donostiarra tras la vuelta de Amaia Montero después de casi dos décadas.
Paréntesis explicativo para quienes no conozcan la historia: Montero fue la vocalista principal del grupo durante una gloriosa primera etapa que arrancó a mitad de los noventa y finalizó con su despedida voluntaria en 2007 para iniciar una carrera solista. La banda, tras realizar un comentadísimo proceso de audiciones, escogió a Leire Martínez como nueva cantante, iniciando una segunda fase algo más irregular en términos de calidad artística, pero igualmente disfrutable. Y así llegamos hasta 2025, año en el que se anuncia la salida de Leire, el regreso de Amaia con una gran gira para festejar los 30 años de trayectoria y el abandono temporal de Pablo Benegas, guitarrista original del conjunto. ¿Lo que vino después? Polémicas, titulares, división de los fanáticos de la banda («Leire o Amaia, ¿con quién vas?»), críticas apasionadas, para bien y para mal, de los primeros conciertos y la sensación de que la ilusión inicial por este retorno a los orígenes había sido devorada por el morbo.
Una vez señalados los antecedentes y el runrún general que acompaña a este tour llamado ‘Tantas cosas que contar’, podemos regresar al pasado viernes, advirtiendo, eso sí, que quien venga a esta crónica en busca de piedras, cuchillos, demoliciones o frases supuestamente ingeniosas para ridiculizar a un grupo o una artista mientras se ignora todo lo demás, bueno, pueden ir abandonando la estancia. Aquí hemos venido a hablar de música. De pop de melodías deslumbrantes. De recuerdos que se agitan al compás de estribillos dorados. De canciones por las que el tiempo ha preferido pasar como una caricia antes que como un sarampión. De un repertorio que es un regalo para quienes, en algún momento de nuestra vida, tratamos de aprender a crecer en compañía de los primeros discos de La Oreja de Van Gogh.
Diez minutos por encima de la hora prevista, Amaia Montero, Xabi San Martín, Álvaro Fuentes, Haritz Garde e Imanol Goikoetxea, encargado de sustituir a Benegas, aparecieron sobre el escenario para arrancar con las primeras notas de la fantástica ’20 de enero’, el primero de los más de veinte éxitos que se fueron sucediendo sin descanso a lo largo de la velada. Con una vistosa puesta en escena, entre lo futurista y lo kitsch, el concierto se convirtió desde su potente comienzo en una celebración colectiva y efusiva de ‘Lo que te conté mientras te hacías la dormida’ y ‘El viaje de Copperpot’, sus álbumes más populares e inspirados.
Del primero de ellos, además de la citada apertura, destacaron la alegría contagiosa de ‘Deseos de cosas imposibles’; la reivindicable ‘Vestido azul’; una ‘Puedes contar conmigo’ que arrasó en su condición de despedida perfecta; o la imbatible ‘Rosas’.
El inolvidable Copperpot, por su parte, estuvo marcado por el amor general desatado con la dulce ‘La playa’, momento cumbre de la cita, y, siguiendo la línea de estribillos perfectos, el cuarteto de clásicos formado por ‘Cuídate’, ‘París’, ‘Soledad’ y ‘Pop’, sin olvidar el feliz rescate de canciones menos conocidas, pero igualmente estupendas, como la preciosa ‘Mariposa’ o la pizpireta ‘La chica del gorro azul’.
Por lo demás, sorprendió que tuviese más peso en el repertorio ‘Guapa’, el trabajo menos logrado del primer periodo del grupo, que su sensacional debut, un ‘Dile al sol’ del que, eso sí, rescataron dos auténticas joyas: ‘El 28’ y ‘Cuéntame al oído’. Una pareja de temas que volaron muy por encima de la terrible ‘Todos estamos bailando la misma canción’ o la simplona ‘Tan guapa’, única visita a la etapa de la banda en la que Leire estuvo al frente junto a ‘El último vals’.
Un dato que evidencia lo que realmente busca esta gira: trasladar al público a aquellos años, de 1998 a 2006, en los que La Oreja de Van Gogh fueron una tormenta perfecta de armonías, ternura, calidez, éxitos e inspiración. Sin embargo, volviendo a aquella lucha con las emociones con la que arrancaba este texto, ni nosotros somos los mismos ni la banda es igual. Y no pasa nada por decirlo. Por aceptarlo. Y por tratar de entenderlo. Porque no es negativo, sino comprensible.
En ese sentido, claro que Amaia Montero no ha alcanzado todavía su cien por cien, se muestra nerviosa y errática en algunos momentos y sufre cuando se enfrenta a alguna nota especialmente exigente, pero ahí está, entregada y divertida, callando los gritos de los fantasmas con el amor de las voces que corean su nombre, volviendo a sentirse artista a través de la empatía, disfrutando al interpretar de nuevo un brillante conjunto de canciones que son historia de nuestra música. Y ahí está el público, agradeciendo cada una de ellas, cada momento compartido y la oportunidad de, al menos por una noche, regresar a un ayer pintado con los colores del mejor pop. No fue un perfecto, pero la emoción y la nostalgia acabaron venciendo en un concierto que nos mantuvo durante cerca de dos horas recordando, coreando, bailando, compartiendo, disfrutando. Y sonriendo como cada vez. Como aquellas (y tantas) veces.

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Enlace de origen : La emoción del reencuentro con La Oreja de Van Gogh